Ganaste, Miller

Capítulo 1

​El calor en el estadio es insoportable. El marcador parpadea: 4-4. Empatados contra los Wolves. Es la novena entrada y siento que me va a dar algo.

​—Dios, Sabrina es hermosa... —la voz de Charlie salió como un suspiro lamentable.

​Lo miré de reojo. Estaba ahí, con una mancha de mostaza en la comisura de los labios, mirando hacia la zona roja de los Wolves como si estuviera viendo una aparición divina.

​—Charlie, por el amor a los Titans, ten un poco de dignidad —le espeté —. Ella lleva rojo. El rojo es el color del enemigo. El rojo es caca.

​—Es un rojo carmesí que resalta sus ojos, Rachel. No seas hater.

​Rodé los ojos y apunté los binoculares hacia la grada enemiga buscando a la famosa Sabrina para lanzarle una maldición mental, pero el lente se topó con algo mucho peor. Zach Miller. Estaba ahí sentado, viéndome fijamente como si supiera que lo estaba observando. Al notar mis binoculares, Zach sonrió con arrogancia y me sacó el dedo medio.

​—Qué imbécil —gruñí, bajando los binoculares de golpe.

​—¿Qué? ¿Quién? —preguntó Charlie, todavía en su trance.

​Antes de que pudiera responderle, el sonido seco del bate de madera golpeando la pelota retumbó en todo el estadio. ¡Crack! El estadio entero se puso en pie en un solo movimiento. La bola salió disparada hacia el jardín derecho, pero el jardinero de los Wolves hizo una atrapada de aire que nos dejó a todos con el grito en la garganta. ​Tercer out. Juego terminado en empate. La frustración de diez mil personas estalló en un abucheo ensordecedor.

​—Vámonos de aquí antes de que el olor a perro mojado de los Wolves me pegue la rabia —dije agarrando mi mochila.

​La salida era el verdadero diseño del infierno. Una enorme rampa dividida por un pasamanos de metal: a la derecha, nosotros, el mar azul; a la izquierda, ellos, la peste roja. Caminábamos pegados, separados solo por un tubo de metal. Zach Miller venía justo a mi lado, del otro lado de la barandilla.

​​—Un poco más y los destrozamos, Rachel —soltó Zach con esa voz de sabelotodo—. Deberían agradecer que tuvimos piedad de sus gatitos.

​—Agradece tú que no es legal usar bozal en humanos, Miller —le respondí—. No dejas de ladrar.

​Zach soltó una carcajada seca y se giró hacia mí, deteniendo el flujo de gente. Sus fans se detuvieron tras él; los míos hicieron lo mismo tras de mí.

​—Me encanta cuando te pones agresiva. Te sale una vena en la frente que combina con tu falta de estilo —se burló, recorriéndome con la mirada.

​Me hervía la sangre. Miré a mi lado. Charlie tenía un hot-dog recién comprado en la mano y le sonreía a Sabrina como un cachorro buscando dueño; estaba a punto de ofrecérselo como una ofrenda de paz.

​—Para ti, Sabri... —empezó a decir Charlie.

​—¡Dámelo acá! —se lo arrebaté de las manos con un movimiento felino.

​Antes de que Zach pudiera parpadear, estampé el hot-dog con toda mi furia justo en el centro de su cara perfecta. La salchicha rebotó en su nariz y la mostaza se desparramó por su mejilla como una pintura de guerra mal hecha.

​El silencio duró un segundo.

​—¡PELEAAAA!—gritó alguien desde el fondo.

​Se armó el desmadre.

Un señor de los Titans le tiró el refresco encima a una señora de los Wolves. Ella le respondió dándole un carterazo en la cabeza. Un tipo intentó saltar la reja y se cayó de cara. Sabrina, sin perder tiempo, agarró un balde de palomitas y se lo vació en la cabeza a Charlie.

​—¡Eres muy hermosa! ¡Te perdono! —gritó Charlie, todo bañado en maíz y mantequilla. Sabrina lo miró como si fuera un idiota.

Zach se limpió la cara con el dorso de la mano, con los ojos echando chispas.

​—Estás muerta, Rachel.

​Se lanzó hacia mí y yo no retrocedí. Nos agarramos del pelo —sí, yo a él y él a mí, como dos niños de primaria poseídos— y justo en ese momento, con la policía corriendo hacia nosotros, el mundo se detuvo.

[Pausa tipo película: Rachel narra a cámara mientras ambos tiran del pelo del otro]

Si creen que esto es exagerado, es que no conocen la historia de esta ciudad. Los Titans y los Wolves no son solo equipos; son el resultado de un divorcio histórico entre dos hermanos multimillonarios en 1920 que decidieron que la mejor forma de resolver sus traumas infantiles era fundar dos equipos de béisbol y obligar a toda la población a odiarse por la eternidad. Es una herencia de sangre y bates de aluminio.

Y mi guerra personal con Zach Miller... bueno, eso es un arte. Estudiamos en la misma escuela, y digamos que la oficina del director era nuestra segunda casa. ¿Chistoso? Intenten explicarle al profesor de química por qué el experimento de Zach terminó explotando con humo azul brillante justo sobre su cabeza (cortesía de mi mezcla secreta). O la vez que él, en plena asamblea escolar, hackeó el sistema de sonido para que, en lugar de mi discurso de presidenta de clase, sonara una grabación de mis ronquidos —que él mismo grabó en un viaje escolar— a todo volumen. O mi favorita: cuando reemplacé el gel de baño de su casillero por pegamento instantáneo y tinte verde. Pasó tres días pareciendo un Shrek con problemas de ira.

Nos odiamos desde que tenemos uso de razón. Nos odiamos porque es lo único que sabemos hacer bien cuando estamos cerca.

[Fin de la pausa - Volvemos a la acción]

Si creen que esto es exagerado, es que no viven en esta ciudad. Aquí, el béisbol no es un deporte, es una herencia genética de puro drama. Los Titans y los Wolves no nacieron de la pasión, nacieron de un berrinche millonario en 1920. Imaginen a dos hermanos, Archibald y Bartholomew Blackwood, tan ricos como excéntricos. Archibald le robó la novia a Bartholomew, Bartholomew le quemó el yate a Archibald, y así, en vez de ir a terapia, decidieron dividir la ciudad en dos y fundar equipos de béisbol rivales para que su odio nos salpicara a todos. Los Titans son el legado de Archibald; los Wolves, la venganza de Bartholomew. Y así, por culpa de una novia y un yate, todos estamos obligados a odiarnos hasta la tumba.



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Editado: 27.01.2026

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