El muelle era un hervidero de gente, luces de neón que te hacían doler la cabeza y un olor a fritura que se te pegaba hasta en el alma. Si no fuera porque Sabrina estaba prácticamente saltando de la emoción, yo ya me habría largado a casa. Ella brillaba, y Charlie, a su lado, la miraba como si fuera lo único que valía la pena en ese festival ruidoso.
Charlie se detuvo antes de entrar a la zona de los escenarios y nos hizo una seña a Zach y a mí.
—Por favor —dijo en voz baja—. Solo pórtense como gente civilizada por un par de horas. Háganlo por ella, ¿sí?
Zach Miller, que estaba a mi lado con las manos en los bolsillos y esa cara de "soy dueño del mundo", soltó un suspiro pesado. Ni siquiera se dignó a mirarme.
—Tranquilo, Charlie. Para mí ella es invisible —soltó Zach con esa voz de superioridad que me ponía enferma.
—Genial. Porque para mí tú eres solo un estorbo en el camino —respondí, cruzándome de brazos.
Charlie asintió, aunque se notaba que no nos creía ni un poco.
El concierto empezó y yo hice lo único inteligente: desaparecer. Pasé las siguientes dos horas moviéndome entre la multitud como una sombra. Si veía a Zach por la izquierda, yo me iba a la derecha. Le había prometido a Charlie paz, y la única forma de cumplirlo era manteniendo a Miller a kilómetros de distancia. Sabrina y Charlie estaban en su burbuja, bailando y riendo, ajenos al mundo. Yo solo quería que la noche pasara sin sangre.
—¡En diez minutos iniciamos la exhibición de autos de lujo! —gritó un organizador por los altavoces.
La gente empezó a moverse hacia el sector de las carpas blancas. Sentí la garganta seca, así que me desvié hacia un puesto para comprar un vaso de jugo. Estaba esperando mi cambio cuando, de la nada, alguien me golpeó el hombro con fuerza. El jugo casi termina en mi camiseta.
—¡Ten más cuidado! —solté, con molestia.
Por supuesto, era él. Zach Miller me miraba con una mezcla de fastidio y aburrimiento.
—Fue un accidente, Jones. Relájate —dijo, dándose la vuelta para seguir su camino.
—Podrías mirar por dónde caminas, no estás solo aquí.
—No te vendría mal ser un poco más amable, ¿sabes? —me soltó, deteniéndose en seco.
—¿Por qué? ¿Acabo de herir tus sentimientos, Miller? —me burlé, acercándome un paso—. ¿Vas a llorar?
Zach puso los ojos en blanco y soltó una risa seca, carente de humor.
—Dios, eres realmente molesta.
—¿Sabes qué? Prometí no pelear —le corté, señalándolo con el dedo—. Así que apartate de mi vista. Ahora.
Zach levantó las manos en señal de paz, con una sonrisa de suficiencia que me daban ganas de borrarle de un golpe. Se dio la vuelta y empezó a caminar.
—Vaya, eso fue sencillo —susurré para mí misma, sintiéndome extrañamente victoriosa.
Pero mi victoria duró dos segundos. Zach se detuvo, se giró lo justo para que lo viera y me sacó el dedo medio con una calma exasperante.
—Idiota —mascullé, dándole un sorbo a mi jugo y tratando de ignorar que mi sangre estaba hirviendo.
Caminé hacia la zona de exhibición. Era impresionante. Carros que costaban más que mi vida entera brillando bajo focos gigantes. Me detuve frente a uno, un modelo deportivo negro mate que se veía agresivo y perfecto. Estaba concentrada mirando las curvas del motor cuando una sombra se proyectó a mi lado.
—No te acerques tanto, Jones. No queremos que tu mala suerte raye la pintura —soltó la voz de Zach con una risita estúpida.
—Eres un imbécil, Miller.
Me giré bruscamente para largarme de ahí; ya había tenido suficiente de él por una noche. Pero el suelo estaba lleno de cables de alta tensión protegidos por esas rampas de plástico negro que a veces no encajan bien. Mi bota se enganchó en el borde de una de ellas.
El mundo se inclinó.
—¡Cuidado! —escuché a Zach.
Sentí sus manos agarrándome de los hombros con una fuerza que me sacudió. Me sostuvo justo antes de que mi cara golpeara el pavimento, pero en el forcejeo por estabilizarnos, mi pie terminó de patear la base de un soporte metálico que sostenía un cartel pesado de la exhibición.
Fue como en cámara lenta. El soporte se tambaleó, nos quedamos congelados. El cartel de hierro cayó de lleno sobre el capó del deportivo negro mate, hundiéndolo con un estruendo metálico que hizo que todos en el muelle se quedaran mudos. El vidrio del faro delantero estalló en mil pedazos.
Nos quedamos ahí, congelados. Zach todavía me tenía sujeta de los brazos, su pecho subiendo y bajando rápido, muy cerca de mi cara. Ambos miramos el desastre: el carro de edición limitada ahora tenía una cicatriz de hierro atravesándolo.
—Carajo... —dijimos los dos al mismo tiempo, en un susurro cargado de puro pánico.
La noche acababa de pasar de ser un festival a ser el inicio de nuestra peor pesadilla.