El arte de caer y seguir caminando
El primer día de clases en la universidad no olía a promesas ni a nuevos comienzos; olía a café barato de máquina, a fotocopias recién impresas y a una mezcla abrumadora de perfume caro y sudor de nervios. Mara ajustó las correas de su mochila -una lona gastada que ya había sobrevivido a tres años de preparatoria y que ahora parecía implorar clemencia bajo el peso de tres cuadernos de dibujo, un estuche repleto de lápices graduados y una carpeta con calcomanías descoloridas de anime- y soltó un suspiro que apenas si movió el flequillo desordenado que caía sobre sus ojos.
Había pasado todo el verano convencida de que la universidad sería un territorio diferente. Se imaginaba a sí misma caminando con paso firme por los pasillos de ladrillo visto, rodeada de mentes brillantes, discutiendo sobre filosofía o teoría del color mientras una brisa otoñal mecía su cabello con elegancia cinematográfica. La realidad, por supuesto, tenía otros planes. La realidad consistía en un campus gigantesco, repleto de edificios idénticos que desafiaban cualquier lógica arquitectónica, y en una muchedumbre de estudiantes mayores que parecían conocerse de toda la vida, riendo a carcajadas en grupos impenetrables que bloqueaban exactamente el centro de cada entrada.
Mara dio un paso al frente, sintiendo que sus pies pesaban el doble de lo habitual. Sus zapatillas Converse, con las suelas desgastadas y la lona manchada de tinta china de tanto practicar en su habitación hasta altas horas de la madrugada, crujieron ligeramente sobre el pavimento de la plaza central. Iba con la mirada fija en el suelo, una táctica de supervivencia que había perfeccionado desde la secundaria: si no mirabas a los ojos a la gente, la gente fingía que no existías. Y para alguien tan terriblemente tímida como Mara, la invisibilidad era el equivalente a la paz mundial.
-Tú puedes, Mara. Es solo una facultad de artes. Nadie te va a comer. Bueno, tal vez el profesor de historia del arte, pero de eso te preocupas luego -murmuró para sí misma, aferrándose a la correa de la mochila con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Dio un giro distraído cerca de la fuente principal, intentando esquivar a un grupo de chicos que cargaban con grandes paneles de madera, cuando su bota izquierda decidió traicionarla. Fue un instante de absoluta física cuántica desafortunada: el tacón de la bota se atascó milimétricamente en una pequeña grieta del adoquín, el centro de gravedad de Mara colapsó de manera fulminante y su cuerpo entero se inclinó hacia adelante en un ángulo de caída libre que desafiaba la gravedad.
-¡Ay, no, por favor, no! -jadeó, agitando los brazos en el aire como un pingüino en pleno pánico.
El impacto fue inminente. Sin embargo, en lugar de besar el frío y duro suelo de concreto con toda la dignidad de un saco de papas, su trayectoria se desvió directamente hacia algo sólido, cálido y notablemente más costoso que su ropa.
Un golpe seco resonó, seguido del inconfundible sonido de papeles y carpetas volando por los aires. Mara había ido a parar de bruces contra el pecho de alguien. El choque la descolocó por completo; sintió el aroma a loción de cedro y menta fresca invadir sus fosas nasales antes de reaccionar. Por puro instinto de supervivencia, sus manos se aferraron con desesperación a lo primero que encontraron: la solapa de una cazadora de cuero negro impecable.
-¡Ay, Dios mío! Lo siento muchísimo, de verdad, yo no quería... mi bota tiene un pacto secreto con el suelo y... -balbuceo Mara, con el rostro completamente encendido, sintiendo que las mejillas le quemaban como si las hubieran frotado con chile. A tontas y a locas, comenzó a patalear levemente en el suelo intentando incorporarse, pero sus pies resbalaron de nuevo, haciéndola tambalearse contra el pecho del desconocido otra vez.
El chico, que hasta ese segundo había estado sosteniendo un termo metálico y una tablet de última generación, tuvo que dar un paso atrás para no perder el equilibrio. Las hojas de su carpeta cayeron esparcidas alrededor de los charcos de rocío matutino.
El silencio que cayó sobre ellos fue de esos que pesan toneladas. Mara, con el corazón latiéndole en la garganta a mil por hora, levantó lentamente la vista, parpadeando a través de sus gafas de montura gruesa que se le habían resbalado hasta la punta de la nariz.
Lo que vio hizo que se le congelara el aire en los pulmones.
Frente a ella estaba un chico que parecía haber salido directamente de la portada de una revista de moda juvenil o de un web novel de romance universitario. Tenía el cabello castaño oscuro, ligeramente ondulado y revuelto con un estilo perfectamente descuidado que realzaba sus facciones angulosas y definidas. Sus ojos, de un tono avellana penetrante, la miraban no con la compasión o la amabilidad que Mara habría esperado, sino con una mezcla de fastidio absoluto y fría irritación. Su mandíbula estaba tensa, y una pequeña vena latía ligeramente en su sien.
No era solo atractivo; proyectaba una vibra magnética, imponente y, en ese preciso instante, increíblemente peligrosa.
-¿Es que acaso no tienes ojos en la cara o caminas con piloto automático? -espetó el chico, con una voz profunda, ronca y cargada de un desprecio tan gélido que hizo que a Mara se le helara la sangre.
Mara se quedó petrificada. Sus labios se abrieron ligeramente, pero ninguna palabra logró salir de su garganta. Estaba tan acostumbrada a disculperse mil veces que el tono tan seco y cortante la dejó completamente neutralizada, como si le hubieran arrojado un balde de agua helada en pleno invierno.
-Yo... yo lo siento, te juro que no fue adrede. Se me trabó el zapato y... -intentó explicarse, con la voz temblorosa, agachándose de inmediato para ayudarle a recoger las hojas que se habían manchado con un poco de lodo.
-Ahórratelo -le interrumpió él con brusquedad, agachándose también, pero con movimientos secos y agresivos, arrebatándole prácticamente los papeles de las manos antes de que ella pudiera tocarlos-. No necesito tu ayuda. Solo aléjate de mí, ¿quieres? Tengo cosas más importantes que perder el tiempo con novatas torpes que ni caminar derecho saben.