El precio de una apuesta idiota
Nolan
El sol de la tarde caía a plomo sobre el campo sintético de la universidad, reflejándose en las líneas blancas del césped y elevando una bruma caliente que olía a caucho quemado, sudor y linimento deportivo. Estábamos en pleno entrenamiento de pretemporada, corriendo jugadas tácticas bajo la atenta mirada del entrenador Miller, quien no dejaba de gritar correcciones desde la banda con su megáfono.
-¡Más intensidad, Vance! ¡Ese balón no se va a mover solo! -bramó el viejo Miller, haciéndome rodar los ojos mientras me sacudía el sudor de la frente con el dorso de la muñeca.
Llevaba la camiseta de entrenamiento pegada al cuerpo y las piernas adoloridas de tanto correr, pero mi mente ni siquiera estaba en la jugada ofensiva que acabábamos de ensayar. Desde el maldito incidente en la cafetería por la mañana, la imagen de Mara no se había esfumado de mi cabeza ni por un solo segundo. Recordaba sus ojos marrones fijos en los míos, cargados de una mezcla de rabia y decepción tan pura que me había dejado un nudo extraño en el estómago. Yo había intentado convencerme a mí mismo de que hice lo correcto, de que burlarme de ella era la única forma de mantener mi estatus y alejar esa molesta sensación de curiosidad que me quemaba por dentro. Pero la culpa, aunque intentara enterrarla bajo capas de arrogancia, seguía rascando las paredes de mi conciencia.
Cuando el silbato sonó indicando el final de la práctica, todos corrimos hacia los banquillos para agarrar nuestras botellas de agua y toallas. Me dejé caer pesadamente sobre el banco de metal, exhalando con fuerza mientras respiraba agitadamente.
A los pocos segundos, Jessica se acercó coqueteando con su uniforme de porrista, contoneándose con esa seguridad arrolladora que se supone que me encantaba. Traía el cabello rubio perfectamente atado en una coleta alta y una lata de bebida isotónica fría en la mano, la cual me tendió con una sonrisa almibarada.
-Jugaste increíble hoy, mi amor -dijo Jessica sentándose a mi lado, rozando su muslo contra el mío y pasando una mano enguantada por mi hombro-. Aunque te noté un poco distraído en la última jugada. ¿Seguro que estás bien?
-Sí, solo fue un día pesado con los nuevos ingresos -respondí con una media sonrisa forzada, aceptando la bebida y dándole un trago largo para calmar la sequedad de la garganta.
En ese momento, Brad y un par de jugadores más se nos unieron, riendo a carcajadas mientras se quitaban los cascos protectores y los tiraban al suelo. Brad se recargó contra la barandilla de metal, escaneando el perímetro del campus hasta que su mirada se detuvo a lo lejos, justo en la acera que bordeaba los campos de entrenamiento.
-Oigan, miren quién va por ahí caminando con cara de que la vida la odia -dijo Brad señalando con la barbilla hacia la zona de los laboratorios.
Giró la cabeza de inmediato. Era ella. Mara caminaba sola, con la misma mochila gastada de lona colgada de un hombro, los rizos indomables amarrados en un desastre y la mirada fija en el suelo, como si intentara volverse invisible para el resto del universo. Llevaba una chaqueta de mezclilla demasiado grande y caminaba con esa torpeza tan suya, esquivando una piedra como si fuera un obstáculo insuperable.
Al verla, un impulso estúpido, una mezcla de orgullo mal entendido y la necesidad de demostrarle a mi grupo que yo seguía siendo el mismo de siempre, se apoderó de mí. Quería borrar la culpa de la mañana haciendo exactamente lo que se esperaba de un capitán superficial y cínico.
Solté una risita seca, ladeando la cabeza mientras la observaba alejarse.
-Apuesto a que la pobre jamás ha tenido novio en su miserable vida -dije en voz alta, asegurándome de que todos en el banquillo pudieran escucharme-. Se ve tan patética y perdida que probablemente asuste a cualquiera que se le acerque a menos de dos metros.
Las risas no tardaron en estallar alrededor del banco. Jessica soltó una carcajada estridente, negando con la cabeza con evidente desprecio.
-Por favor, Nolan. ¿Quién demonios se fijaría en esa cosa? Parece sacada de un basurero de beneficencia. Ni regalada la querría alguien de nuestro nivel -comentó mi novia con una sonrisa burlona, cruzando los brazos sobre su top de porrista.
Yo sabía que no debía seguirle el juego, que las palabras de Jessica sonaban crueles incluso para nuestros estándares, pero el silencio en mi interior me empujaba a vacilar más. Estaba a punto de decir algo para cambiar de tema cuando Brad me miró con una chispa de travesura y desafío en los ojos, una de esas expresiones que presagiaban una estupidez colosal.
-Hablando de eso... -dijo Brad, inclinándose hacia adelante con una sonrisa de oreja a oreja y captando la atención de todo el grupo-. Ya que te da tanta mala espina y te parece tan patética, Vance... ¿Cuánto apostamos a que no eres capaz de enamorarla?
Me quedé congelado por una fracción de segundo. La frase flotó en el aire, pesada y absurda, resonando entre el ruido de los balones rebotando a lo lejos.
-¿Qué? ¿Estás loco, Brad? -le contesté frunciendo el ceño, aunque mi voz sonó menos firme de lo que pretendía-. No tengo tiempo para perderlo con una chica rara.
-¿Qué pasa, capitán? ¿Acaso tienes miedo de perder? -intervino otro de los jugadores, un defensa corpulento llamado Matt, riendo socarronamente-. Dices que es un desastre, que no vale nada... demuéstralo. Conquístala, haz que se enamore hasta los huesos de ti, y luego, cuando esté comiendo de la palma de tu mano, le dejas claro quién manda. ¡Una apuesta clásica de preparatoria llevada a la universidad! ¿O es que te da miedo que te rechace la chica de las gafas?
Las risas se multiplicaron. Todos los chicos del equipo me miraban esperando una respuesta, expectantes, midiendo mi orgullo como el líder indiscutible del grupo. Sentí que la sangre se me subía a la cabeza de golpe. Mi reputación estaba sobre la mesa. Si decía que no, quedar como un cobarde frente a mis amigos era una sentencia de muerte social en nuestro círculo.