2021
PRÓLOGO
La verdad es que nuestra historia se encuentra en la cumbre de la complejidad.
Pero si comenzara a relatarles todos nuestros problemas desde el principio, sencillamente no los entenderían.
Y, siendo completamente honesta, tampoco creo que les parecieran demasiado interesantes.
Probablemente terminarían diciendo lo mismo que dijo todo el mundo cuando se enteró:
Nos lo merecíamos.
Quizás tenían razón.
Aunque, antes de juzgarnos, deberían conocer los hechos.
Lua ya se había quedado dormida con la frente apoyada contra el vidrio de la ventana del autobús. No parecía importarle ninguno de los baches que hacían saltar ligeramente su cabeza contra el cristal. Tenía el cabello rojo desparramado por todo el rostro y, cada cierto tiempo, las luces de los carteles nocturnos atravesaban la ventana e iluminaban sus facciones durante apenas unos segundos.
Ni siquiera eso conseguía despertarla.
Supongo que era la primera vez en mucho tiempo que conseguía relajarse de verdad.
Yo, en cambio, seguía despierta.
Alguien tenía que hacerlo.
Sobre todo porque llevábamos prácticamente todas nuestras pertenencias metidas en cajas de cartón apiladas en el pasillo del autobús.
Sí.
Nos estábamos mudando.
A Seúl.
La gran capital de Corea del Sur.
Aunque, técnicamente, no era exactamente una mudanza.
Estábamos regresando.
Y antes de que lleguemos a esa parte de la historia —antes de que lleguemos al momento en que todo volvió a convertirse en un completo desastre— creo que deberían saber quiénes éramos realmente.
Para eso tenemos que retroceder aproximadamente seis años.
Cuando Lua y yo teníamos quince.
Cuando todavía creíamos que nuestras decisiones tenían consecuencias pequeñas.
Cuando técnicamente teníamos derecho a equivocarnos.
Y cuando ninguna de las dos tenía la más mínima intención de terminar viviendo en Corea.
Bueno...
No de esta manera.
Quizás todo esto les parezca deprimente hasta ahora.
Pero créanme cuando les digo que nuestra vida tiene una capacidad impresionante para convertirse en una comedia en los momentos menos apropiados.
Porque si algo aprendí durante estos últimos años es que nuestra historia parece haber sido escrita por un autor particularmente cruel.
Uno de esos autores que, capítulo tras capítulo, decide que sus personajes ya han sufrido suficiente...
Y cinco páginas después cambia de opinión.
Como si quisiera asesinarnos.
Pero justo antes de escribir el punto final pensara:
No. Mejor todavía no.
A los quince años, nuestras preocupaciones eran considerablemente más simples.
Clases.
Tareas.
Exámenes.
Profesores que parecían disfrutar destruyendo nuestra estabilidad emocional.
Y, por supuesto, literatura.
Aunque debo admitir que ninguna de las dos sentía demasiado entusiasmo por aquella asignatura.
Sin embargo, teníamos un hobby que compensaba completamente nuestro aburrimiento.
Escribíamos historias.
Historias ficticias.
sobre
Una banda surcoreana que, por aquel entonces, ocupaba una parte considerable de nuestras vidas.
Lo maravilloso era que prácticamente nadie de nuestro curso sabía quiénes eran.
Así que podíamos hablar de ellos tranquilamente en medio de la sala de clases.
—¿Viste lo que hizo ayer?
—¿Cuál?
—El de cabello azul.
—Ah, ese.
Y nadie entendía absolutamente nada.
Era nuestro propio código.
Una especie de idioma secreto que se había vuelto tan habitual que podíamos mantener conversaciones completas sobre ellos sin que nadie sospechara demasiado.
Internet, además, nos había permitido encontrar personas de todas partes del mundo que leían nuestras historias.
Y nosotros escribíamos de todo.
Comedia.
Drama.
Romance.
Situaciones completamente imposibles.
Personajes femeninos que inventábamos desde cero y que, según nosotras, eran absolutamente perfectos.
Hermosas.
Inteligentes.
Misteriosas.
Con una personalidad fascinante.
Y, naturalmente, capaces de conquistar al integrante que nos gustaba.
Porque a los quince años uno tiene derecho a creer que la protagonista de su historia puede tenerlo todo.
Hasta que descubrimos el yaoi.
Y entonces ocurrió algo que probablemente cambió nuestras vidas más de lo que debería.
Eliminamos a las protagonistas femeninas.
Así, sin más.
Adiós.
Gracias por participar.
A partir de ese momento, decidimos que los propios integrantes podían protagonizar nuestras historias.
Era más sencillo.
Más divertido.
Y, aparentemente, mucho menos peligroso.
Eso último fue un error.
Porque un día, mientras nosotras creíamos estar haciendo exactamente lo mismo que habíamos hecho durante meses, apareció un mensaje.
Luego otro.
Después otro.
Y otro.
Al principio pensamos que era una broma.
Alguien intentando asustarnos.
Algún idiota que había encontrado nuestro blog y quería jugar con nosotras.
Hasta que comenzaron a llegar documentos.
Mensajes traducidos.
Advertencias.
Palabras que tuvimos que buscar una y otra vez porque nuestro coreano básico apenas alcanzaba para pedir comida, saludar correctamente y entender instrucciones sencillas.
Y entonces apareció el nombre que jamás pensamos encontrar relacionado con nuestras historias.
La mismísima empresa.
No voy a mentirles.
Cuando lo descubrimos, nos reímos.
Muchísimo.
Porque...
¿En serio?
¿Una empresa multimillonaria iba a demandar a dos chicas latinoamericanas de quince años que apenas podían mantener una conversación decente en coreano?
Era absurdo.