El tic-tac de un reloj de cristal
Nolan
El sonido del segundero en mi reloj de muñeca parecía un recordatorio constante, pesado y punzante, de que el tiempo se estaba agotando. Dos meses y medio. Diez semanas exactas desde aquella tarde estúpida en el campo de entrenamiento en la que había soltado la apuesta más imbécil de mi vida. Diez semanas desde que había firmado una sentencia de cuatro meses para enamorar a Mara, creyendo que sería un juego rápido, un trofeo más para saciar el ego de un capitán de equipo rodeado de porristas y aplausos vacíos.
Ahora, sentado en las gradas metálicas del campo de fútbol mientras el entrenador gritaba jugadas a pleno pulmón, lo único que sentía en el estómago era una mezcla nauseabunda de pánico y culpa.
-¡Vance! ¡Estás en la luna hoy, capitán! -bramó el entrenador Miller desde la banda, haciendo que varios compañeros se giraran a mirarme con extrañeza.
Me puse de pie de un salto, sacudiendo la cabeza para despistar.
-¡Todo bien, coach! ¡Disculpe! -respondí con voz firme, aunque por dentro me quemaba el cerebro.
La verdad era que mi mente no estaba en la defensiva ni en las tácticas del próximo partido. Estaba en Mara. Cada segundo que pasaba a su lado, cada risa compartida en los rincones silenciosos de la biblioteca, cada vez que lograba hacerla sonrojar con un comentario tonto mientras caminábamos por el campus, el plan original se iba desmoronando como un castillo de naipes. Ya no se trataba de cumplir una cuota. Ya no importaban los quinientos dólares de la apuesta con Brad, ni la aprobación superficial de Jessica -con quien, milagrosamente, apenas si cruzaba palabras desde hacía semanas bajo cualquier excusa barata-.
Lo que me aterraba, lo que me quitaba el sueño todas las noches mirando el techo de mi habitación perfecta, era el maldito tic-tac del calendario. Dos meses y medio significaban que me quedaban poco más de seis semanas antes de que se cumpliera el plazo límite de los cuatro meses. Seis semanas para que la verdad saliera a la luz, para que el castillo de mentiras que habíamos construido se desplomara y para ver la expresión de traición absoluta en esos grandes ojos marrones que ya se habían convertido en mi refugio favorito.
-Oye, hermano -la voz de Brad me sacó de golpe de mis pensamientos mientras se dejaba caer en el banco a mi lado, destapando una botella de agua con una sonrisa socarrona-. Te noto muy metido en el papel con la chica de las gafas. ¿Qué tal va eso? Ya van dos meses y medio, ¿eh? Acuérdate de que el tiempo vuela y el premio gordo nos lo repartimos en el vestidor.
Sentí que la sangre se me congelaba en las venas. La mención de la apuesta por parte de Brad sonó como una bofetada fría y directa. Apreté la mandíbula con tanta fuerza que las muelas me dolieron. Durante las últimas semanas, había hecho todo lo posible por borrar esa maldita apuesta de mi mente, por actuar como si jamás hubiera existido, convenciéndome a mí mismo de que estaba con Mara porque realmente la quería, porque su inteligencia, su torpeza encantadora y su talento artístico me desarmaban por completo. Pero la realidad estaba allí, agazapada, esperando el momento exacto para saltar a mi yugular.
-Todo va bajo control, Brad. No tienes que recordármelo cada cinco minutos -respondí con una sequedad fingida, intentando mantener la voz lo más neutral posible para que no notara el temblor que amenazaba con delatarme.
-Más te vale, capitán -rio Brad dándome una palmada fuerte en el hombro, una palmada que esta vez se sintió como una marca de ganado-. No quisiéramos que el gran Nolan Vance pierda su toque con una simple nerd. Ya sabes cómo acaba esto: la enamoras por completo, dejas que coma de tu mano, y en mes y medio cerramos el trato frente a todo el equipo. Será épico.
Las palabras de Brad se clavaron en mi pecho como agujas ardientes. En mes y medio. Un mes y medio para confesarle la verdad o para seguir mintiendo mientras cavaba mi propia tumba.
Miré hacia la salida del campo de fútbol y allí la vi. Mara venía cruzando la acera lateral, cargando su inseparable bloc de dibujo bajo el brazo, con su suéter holgado de siempre y los rizos oscuros alborotados por el viento de la tarde. Llevaba una expresión distraída, dibujando una pequeña sonrisa en sus labios mientras leía un mensaje en su teléfono. Al verme entre los jugadores, sus ojos se cruzaron con los míos a la distancia. Esa chispa de complicidad y calor que iluminaba su rostro cada vez que me encontraba hizo que se me estrujara el corazón de una forma dolorosa.
Ella confiaba en mí. Creía que mis acercamientos, mis charlas interminables sobre arte bajo los árboles, y mis intentos torpes por cuidarla eran genuinos. Y lo eran, maldita sea. Yo ya no estaba fingiendo. El Nolan que sonreía con ella era el único yo real que quedaba, lejos de las expectativas de mis padres, lejos de la presión de la herencia y de la fachada de perfección de mi casa. Pero esa misma verdad hacía que la mentira de fondo fuera mil veces más cruel.
-Tengo que irme, Brad. Nos vemos luego -le solté a mi compañero sin esperar respuesta, dejándolo con la palabra en la boca mientras salía prácticamente corriendo hacia el borde del campo.
Cruzué el césped a zancadas largas, esquivando los conos de entrenamiento hasta llegar a la altura de Mara, quien me esperaba con una ceja alzada y esa media sonrisa tierna que me descolocaba por completo.
-Vaya, ¿el capitán del equipo huyendo del entrenamiento antes de tiempo? Eso va a arruinar tu reputación de chico perfecto, Vance -dijo Mara con un tono de burla juguetona, ajustándose las gafas sobre el puente de la nariz.
Me detuve frente a ella, respirando un poco agitado, y sin poder evitarlo, extendí la mano para apartar un mechón rebelde de su frente, sintiendo la suavidad de su piel bajo mis dedos. Ella cerró los ojos un segundo, apoyando imperceptiblemente la mejilla contra el calor de mi palma, disfrutando del contacto con esa naturalidad que me mataba de culpa.