Cayendo en una red de fresas y mentiras
Mara
El eco de mis botas resonaba suavemente contra los adoquines húmedos del patio central de la universidad. El otoño avanzaba con paso firme, pintando las copas de los árboles de tonos ocres y dorados, pero el verdadero cambio no estaba en el clima exterior, sino en el caos absoluto que se había instalado en mi pecho desde hacía dos meses y medio.
Si alguien me hubiera dicho al principio del semestre que terminaría almorzando todos los días en la biblioteca con Nolan Vance -el chico al que había jurado odiar y mantener a tres metros de distancia por considerarlo el epicentro de la superficialidad estudiantil-, me habría reído en su cara y lo habría mandado al psiquiatra.
Y sin embargo, allí estaba. Sentada en una mesa apartada, con un libro de historia del arte abierto frente a mí, mientras lo observaba de reojo leer concentrado unos apuntes de arquitectura. La luz de la tarde se filtraba a través de los ventanales altos, dorando su cabello castaño y resaltando la línea perfecta de su mandíbula. Era ridículamente guapo, de esos chicos que parecen sacados de una revista de moda sin proponérselo. Pero lo que más me desarmaba ya no era su físico, sino las pequeñas atenciones que había empezado a tener conmigo: cómo recordaba exactamente qué tipo de café me gustaba, cómo me defendía de las miradas despectivas de las porristas con una sola seña fría, y cómo lograba hacerme reír hasta las lágrimas con sus ocurrencias absurdas.
Estaba cayendo. Cayendo de una forma tan honda, tan rápida y tan torpe que me daba terror solo de pensarlo.
-Sigues mirándome fijamente, Caperucita -dijo Nolan de repente, sin levantar la vista de sus apuntes, aunque una sonrisa traviesa y burlona se dibujaba claramente en la comisura de sus labios.
Sentí que el calor me subía de golpe a las mejillas. Aparté la vista de inmediato, fingiendo un interés absoluto por un grabado renacentista en mi libro.
-No te estoy mirando, Nolan. Estaba analizando la técnica de pincelada de este cuadro. Tienes una imaginación un poco desbordada para ser estudiante de arquitectura -repliqué con un atisbo de falsa dureza, intentando recuperar la compostura.
Nolan dejó escapar una risa baja, cerró su cuaderno con parsimonia y se inclinó hacia adelante sobre la mesa, apoyando los codos y acercando su rostro al mío hasta que pude percibir el familiar y adictivo aroma a cedro y menta fresca que parecía envolverme siempre.
-Claro que sí, Mara. Lo que tú digas. Pero admito que prefiero mil veces que me mires a que mires un libro viejo de hace quinientos años -susurró con esa voz ronca y cálida que hacía que mis rodillas perdieran consistencia instantáneamente.
Tragué saliva con dificultad, sintiendo que el corazón se me desbocaba contra las costillas. ¿En qué momento exacto había permitido que este chico se instalara tan adentro de mi vida?
Durante las últimas diez semanas, me había repetido mil veces que tenía que mantener la guardia alta. Mi padre me había enseñado a desconfiar de las apariencias, a recordar que las personas con dinero y poder siempre tienen una máscara puesta. Y, sin embargo, con Nolan sentía que las máscaras sobraban. Me hablaba de sus miedos con la carrera, de la presión silenciosa que sentía por cumplir las expectativas de su familia, de lo mucho que detestaba las fiestas vacías del círculo social al que pertenecía. Me mostraba una vulnerabilidad tan sincera, tan desprovista de arrogancia, que era físicamente imposible no creerle.
Me había enamorado de él. Así de simple. De su forma de caminar, de cómo arrugaba el ceño cuando se concentraba en un plano, de la paciencia infinita con la que escuchaba mis neuras sobre mis proyectos de pintura.
Y esa era precisamente la parte más aterradora de todas. Estaba tan entregada a este sentimiento, tan ciega de felicidad y confianza, que ni siquiera me había detenido a pensar en lo vulnerable que me había vuelto. Para mí, ya no existían las dudas del primer día; para mí, lo nuestro era real, profundo y honesto.
Nolan estiró la mano sobre la mesa y entrelazó sus dedos con los míos, frotando suavemente con su pulgar el dorso de mi mano. Su piel estaba caliente, y el simple contacto envió una descarga eléctrica directa a mi columna vertebral.
-¿Tienes planes para esta noche? -preguntó él en voz baja, con una intensidad en la mirada que me dejó sin aliento-. Pensé que podríamos ir a ese pequeño café en las afueras del campus, el que te gusta. Solo tú y yo, lejos de todo el ruido.
Una sonrisa boba se dibujó inevitablemente en mis labios. Acepté sin vacilar, sumergida en la dulce ilusión de que mi vida universitaria se había convertido de repente en la mejor clase de historia de amor. Lo que no sabía, lo que ni remotamente alcanzaba a sospechar en ese rincón silencioso de la biblioteca, era que el reloj seguía corriendo inexorablemente, y que las dos horas y media de felicidad que me rodeaban estaban construidas sobre unos cimientos de mentiras que amenazaban con destruirme por completo