La lluvia había obligado a la mayoría de los estudiantes a permanecer dentro de la preparatoria después de clases.
Los pasillos de Kenja estaban extrañamente silenciosos aquella tarde. Solo el sonido del agua golpeando las ventanas y el zumbido de las luces fluorescentes rompían la calma del edificio.
En uno de los salones vacíos del segundo piso, cuatro estudiantes permanecían reunidos alrededor de un escritorio.
La conversación había comenzado como una simple historia de terror, pero ahora estaban a punto de poner a prueba una leyenda.
Jun observó a sus amigos con una sonrisa divertida.
—Entonces... ¿lo haremos?
El silencio se extendió durante unos segundos.
Masaru fue el primero en responder.
—Claro que sí.
Katsuro asintió inmediatamente.
—Ya llegamos hasta aquí.
Los dos parecían emocionados, como si estuvieran a punto de participar en algún juego prohibido. Haru, en cambio, permanecía inmóvil junto a la ventana; desde allí podía ver la lluvia cayendo sobre el patio central de la escuela. Algo no le gustaba; quizás era la historia, quizás era el hecho de encontrarse aún dentro de la preparatoria mientras realizaban aquel ritual o quizás era simplemente el extraño ambiente que parecía envolver el edificio aquella tarde.
—De acuerdo... hagámoslo —terminó diciendo.
La sonrisa de Jun se amplió.
Sacó un sobre blanco de uno de los cajones del escritorio de Masaru y lo dejó sobre el pupitre y luego extrajo una pequeña aguja.
—Según la leyenda, debemos escribir cinco nombres —explicó—. Cuatro serán los nuestros y el último pertenecerá a Gakusei.
La lluvia golpeó con fuerza los cristales.
—Cada uno debe escribir su nombre con su propia letra y dejar una gota de sangre sobre el papel. Después colocaremos todos los nombres dentro del sobre y lo quemaremos por completo.
—Suena bastante simple —comentó Katsuro.
Masaru arrancó una hoja de su cuaderno y comenzó a dividirla en cinco trozos idénticos; mientras lo hacía, Haru desvió la mirada hacia la puerta del aula. Por un instante creyó haber visto una sombra pasar frente al vidrio de la puerta. Parpadeó y no había nadie.
—Bien, comenzaré yo —anunció Masaru.
Escribió su nombre sobre el primer papel.
Luego se pinchó el dedo con la aguja. Una pequeña gota de sangre cayó sobre la tinta fresca. Acto seguido, dobló el papel y lo introdujo dentro del sobre.
—¿Quién sigue?
—Yo —dijo Katsuro.
Repitió el proceso. Luego fue el turno de Jun y finalmente llegó el momento de Haru.
Cuando la aguja atravesó la piel de su dedo, sintió un escalofrío subir por su brazo.
Una sensación extraña, como si alguien estuviera observándolos, como si no estuvieran solos dentro del aula. Intentó ignorarlo, guardó el papel dentro del sobre y levantó la vista. Las luces fluorescentes del techo parpadearon durante una fracción de segundo, pero nadie pareció notarlo.
—Falta el último nombre —dijo Katsuro.
Jun consultó las notas que había copiado sobre el ritual.
—El primero debe escribirlo.
Masaru tomó el último papel y, por primera vez desde que comenzaron, nadie sonrió. La punta del lápiz avanzó lentamente sobre la hoja.
Gakusei.
El nombre permaneció unos segundos sobre el pupitre, silencioso, inmóvil y, por alguna razón, perturbador.
Oficina de la directora Miroki.
28 de mayo de 1992.
Jun permanecía sentado frente al escritorio con la mirada perdida. Haru se encontraba a su lado; ambos lucían agotados, como si hubieran envejecido varios años en apenas unas semanas.
—Después de eso no pasó nada —murmuró Jun—. Al menos no esa noche.
La directora Miroki escuchaba en silencio.
—Todo comenzó al día siguiente.
Jun apretó los puños.
—Supongo que ese fue el primer día.
La culpa era visible en su rostro.
—Nunca debí hablarles de ella.
El silencio llenó la oficina y, por primera vez desde que comenzó todo, Jun parecía realmente asustado. No por las desapariciones, no por los rumores, sino porque había comprendido que aquella leyenda era real.
Haru levantó la mirada.
—Nadie sabía que esto iba a pasar.
Pero ni siquiera él sonó convencido.
Miroki se acercó lentamente a la ventana. Las gotas de lluvia resbalaban por el cristal como lágrimas.
—Tiene que existir alguna forma de detenerla —dijo después de varios segundos.
Por primera vez desde que comenzó la conversación, Jun apartó la vista. Su rostro perdió todo color.
—Eso pensé durante semanas.
La directora giró hacia él.
—¿Y?
Jun tragó saliva.
—Las historias nunca hablan de alguien que haya escapado.
El viento golpeó una de las ventanas del edificio. Los tres se sobresaltaron.
—La venganza de Gakusei no termina cuando encuentra a uno de ellos —continuó en voz baja—. Termina cuando encuentra a todos.
Y por la expresión de Jun... parecía creer cada una de esas palabras.