Gane y perdí la apuesta?

Capitulo 7

Las líneas invisibles del lienzo
Mara

El sonido del despertador digital, a las seis en punto de la mañana, resonó en la pequeña habitación de mi departamento como una sentencia de muerte. Apagué la alarma de un golpe torpe, con el cabello revuelto y la sensación de que apenas había logrado cerrar los ojos durante un par de horas. La noche anterior había sido una pesadilla de insomnio, pensamientos circulares y bocetos deshechos arrojados al cesto de la basura. Las palabras de Nolan junto a la parada de autobús seguían repitiéndose en mi cabeza como un eco persistente y molesto: "Quisiera que fueras simplemente la chica rara... pero no puedo".

-Tonterías. Pura manipulación barata -murmuré para mí misma, frotándome los ojos detrás de las gafas mientras me levantaba de la cama para arrastrar los pies hacia el baño.
A pesar de que intentaba repetirme que todo era parte de su juego de chico popular aburrido, algo en mi interior se negaba a creer del todo que su desesperación hubiera sido completamente fingida. Había demasiada tensión en su voz, demasiado temblor en sus manos cuando me había sostenido de la muñeca. Pero ¿y si solo era un actor excelente? ¿Y si el ego de alguien acostumbrado a tenerlo todo a sus pies no soportaba la idea de que una "novata torpe" lo ignorara olímpicamente?

Me lavé la cara con agua fría, intentando despejar el engranaje de dudas que amenazaba con abrumarme. Decidí que la mejor estrategia -la única defensa lógica que me quedaba- era la indiferencia absoluta. Si Nolan Vance quería jugar a ser el chico misterioso y atento, iba a chocar contra un muro de hielo. Yo no estaba en la universidad para mendigar migajas de atención de la realeza estudiantil; estaba allí por el arte, por mi independencia y por demostrarme a mí misma que podía valerme por cuenta propia, lejos de los millones y las expectativas sofocantes de mi familia.

Me puse una sudadera verde un par de tallas más grande de lo habitual, unos jeans cómodos y mis infatigables Converse desgastadas. Cargué la mochila con los tubos de óleo, los pinceles de cerdas finas y el pesado cuaderno de dibujo.
Cuando salí al campus, la brisa de la mañana me dio de lleno en el rostro. El cielo estaba teñido de un gris plomizo, anunciando una posible llovizna otoñal. Caminé hacia el Edificio C de Artes Plásticas con la mirada fija en el pavimento, practicando mentalmente mi postura de "invisible". Si lograba pasar desapercibida durante todo el día, tal vez el universo me daría un respiro.

Ilusa de mí. Las leyes de Murphy no daban tregua en mi vida.
Apenas crucé las puertas del taller de pintura, noté que el ambiente estaba extrañamente cargado. Los murmullos cesaron de golpe en cuanto traspasé el umbral. Varios compañeros que solían ignorarme por completo levantaron la vista de sus caballetes, mirándome con expresiones mixtas de curiosidad contenida y compasión mal disimulada.

Fruncí el ceño, sintiendo un leve picor en la nuca. Caminé con pasos cautelosos hacia mi rincón habitual junto a la ventana alta. Y entonces lo vi.
Sobre mi mesa de trabajo, apoyado de forma ostentosa contra el marco de madera de mi caballete, había un objeto que no pertenecía allí. Era un cuaderno de notas de cuero negro, caro, impecable, con el logotipo de una marca de diseño exclusiva grabado en la esquina inferior. Un cuaderno idéntico al que le había visto llevar a Nolan el primer día de clases.

Sentí que el aliento se me atascaba en la garganta. Me acerqué con cautela, como si se tratara de un artefacto explosivo a punto de detonar. Estiré la mano con dedos temblorosos y abrí la libreta. En la primera página, escrita con una caligrafía firme, elegante y ligeramente desordenada, había una nota dirigida directamente a mí:

"Sé que odias las sorpresas y que probablemente pienses que esto es otra trampa. Solo abre la página 42. No te pido que me creas, solo que mires."
-N.

Un nudo instantáneo se formó en la boca de mi estómago. Miré alrededor del taller, buscando instintivamente su rostro entre los caballetes, pero Nolan no estaba allí. Su espacio de trabajo en la esquina opuesta permanecía vacío, con la chaqueta de cuero ausente del respaldo.

-¿Qué demonios se trae entre manos? -susurré para mí misma, con las manos heladas.
A pesar de la advertencia de mi sentido común, que me gritaba a pleno pulmón que cerrara la libreta y la tirara a la basura, la curiosidad pudo más. Con el corazón latiéndome a un ritmo frenético, comencé a pasar las páginas una por una. Las primeras estaban llenas de anotaciones sobre teoría del color, bocetos rápidos de arquitectura, fórmulas de perspectiva y apuntes de clases que yo misma recordaba haber tomado.
Y entonces llegué a la página 42.

El aire se me quedó atrapado en los pulmones. Mis ojos se abrieron de par en par detrás de las gafas de montura gruesa, incapaces de procesar lo que tenían en frente.
No había anotaciones escritas en esa página. Lo que ocupaba todo el pliego de papel era un dibujo a lápiz y carboncillo. Un retrato.

Era yo.

Estaba dibujada con un nivel de detalle y una sensibilidad que me dejó completamente sin aliento. Me había retratado sentada en el banco del jardín interior, con la sudadera grande colgando de los hombros, los rizos desordenados cayendo alrededor de mi rostro y la expresión concentrada, mordisqueando ligeramente la punta de un lápiz mientras miraba fijamente hacia el papel de mi propio bloc. La luz y la sombra estaban manejadas con una maestría brutal; cada trazo reflejaba no solo mis rasgos físicos, sino una vulnerabilidad y una profundidad emocional que dolía mirar. Abajo, en la esquina del dibujo, había un pequeño boceto añadido al margen: una bota de lona enredada cómicamente entre los adoquines de una fuente.
Las lágrimas me picaron en los ojos de inmediato, no de tristeza, sino de una mezcla abrumadora de rabia, conmoción y una ternura tan repentina que me sacudió hasta los cimientos.




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