Bajo las zapatillas de punta y el orgullo heredado
El eco de las risas burlonas todavía me zumbaba en los oídos como un enjambre de abejas furiosas mientras atravesaba las puertas abatibles de la cafetería con el rostro ardiendo. Las lágrimas amenazaban con desbordarse, no solo por la humillación pública que acababan de regalarme, sino por la absoluta impotencia de saber quién había liderado el coro de idiotas: Nolan. El mismo chico que apenas unas horas antes me había tratado como si fuera basura en la entrada de la facultad, ahora se encargaba de asegurarse de que todo el campus supiera exactamente lo insignificante que yo le parecía.
Me refugié en un pasillo lateral poco transitado, apoyando la espalda contra la fría pared de ladrillo y cerrando los ojos con fuerza mientras apretaba mi cuaderno de bocetos contra el pecho como si fuera un chaleco salvavidas.
-¿Cómo es posible que la gente con dinero sea así? -pensé con una mezcla de rabia y profunda repulsión, negando con la cabeza mientras sentía un nudo doloroso en la garganta.
La arrogancia de los pasillos, el desprecio en la mirada de las porristas, la forma en que el propio Nolan levantaba la barbilla creyéndose el dueño del mundo solo por llevar una chaqueta de cuero cara y una sonrisa ensayada... todo eso me exasperaba hasta límites insospechados. Lo irónico, lo verdaderamente absurdo de toda esta maldita situación, es que yo conocía ese mundo a la perfección.
Bueno, no mentiré: soy la heredera multimegamillonaria de uno de los imperios corporativos más grandes del país. Mi apellido figura en los titulares de las revistas financieras y las cuentas bancarias de mi familia tienen tantos ceros que a veces ni yo misma logro calcularlos.
Sin embargo, odiaba esa vida con cada fibra de mi ser. Odiaba los banquetes llenos de hipocresía, las sonrisas falsas de los socios de papá, los vestidos de alta costura que pesaban una tonelada y, sobre todo, la gente que se te acercaba única y exclusivamente por el número de cuentas en el banco. Por eso, cuando decidí entrar a la universidad para estudiar lo único que de verdad me apasionaba -el arte y el diseño-, le puse una condición estricta a mi padre: quería pasar desapercibida. Le exigí que me hiciera pasar por una becada, una chica común y corriente que tuviera que ganarse cada centavo y lidiar con los problemas reales del mundo.
Él, por supuesto, no estuvo de acuerdo al principio. Casi le da un infarto solo de pensar en su única heredera viajando en transporte público, usando ropa de segunda mano y viviendo en un departamento modesto. Pero al final, tras largas horas de discusiones y lágrimas, entendió perfectamente por qué lo decía. Comprendió mi necesidad desesperada de ser vista por lo que soy en mi interior y no por el apellido que cargo a la espalda.
Y ahí estaba yo, la "multimillonaria encubierta", escondida detrás de unas gafas de montura gruesa, temblando de rabia en un pasillo universitario porque un par de idiotas populares se habían reído de mi sudadera ancha.
-Patético, Mara. Eres completamente patética -me repuse con un susurro áspero, secándome el rabillo del ojo con la manga de la sudadera antes de que el orgullo le ganara terreno a la tristeza.
Miré la pantalla de mi teléfono móvil con desesperación y un escalofrío me recorrió de arriba abajo. El segundero avanzaba sin piedad.
-¡No puede ser! -jadeé al ver la hora.
Iba demasiada tarde. De verdad, no sé en qué diablos estaba pensando cuando creí que mi primer día de universidad iba a ser de lo mejor, una fantasía romántica digna de una película independiente. En lugar de eso, acumulaba una caída estrepitosa en la plaza, un encuentro desastroso con el chico más insoportable del planeta, una humillación colectiva en el comedor y, para rematar, estaba a punto de llegar tarde a mi clase de ballet.
Y no era una clase cualquiera; era la primera sesión con la exigente instructora de danza contemporánea y técnica clásica, una mujer de origen ruso que tenía fama de expulsar del estudio a cualquiera que se atreviera a pisar el suelo de duela con cinco minutos de retraso.
Guardé el teléfono a toda prisa, acomodé la correa de la mochila en mi hombro y eché a correr por los pasillos del ala norte. Mis Converse golpeaban el suelo con un ritmo acelerado, resonando en los pasillos silenciosos mientras doblaba esquinas casi al límite del equilibrio. Tuve que esquivar a un par de profesores que me miraron con severidad, pero no tenía tiempo para disculpas.
El estudio de danza estaba ubicado en el edificio anexo, un espacio moderno con paredes de cristal translúcido que dejaban ver los espejos gigantes de piso a techo y las barras de madera pulida. Cuando llegué a la puerta doble de roble, el pecho me subía y bajaba con violencia, intentando tragar aire mientras el sudor frío me perlaba la frente.
Me detuve un segundo para recuperar la compostura, sacudí un poco mi cabello rizado e intenté alisar la ropa lo mejor posible. Giré el pomo de la puerta con sumo cuidado y me deslicé al interior del salón intentando hacer el menor ruido posible.
El gran estudio estaba inundado por una luz blanca y pulcra. A lo largo de las barras, una docena de chicas y chicos ya estaban alineados en perfecta formación, vistiendo mallas, leotardos y zapatillas de punta impecables, escuchando con atención las indicaciones de la maestra Vólkova, una mujer alta, de cabello plateado recogido en un rodete tan estricto que parecía estirar la piel de sus sienes, y con una mirada de hielo que intimidaba con solo cruzarla.
-Llega tarde, señorita... -comenzó a decir la maestra Vólkova con su acento marcado, deteniendo el compás de sus palmas en el aire y girándose lentamente hacia la puerta.
Sentí que todas las miradas del grupo se clavaban en mí como pequeñas agujas invisibles. El peso de la culpa y la vergüenza volvieron a amenazar con aplastarme, pero saqué fuerzas de flaqueza, recordando de repente quién era y el esfuerzo que me había costado estar allí, lejos de los privilegios de mi familia, peleando por mis propios méritos.