Gane y perdí la apuesta?

Capitulo 2

La armadura de cuero y el aroma a fresas

Nolan

Hay días en los que el universo entero parece confabularse para arruinarte la mañana, y el mío había decidido empezar exactamente a las ocho y cincuenta y ocho minutos, justo frente a la fuente principal de la facultad de artes.
Llevaba prisa. Tenía que entregar un formato digital en la decanatura antes de las nueve si no quería ganarme una advertencia formal del decano, lo cual habría significado una charla eterna y sermones sobre "responsabilidad estudiantil" que me daban arcadas con solo recordarlos. Sostenía la tablet en una mano, un termo con café en la otra y una carpeta llena de bocetos bajo el brazo izquierdo. Caminaba con la seguridad que da saberse intocable, con la cazadora de cuero negro que me había costado un buen par de billetes y el pelo perfectamente despeinado -o al menos eso intentaba proyectar-.
Y entonces ocurrió.
Un choque repentino, un impacto sordo y desestabilizador me sacó de golpe de mis pensamientos. Sentí cómo el centro de gravedad se me venía abajo, cómo los papeles volaban por los aires y cómo un cuerpo diminuto, ágil pero torpe a la vez, se estrellaba de bruces contra mi pecho.

Por puro reflejo, alcancé a sujetarla de los hombros para no terminar ambos rodando por los adoquines húmedos. Y en ese preciso instante, en medio del tropiezo y del desorden de hojas tiradas, una ráfaga de viento me golpeó de lleno.

No olía a los perfumes caros, recargados y artificiales de las chicas con las que solía salir. Olía a fresas. Un aroma fresco, dulce, completamente natural, como si acabara de comerse una cesta de fruta recién cortada bajo el sol.

Bajé la mirada con fastidio, dispuesto a soltar la primera grosería que se me viniera a la cabeza, pero las palabras se me atoraron en la garganta por una fracción de segundo. La chica que me había derribado estaba allí, intentando incorporarse con el rostro completamente encendido de vergüenza. Llevaba una sudadera gigantesca que le quedaba tres tallas más grande, un par de gafas de montura gruesa que se le resbalaban por la nariz y unos rizos rebeldes que se escapaban de una coleta mal hecha.
Y, maldita sea... a pesar de la ropa ancha y de lo desastrosa que era la situación, me pareció tierna.

¿Tierna? ¿Linda?

Mi cerebro patinó de inmediato, rechazando esas palabras como si fueran un virus informático. Eso no era posible. ¿Yo pensando que una chica tímida, con gafas y sudadera de lona era linda? ¡Por favor! Mi tipo de chica era otro muy distinto. Me gustaban las mujeres despampanantes, seguras de sí mismas, las porristas que dominaban las gradas y sabían exactamente cómo llamar la atención de todo el mundo. De hecho, mi novia oficial era la capitana del equipo de animación, una chica que encarnaba cada estereotipo de perfección superficial que exigía la jerarquía de la preparatoria y ahora de la universidad. Mara -porque supe después cómo se llamaba- era el polo opuesto absoluto de todo lo que se suponía que debía atraerme.
Esa repentina punzada de confusión y vulnerabilidad me alteró los nervios. Y cuando alguien como yo se siente vulnerable, la única defensa que conoce es el ataque.

Así que, impulsado por esa necesidad estúpida de recuperar el control y distanciarme de lo que acababa de sentir, saqué a relucir mi peor versión. Me puse rígido, endurecí la mandíbula y dejé salir toda la hostilidad acumulada.

-¿Es que acaso no tienes ojos en la cara o caminas con piloto automático? -espeté, con una voz gélida, cortante, diseñada para hacerla sentir pequeña y poner distancia de por medio.
Ella se quedó petrificada, parpadeando a través de sus gruesas gafas, con los labios entreabiertos. Al verla tan vulnerable, una pequeña punzada de culpa me cruzó el pecho, pero la enterré de inmediato bajo capas de orgullo. Cuando intentó disculparse y agacharse a recoger mis papeles, no lo soporté. Le arrebaté las hojas de las manos con brusquedad, sintiendo que si seguía cerca de ese aroma a fresas un minuto más, iba a terminar haciendo una estupidez.

-Ahórratelo -le solté con desprecio, sacudiéndome la cazadora como si su simple roce me hubiera manchado-. No necesito tu ayuda. Solo aléjate de mí, ¿quieres? Tengo cosas más importantes que perder el tiempo con novatas torpes que ni caminar derecho saben.
Le lancé una última mirada despectiva, rematando con un comentario sarcástico sobre su "lindo" primer día, y me fui de allí a zancadas firmes. Caminé hacia el edificio de administración con el pulso acelerado, intentando autoconvencer de que había actuado bien, de que había puesto las cosas en su lugar. Pero por dentro, una vocecita molesta me repetía que había sido un imbécil sin necesidad.
Pensé que con eso terminaría todo. Que el campus era lo suficientemente grande como para no volver a cruzarme con la chica de las fresas en el resto de la eternidad.

Pero el destino, o tal vez una broma muy pesada de los dioses del campus, tenía otros planes.
Diez minutos más tarde, cuando logré solucionar el enredo administrativo y entré tarde al Taller de Pintura y Expresión Visual I, me encontré con la sorpresa de que el profesor Alarcón me recibió con sus acostumbradas ironías. Y cuando caminé por el pasillo del aula buscando un asiento libre, mis ojos cayeron directamente sobre ella.

Estaba allí, sentada en una esquina junto a la ventana, intentando pasar desapercibida detrás de su caballete de madera. Al verme entrar, reconoció los rizos y la sudadera al instante. Sus ojos se abrieron de par en par, llenos de una mezcla de pánico y resignación.
El profesor me mandó al único sitio disponible: el caballete ubicado justo al lado del suyo.
Apreté los dientes, sintiendo una mezcla extraña de fastidio y una malsana curiosidad que me quemaba por dentro. Al sentarme a su lado, no pude evitar inclinarme un poco y soltarle un murmuró burlón:

-Vaya... parece que el mundo es un pañuelo, torpe.




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