El peso de la cuenta regresiva
Nolan
El aire de la madrugada entraba helado por la ventana abierta de mi habitación, pero yo estaba sudando frío. Tenía la computadora portátil encendida sobre las rodillas, con la pantalla parpadeando en la oscuridad, aunque no estaba prestando atención a ninguna de las maquetas de diseño arquitectónico que tenía abiertas como pestañas de fondo.
Mi mente estaba atrapada en el calendario. Faltaban exactamente cinco semanas para que se cumplieran los cuatro meses de la maldita apuesta. Cinco semanas. Treinta y cinco días para confesarle a Mara que todo había empezado por un capricho estúpido de vestuario, por quinientos dólares y por el miedo idiota a perder mi estatus frente a Brad y los demás idiotas del equipo.
Cerré la laptop de un golpe seco, dejándola caer sobre la mesa de noche, y me pasé las manos por el rostro con desesperación, tirando de mi cabello hasta sentir dolor.
Cada día que pasaba a su lado era una bendición y una tortura simultánea. La tarde anterior habíamos estado en el café de las afueras, tal como se lo había prometido. La había visto reírse de un comentario tonto mientras se manchaba la nariz con espuma de chocolate, y en ese preciso instante me había inclinado para besarla con una ternura tan real que me había dolido el alma. Ella había respondido al beso con esa entrega dulce y sincera que caracterizaba cada uno de sus actos, confiando ciegamente en mí, creyendo que éramos invencibles.
Y yo la estaba engañando. Cada segundo que pasaba sin decirle la verdad me convertía en el mayor cobarde sobre la faz de la tierra.
-¿Qué demonios voy a hacer? -murmuré al vacío de la habitación oscura, sintiendo que las paredes se me venían encima.
Si le contaba la verdad ahora, perdería a Mara para siempre. No había forma de que una persona con los principios de Mara perdonara una traición de esa magnitud; una apuesta sobre sus sentimientos, una farsa planeada para burlarse de su vulnerabilidad al principio del semestre. Me odiaría con justa razón, me borraría de su vida y con toda la justicia del mundo me consideraría la peor escoria que había pisado la universidad.
Pero si no le decía nada, si seguía estirando la mentira hasta que se cumpliera el plazo de los cuatro meses para intentar suavizar el golpe... el daño sería mil veces peor. El engaño se acumularía, las mentiras se harían más grandes, y cuando descubriera que todo había sido un montaje pactado con risas en un vestidor, el impacto la destrozaría de una manera de la que jamás se recuperaría.
Me levanté de la cama de un salto y comencé a caminar de un lado a otro por el piso de madera, sintiendo la presión en el pecho como una pinza invisible. Recordé el rostro de mi padre hablando sobre la integridad, los valores y lo que significaba ser un hombre de palabra; recordé la sonrisa amable de mi madre enseñándome desde pequeño que los sentimientos de los demás nunca debían usarse como un juguete. Si ellos supieran lo que estaba haciendo, si supieran que su hijo mayor -el heredero de una familia respetada- se había prestado para un juego tan vil y ruin con una chica tan pura como Mara, sentirían una repulsión absoluta hacia mí.
Mi teléfono vibró sobre la mesa de noche con una notificación silenciosa. Lo tomé con los dedos temblorosos y encendí la pantalla. Era un mensaje de Brad en el grupo de WhatsApp del equipo:
"Ey, capitán, faltan pocas semanas para el gran cierre de la apuesta de los quinientos dólares. ¿Preparando el discurso para dejar en evidencia a la nerd y cobrar el botín frente a todos?"
El estómago se me revolvió con una arcada de puro asco.
Abrí el chat, con los nudillos blancos de tanto apretar el teléfono, y por un segundo estuve a punto de escribirle las peores groserías, de mandar al diablo la apuesta, el equipo, el estatus y a todos los idiotas que aplaudían la crueldad disfrazada de hombría. Estuve a punto de romper amarras de una vez por todas.
Pero el miedo me detuvo. El maldito miedo cobarde a perderla hoy mismo me paralizó los dedos sobre el teclado.
Apagué la pantalla del teléfono con brusquedad y lo arrojé contra la cama, dejándome caer de rodillas frente a la ventana, con la frente apoyada en el marco frío de aluminio mientras las lágrimas de frustración e impotencia amenazaban con romper mis ojos.
Estaba atrapado en el laberinto que yo mismo había construido. Y lo peor de todo era que, por más que intentara buscar una salida limpia, sabía perfectamente que alguien iba a salir destruido, y el único culpable de esa tragedia anunciada era yo.