Uno de enero nunca es tranquilo.
El primero de enero amaneció con resaca colectiva.
No solo de alcohol (aunque un poco también), sino de risas, abrazos, música alta y promesas gritadas a medianoche que nadie recordaba del todo.
La casa seguía llena. Demasiado llena.
Había gente durmiendo en sillones, colchonetas, sillas... y juraría que un primo estaba usando una alfombra como almohada.
Yo estaba en la cocina, en pijama, con el cabello recogido de cualquier forma y una taza de café que sabía a salvación.
Matías estaba a mi lado.
Demasiado cerca para ser "normal".
Demasiado cómodo para ser "casual".
—¿Estás nerviosa? —me preguntó en voz baja.
—Mucho —respondí—. Mi familia da miedo en ayunas.
Él rió.
—Todavía puedo salir corriendo.
—Ni se te ocurra —dije, tomándolo del brazo—. Ya sobreviviste a las tías. No hay vuelta atrás.
Justo en ese momento, la abuela entró a la cocina.
Nos miró.
Miró cómo Matías me sostenía la mano.
Miró cómo yo no se la soltaba.
Entrecerró los ojos.
—Ajá —dijo—. ¿Y eso desde cuándo?
Tragué saliva.
—Desde anoche.
Silencio.
Ese silencio peligroso que solo mi abuela sabe hacer.
—Bueno —dijo al fin—. Por lo menos fue antes de que se enfriaran las hallacas.
Y salió de la cocina como si nada.
Matías y yo nos miramos.
—Eso... ¿fue bueno o malo? —susurró.
—Con la abuela, nunca se sabe —respondí—. Pero creo que es un "sigan".
Nos levantamos.
De la mano.
Respirando hondo.
Y salimos a la sala.
—Tenemos algo que decir —anuncié, con la voz temblando un poco.
Silencio inmediato.
Todas las miradas sobre nosotros.
—Somos novios —dije.
Por medio segundo, el mundo se detuvo.
Y luego...
—¡AY, MI NIÑA! —exclamó mi mamá, corriendo hacia mí para abrazarme—. Yo sabía, yo lo vi en la cara, ¡mírenla!
Me apretó fuerte, besándome el cabello, emocionada.
—Bienvenido oficialmente a la familia —le dijo luego a Matías, tomándole las manos—. Prepárate... somos intensos.
—Ya me di cuenta —respondió él, sonriendo—. Y gracias... de verdad.
Mi papá se aclaró la garganta.
Todos lo miramos.
Se acercó despacio a Matías, lo midió de arriba abajo y dijo:
—Solo una cosa, muchacho.
Matías se puso recto.
—Mi hija es lo más importante que tengo.
—Lo sé —respondió él, serio.
Mi papá lo observó un segundo más... y luego le dio una palmada en el hombro.
—Entonces vamos bien.
Respiré.
—¡CLARA TIENE NOVIO! —gritó mi hermano de cinco años, saltando sobre el sofá.
—¡YO LO SABÍA! —celebró la tía Carmen.
—¡PÁRAME BIEN LA FECHA! —pidió la tía Julia.
Tomás apareció apoyado en el marco de la puerta, sonriendo como quien ya lo veía venir.
—Tardaron —dijo.
Matías apretó mi mano.
—Empezamos fuerte —susurró.
La abuela golpeó la mesa.
—Bueno, bueno —ordenó—. Si van a ser novios, que sea con desayuno. Aquí nadie se enamora con el estómago vacío.
Mi mamá ya estaba sirviendo café.
Mi papá vigilaba a Matías como si fuera una prueba sorpresa.
Las tías discutían desde cuándo lo habían sabido.
Mi hermano seguía anunciándolo como si fuera noticia de último momento.
La casa volvió a llenarse de ruido.
De risas.
De caos.
De familia.
Matías se inclinó hacia mí.
—¿Seguro que quieres todo esto? —susurró, señalando el desastre amoroso que nos rodeaba.
Lo miré.
Miré mi casa.
Mi gente.
Nuestra historia empezando justo ahí.
—Demasiado tarde —respondí—. Ya eres parte del caos.
Él sonrió.
Yo también.
—¿Arrepentido?
Él negó, seguro.
—Para nada.
Y entendí algo muy claro:
Algunos amores empiezan con flores.
Otros con promesas.
El nuestro empezó con hallacas frías, tías chismosas y una familia que ama demasiado.
Y, sinceramente... no lo cambiaría por nada.
Porque si íbamos a empezar el año, que no fuera con calma, sino con ruido y mucha familia.
Porque enamorarse en esta familia nunca es solo amor...
es un evento familiar.
Nota final:
Esta novela nació con la intención de recordarnos que la Navidad no siempre es perfecta, ni silenciosa, ni ordenada... pero casi siempre es sincera. Que a veces el amor aparece entre el ruido, las tías chismosas, las hallacas mal amarradas y los abrazos apretados a medianoche.
Ojalá Clara y Matías te hayan regalado un momento bonito, una sonrisa o ese calorcito que solo las historias navideñas saben dar.
Que este nuevo año venga cargado de nuevas oportunidades, de amor valiente, de familias ruidosas, de promesas cumplidas y de muchos momentos que valga la pena contar.
Gracias por leerme, por apoyarme y por estar aquí.
#1023 en Otros
#170 en Relatos cortos
#370 en Humor
amor adolecente, navidad amor sorpresas, familia humor luces navidad
Editado: 01.01.2026