El silencio en la calle era sepulcral. Zach y yo seguíamos con la boca abierta, mirando a ese par como si les hubiera crecido una segunda cabeza. Zach fue el primero en reaccionar, porque claro, él no puede quedarse callado ni un segundo.
—¿Desde cuándo? —preguntó señalándolos con una cara de asco total—. ¿Desde cuándo existe esta... abominación?
Sabrina soltó una risita y se pegó más al brazo de Charlie.
—Desde hoy, Zach. Fue el destino —dijo ella con un suspiro—. En medio de la pelea, alguien lanzó una hamburguesa directo a mi cara. Iba a ser un desastre, pero Charlie se lanzó frente a mí y la detuvo con su propio cuerpo. Fue mi héroe. En ese momento supe que era el amor de mi vida.
Escuchar eso me revolvió el estómago. Charlie asintió con una sonrisa de idiota.
—Fue puro instinto, Sabri —murmuró él.
Sentí que me hervía la sangre. Respiré hondo y apreté los puños.
—Cinco —solté con una voz peligrosamente baja.
Charlie palideció al instante. Él sabía perfectamente lo que significaba esa cuenta. Era la cuenta de la muerte.
—No, no, Rachel... espera —tartamudeó, dando un paso atrás.
—Cuatro.
—¡Rachel, por favor! ¡No estaba en mis planes! ¡Simplemente pasó! —gritó él, ya preparándose para correr.
—Tres.
—¡Podemos hablarlo! ¡Te invito a cenar!
—Dos.
—¡Rachel!
—Uno.
No hizo falta decir cero. Charlie empezó a correr y yo lo seguí.
—¡VEN AQUÍ, TRAIDOR! —le rugí.
—¿Crees que estará bien?— preguntó sabrina.
—Mmm... sí —respondió Zach—. O quizás no. Jones da miedo cuando corre.
Corrimos tres cuadras hasta que Charlie se detuvo en seco, apoyando las manos en sus rodillas, jadeando como si se fuera a morir. Yo me detuve a su lado, igual de cansada.
—Espera... —logró decir—. Dame... un momento...
—Está bien —dije, tratando de recuperar el aire.
Pasaron unos segundos de silencio donde solo se escuchaban nuestros pulmones pidiendo auxilio. En cuanto pude hablar, me enderecé.
—se acabo el tiempo.
Antes de que reaccionara, le pasé el brazo por el cuello en una llave de lucha. No lo estaba matando, pero le apreté lo suficiente para que sufriera.
—¡¿Cómo te atreves?! —le siseé—. ¡¿Cómo nos traicionas así?! ¡Es una Wolves, Charlie! ¡No tienes vergüenza!
Charlie intentaba zafarse como podía.
—Rachel... no los... traicioné... —dijo entre jadeos—. Es que... de verdad la amo.
Me detuve en seco y lo solté. Charlie cayó sentado al piso, tosiendo, mientras yo lo miraba tratando de procesar que no era una broma.
—¿Qué dijiste? —pregunté.
Él levantó la vista, todavía rojo por el esfuerzo.
—Dije que la amo, Rachel. Sé que suena loco porque ella es una Wolves, pero te juro que nunca me había pasado algo así. —confesó, recuperando el aliento—. Sé que quieres matarme y, si necesitas golpearme para que se te pase la rabia, adelante. Hazlo, me lo merezco, pero no voy a dejarla. Rachel eres mi mejor amiga, mi hermana, y necesito que estés conmigo en esto. Por favor... hazlo por mí.
Me quedé ahí de pie, mirándolo en silencio. Tenía esa cara de perro arrepentido que ponía siempre que arruinaba algo, y fue eso lo que me terminó de desarmar. El incendio de rabia que sentía se apagó de golpe, dejándome solo con un cansancio enorme.
Suspiré profundo, dejando que la rabia se fuera de golpe.
—Ash... te odio, Charlie —gruñí, dándole la mano para que se levantara—. Está bien. Apoyo tu asquerosa y estúpida relación. Pero te lo advierto, si te rompe el corazón usaré su cabeza como pelota de fútbol.
Charlie se puso de pie de un salto, con una sonrisa gigante.
—¡Gracias! ¡Eres la mejor!
Le sonreí de lado y le di un empujón.
—Ya, muévete antes de que me arrepienta.
Caminamos de regreso a donde se encontraban Zach y Sabrina, me acerqué a Sabrina mientras ella me miraba con una curiosidad cautelosa. Sin decir palabra, la envolví en un abrazo que parecía amistoso desde afuera, pero cuando estuve lo suficientemente cerca, le susurré al oído:
—Si te atreves a lastimar a mi amigo, haré que te arrepientas cada maldito segundo de tu vida.
Me separé y le regalé una sonrisa radiante. Luego, le clavé una mirada asesina a Zach, quien nos observaba con una ceja alzada, y me di la vuelta para caminar hacia mi casa.
Esa noche marca el inicio oficial de mi propia temporada en el infierno. Porque claro, ahora que Charlie y Sabrina están en plan de "luna de miel" que empalaga a cualquiera, los mejores amigos tenemos que convivir por obligación. El problema es que Zach Miller y yo somos como dinamita y fósforos: un roce y todo vuela por los aires.
Han pasado dos semanas desde que mi mundo se fue al carajo con la noticia de la relación entre Charlie y Sabrina. Y aquí estoy, en el cumpleaños de mi mejor amigo, tratando de no quemar su casa. Estamos en su jardín porque al genio de Charlie se le ocurrió la brillante idea de juntarnos a Zach y a mí para que hiciéramos las paces.
¿Hacer las paces? Sí, claro. Y yo soy monja. Si Charlie cree que voy a ser amable con el imbécil de Miller solo porque hay globos y pastel, es más idiota de lo que pensaba.
Ahí estoy yo, intentando no matar a nadie por el bien del cumpleañero. Me siento en el borde de la piscina, cierro los ojos y dejo que el sol me caliente un poco mientras muevo los pies en el agua. Estoy en paz... o eso creo hasta que una sombra me tapa el sol. Abro un ojo y ahí está el monumento a la arrogancia.
Zach me mira de reojo con esa sonrisita arrogante que tanto odio.
—Jones, me sorprende verte tan cerca del agua —suelta Zach—. Siempre pensé que las piedras como tú solo servían para hundirse y estorbar en el fondo. ¿O es que te da miedo admitir que no sabes nadar?
Me levanto con la calma de un depredador que ya eligió a su presa. Me acerco, le clavo mi sonrisa más falsa y, sin previo aviso, lo empujo con todas mis fuerzas.