“galletas, Nieve… y Mi Crush”

CAPITULO 8: Las Tías Que No Se Saben Callar.

Si existiera una advertencia oficial para la Navidad en mi familia, diría algo así como:

"Cuidado: llegada inminente de tías sin filtro, con preguntas incómodas y opiniones no solicitadas."

Yo lo supe en el momento exacto en que escuché los timbres.
Plural.
Insistente.
Amenazante.

—Ya llegaron —susurró Matías a mi lado, con esa calma peligrosa de alguien que aún no entiende el nivel del desastre.

—No —respondí, tomándolo del brazo—. Ya empezó el apocalipsis.

La puerta se abrió y entraron ellas.

La tía Carmen, la líder del chisme, con abrigo largo y mirada de radar emocional.
La tía Marta, especialista en comentarios "con buena intención".
Y la tía Julia, que fingía escuchar... pero lo anotaba todo mentalmente.

—¡FELIZ NAVIDAD! —gritaron al unísono.

La abuela suspiró.
Mi mamá sonrió con resignación.
Yo consideré esconderme detrás del árbol.

—¿Y ESTE JOVEN TAN GUAPO? —preguntó la tía Carmen apenas vio a Matías.

No hola.
No bienvenido.
Directo al punto.

—Es... Matías —respondí rápido—. Un amigo.

—¿Amigo? —repitió la tía Marta, ladeando la cabeza—. Qué raro... porque se miran como algo más.

Matías tosió.
Yo me atraganté con aire.

—No nos miramos —dije—. Solo... vemos.

—Ajá —respondieron las tres al mismo tiempo.

Nunca se alinean para nada... excepto para el chisme.

Nos sentaron. Literalmente.
En el sofá.
Uno al lado del otro.
Como sospechosos.

—¿Cuántos años tienes, Matías? —preguntó Carmen.

—¿Dónde trabajas? —añadió Marta.

—¿Tus padres viven juntos? —cerró Julia.

—¿Te gusta la Navidad? —volvió Carmen.

—¿Sabes hacer hallacas? —insistió Marta.

—¿Y Clara siempre fue así de callada contigo? —remató Julia.

Yo miré a Matías con pánico.

Él sonrió.
Valiente.
Ingenuo.

—Eh... tengo 17 —dijo, rascándose la nuca—. Este es mi último año de colegio y estoy pensando estudiar medicina... mis padres viven juntos... amo la Navidad... y Clara es muy divertida.

Muy divertida.

Mi corazón hizo una voltereta ilegal.

—¿Ves? —dijo la tía Carmen, señalándome—. Ya habla bien de ti.

—Eso no significa nada —repliqué.

—Significa todo —dijo la abuela desde la cocina sin siquiera mirarnos.

TRAICIÓN.

Intenté huir.

—Matías, ¿me ayudas con los platos? —pregunté, levantándome.

—¡NO! —dijeron las tías al unísono.

—Que se queden —ordenó Carmen—. Queremos conocerlo mejor.

—Y a Clara también —añadió Marta—. Porque últimamente se pone muy roja.

—Y muy nerviosa —cerró Julia.

Matías me miró divertido.

—Creo que te quieren —susurró.

—Quieren mi caída —respondí.

La tía Carmen se inclinó hacia adelante.

—Entonces, Matías... dime una cosa.

Silencio total.

—¿Te gusta Clara?

EL MUNDO.
SE.
DETUVÓ.

Mi papá dejó caer una cuchara.
Mi hermano se subió al sofá emocionado.
La abuela levantó una ceja.
Yo dejé de respirar.

Matías parpadeó.

Me miró.

Y por un segundo, pensé que iba a decir algo que cambiaría todo.

—Yo... —empezó.

—¡CAFÉ! —gritó mi mamá desde la cocina—. ¿QUIÉN QUIERE CAFÉ?

Nunca había amado tanto a una interrupción.

Las tías se quejaron.
El momento se rompió.
Y yo respiré de nuevo.

Pero Matías se acercó a mí y susurró:

—Después hablamos de eso.

Después.

Esa palabra fue peor que cualquier chisme.

Porque significaba que no era un "no".

Y con las tías rondando como buitres festivos, supe que nada, absolutamente nada, iba a ser sencillo.

La casa por fin estaba en silencio.

O casi.

Se escuchaban ronquidos lejanos, el tic-tac del reloj del comedor y el viento empujando la nieve contra las ventanas. Yo estaba sentada en la cocina, con una taza de chocolate caliente entre las manos, intentando que mi corazón dejara de ir a mil por hora.

No podía dormir.

Y no era por el azúcar.

—Sabía que te encontraría aquí.

La voz de Matías me hizo dar un pequeño salto.

—¿Tú tampoco puedes dormir? —pregunté.

—No con esta casa —sonrió—. Es... intensa. Pero linda.

Se sentó frente a mí. La luz tenue hacía que todo pareciera más suave. Más real.

—¿Siempre fue así la Navidad para ti? —me preguntó.

Asentí.

—Siempre, Caótica, Ruidosa, Demasiado. Pero... es mi hogar.

Él bajó la mirada.

—Yo la perdí un poco cuando me mudé —confesó—. Todo cambió. Y... te dejé atrás.

Mi corazón dio un pequeño golpe.

—No sabías —dije rápido.

—Pero lo sentía —respondió—. Sentía que había algo pendiente.

El silencio volvió, pero esta vez no fue incómodo.

—Clara —dijo al fin—. Yo...

Pasos en el pasillo.

Una puerta que cruje.

Nos separamos de golpe.

—¡A dormir! —gruñó la abuela desde la oscuridad.

Nos miramos y sonreímos como dos niños atrapados.

Nada se dijo.

Pero todo quedó dicho.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.