Sigo sin entender las reglas del juego
Mara
El timbre de la última clase de la tarde sonó como una bendición largamente esperada. Guardé los lápices de colores con dedos temblorosos en el estuche, sintiendo que mis hombros cargaban no solo con el peso de la mochila, sino con una densa capa de plomo invisible que me venía aplastando desde el inicio de la semana.
Salí del taller de pintura junto con el resto de los compañeros, arrastrando los pies hacia la salida principal de la facultad de artes. El aire de la tarde soplaba fresco, trayendo consigo el aroma a tierra mojada y hojas secas que anunciaban la llegada oficial del otoño. Era una de mis épocas favoritas del año, el tipo de clima que normalmente me invitaba a perderme en un rincón de la biblioteca con una taza de chocolate caliente y un cuaderno nuevo de bocetos. Pero hoy no había paz mental posible. Mi cabeza era un torbellino caótico de dudas, paranoia y una extraña sensación de desasosiego que no lograba sacudirme de encima.
Mientras caminaba por el sendero adoqueado que conectaba los edificios principales, intenté autoconvencer de que todo era producto de mi imaginación hiperactiva. Al fin y al cabo, siempre había sido una persona propensa a sobrepensar las cosas, a buscarle explicaciones rebuscadas a cada simple mirada o susurro ajeno. Pero lo que había estado ocurriendo en los últimos días ya no era un simple producto de mis inseguridades.
El ambiente en el campus se sentía... raro. Extrañamente cambiado. Como si alguien hubiera alterado las reglas invisibles del universo universitario de la noche a la mañana, y yo fuera la única idiota que no había recibido el memo.
Para empezar, las miradas hostiles de las porristas y los chicos populares -las mismas que el primer día me habían mirado con desdén o se habían burlado abiertamente de mi sudadera en la cafetería- parecían haber dado un giro de ciento ochenta grados. Ya no había risas a mis espaldas ni comentarios hirientes lanzados al vuelo cuando pasaba cerca de su mesa. En su lugar, lo que encontraba ahora era algo mucho más desconcertante: miradas de reojo, codazos cómplices entre susurros, y sonrisas extrañas que se apagaban tan pronto como intentaba cruzar sus ojos.
Y luego estaba él. Nolan.
El chico de la cazadora de cuero, el mismo que me había insultado en la plaza y que se había mofado de mi torpeza frente a medio comedor, se había convertido de repente en una sombra imposible de ignorar. Lo había visto aparecer en lugares completamente absurdos para alguien como él: sentado en la mesa de la biblioteca más alejada y silenciosa, fingiendo leer un libro de historia del arte que ni siquiera abría mientras no me quitaba los ojos de encima; cruzándose en mi camino en los pasillos angostos del edificio C con una frecuencia estadística imposible; y, lo peor de todo, mirándome con una extraña intensidad indescifrable cada vez que coincidíamos en el taller de pintura.
-Estás perdiendo la cabeza, Mara -me murmuré a mí misma, sacudiendo la cabeza con frustración mientras cruzaba la plaza central y esquivaba la fuente donde mi bota había decidido sabotearme el primer día-. Nolan Vance no te está acechando. A él le das igual. Le pareces una molestia, una "novata torpe", tal como él mismo se encargó de recordarle a todo el mundo.
Y, sin embargo, esa lógica racional se desmoronaba cada vez que recordaba la forma en que sus ojos color avellana se habían cruzado con los míos el día anterior, cuando tropecé con la puerta del salón de conferencias. No había desprecio en su mirada esa vez. Había una especie de cálculo frío, una curiosidad extraña y persistente que me helaba la sangre.
Decidí dejar de pensar en ello por un momento. Tenía cosas más importantes de qué preocuparme. Mi padre me había llamado por la mañana insistiendo en que cenáramos juntos para "revisar cómo iba mi farsa de becada", y aunque le había colgado a mitad del sermón recordándole que yo era perfectamente capaz de sobrevivir sola, sabía que tendría que pasar por el departamento a cambiarme de ropa antes de que anocheciera.
Caminé hacia las paradas de autobús situadas en la salida lateral del campus. El tráfico de la hora pico comenzaba a acumularse en la avenida principal, con una fila interminable de autos de lujo y autobuses escolares rindiendo culto al caos urbano de la tarde. Me colgué mejor la mochila al hombro y me arropé con el cuello de la sudadera, sintiendo que una brisa helada me recorría la columna vertebral.
Fue en ese preciso instante, justo cuando me disponía a sacar los auriculares de la bolsa para aislarme del ruido exterior, cuando escuché unos pasos firmes y decididos acercándose por detrás con un ritmo demasiado familiar.
El aroma a loción de cedro y menta fresca invadió mis fosas nasales antes de que pudiera darme la vuelta. Mi corazón dio un vuelco violento en el pecho, golpeando mis costillas con la fuerza de un martillo hidráulico.
-Vaya, parece que hoy tienes mejor sentido de la orientación, torpe -dijo una voz varonil, ronca y profunda que hizo que se me paralizara hasta el último cabello de la nuca.
Me giré lentamente, conteniendo la respiración, y allí estaba. Nolan Vance estaba de pie a menos de medio metro de distancia, con las manos metidas en los bolsillos de sus jeans oscuros, la infaltable cazadora de cuero negro colgada negligentemente de un hombro y una media sonrisa torcida dibujada en los labios. No lucía como el chico arrogante y furioso que me había gritado en la acera; su postura era relajada, casi ensayada, como si estuviera interpretando un papel cuidadosamente estudiado para una obra de teatro donde yo era la única espectadora desprevenida.
Me quedé petrificada, parpadeando a través de las gruesas lunas de mis gafas, sintiendo que el calor me subía de golpe por el cuello hasta las orejas.
-¿Qué... qué quieres, Nolan? -logré articular al fin, con un hilo de voz que salió mucho más tembloroso de lo que me habría gustado admitir. Intenté sonar firme, recuperar aunque fuera un ápice de la dignidad que me quedaba, pero las palabras se me quedaron atascadas en la garganta-. Si vienes a burlarte otra vez de mi ropa o de mi forma de caminar, ahórratelo. Ya tuve suficiente por una semana.