“galletas, Nieve… y Mi Crush”

CAPITULO 9: Mi favorito.

.. él llego.

Tomás.

Mi mejor amigo de la infancia.
Mi favorito.
El que siempre me cargaba sobre la nieve.
El que me abrazó apenas me vio.

—¡Clara! —dijo—. ¡Estás igual!

Matías apareció detrás de mí justo cuando Tomás me levantó del suelo riéndose y dando vueltas.

Vi su ceño fruncido pero se aparto un poco para saludar a los demas.

—¿Y él es...? —preguntó Matías más tarde, demasiado tranquilo.

—Tomás —respondí—. Es familia elegida.

—No me acuerdo de el—dijo—. Son nuevos amigos?

—No siempre viene a pasar las fiestas es, hijo del esposo de mi tía Rosa.

—Claro — No dijo más.

Pero tampoco me miró igual.

El resto del día lo pasé con Tomás, como siempre.

Corriendo bajo la nieve hasta que las mejillas dolían, robando galletas antes de tiempo, tomando chocolate caliente hasta quemarnos la lengua y riendo por absolutamente nada.

Con él todo era fácil. Siempre lo había sido.

—¿Y ese chico... es tu novio? —preguntó de pronto Tomás, con total naturalidad, mientras soplaba su taza de chocolate.

Yo di un sorbo distraída.

Error.

—¡AU! —me quejé al instante, sacando la lengua—. ¡Me quemé!

Tomás soltó una carcajada escandalosa y, antes de que pudiera reaccionar, tomó una servilleta y me limpió el labio con cuidado.

—Sigues siendo igual de distraída —dijo, divertido.

—No es mi novio —respondí rápido—. Es...

—Es el chico que te tiene derramando azúcar —me interrumpió con una sonrisa pícara—. Se te nota demasiado.

—¡Ay, cállate! —le di un pequeño golpe en el hombro.

—Te digo un secreto —continuó, bajando un poco la voz—. Tú también lo tienes.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo estás tan seguro?

Tomás miró por encima de mi hombro, directo hacia donde estaba Matías, hablando con mis primos.

—Porque desde que llegué no deja de mirarme como si quisiera mandarme a China... —dijo—. Y a ti te mira como si fueras lo único bonito de esta Navidad.

Sentí calor en las mejillas.

No dije nada.

Más tarde, todos los jóvenes nos reunimos en la sala para cumplir con la tradición navideña no oficial: sentarnos en el piso a comer galletas, tomar chocolate caliente y contar historias, mientras los adultos bebían vino, reían fuerte y fingían no escucharnos.

Tomás, siempre sociable, se acercó a Matías con una sonrisa amable.

—¿Chocolate caliente? —le ofreció, extendiéndole una taza.

Matías dudó un segundo.

—No, gracias —respondió educado—. Estoy bien.

Tomás levantó las cejas, divertido.

Y yo lo conocía lo suficiente para saber que ese rechazo acababa de activar su modo caos.

—Qué lástima —dijo Tomás, sentándose a mi lado—. Está buenísimo.

Le dio un sorbo exagerado, cerrando los ojos como si fuera el mejor chocolate del mundo.

Yo miré a Matías.

Matías nos miró a nosotros.

Y fue ahí cuando entendí algo muy importante:

Tomás no estaba siendo un mal amigo.

Estaba siendo exactamente el amigo que siempre fue.

Y Matías...
Matías acababa de sentir... celos por primera vez.

Empezó una guerra de bolas de nieve.

Sentía las mejillas completamente congeladas, las manos entumecidas y el cuerpo cansado... pero no podía dejar de reír. Estos eran los momentos que más amaba de mi familia: cuando las risas eran inevitables, cuando había abrazos, peleas que terminaban en cosquillas y todo era un caos... pero un caos bonito.

Corrí para esconderme detrás de un árbol cubierto de luces y nieve.

Y choqué con alguien.

Con Matías.

Estaba escondido ahí también.

Su nariz roja por el frío.
Sus mejillas sonrojadas.
La bufanda azul que ya se había convertido en mi debilidad.
La nieve cayéndole en el cabello como si el invierno lo hubiera elegido a él.

Creo que me enamoré, gritó mi mente.

Iba a decir algo, pero—

—Shhh —le susurré, llevándome la mano a su boca para callarlo.

—No estoy haciendo ruido... tú sí —respondió él, en voz baja.

Silencio.

Aparté lentamente mi mano de su boca, pero ninguno de los dos se movió.

Nos quedamos mirándonos.

Nuestras respiraciones estaban agitadas.
No por la carrera.
No por el frío.

—Me gustas —dije al fin, con la voz temblorosa—. Desde hace años.

Matías dio un paso más hacia mí.

—¿Y tú crees que yo volví por casualidad...? —murmuró.

Mi corazón se detuvo.
Literalmente sentí que me faltaba el aire.

—Clara...

Sus manos subieron despacio hasta mis mejillas, cálidas contra mi piel helada. No supe qué decir. No supe qué hacer.

Él acercó su rostro al mío lentamente, como dándome tiempo de huir.

Pero no lo hice.

No huí.
No corrí.
No me moví.

Me quedé ahí.

Acerqué mi rostro al suyo.

Y nuestros labios se encontraron.

Fue tierno.
Suave.
Torpe.
Y muy, muy bonito.

El mundo desapareció.

Solo existían la nieve cayendo, su respiración mezclándose con la mía...
y la certeza de que esa Navidad ya había cambiado todo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.