Gane y perdí la apuesta?

Capitulo 11

La trampa de la felicidad ciega
Mara

El taller de pintura olía a linaza fresca, turpentine y al característico aroma a café tibio que Nolan solía traerme todas las mañanas antes de que empezaran sus clases teóricas.

Estaba frente a mi caballete, sosteniendo un pincel de cerdas finas con el que intentaba dar los últimos retoques a un lienzo de grandes proporciones en el que llevaba trabajando semanas. Era un cuadro complejo, lleno de contrastes entre sombras oscuras y una luz cálida y brillante que brotaba en el centro de la composición. Un reflejo exacto de lo que sentía mi interior: el paso de la chica invisible, temerosa y desconfiada, hacia la mujer luminosa y segura que me sentía desde que Nolan había entrado en mi universo.

-Te estás concentrando tanto que vas a terminar perforando el lienzo, Caperucita -la voz ronca y divertida de Nolan resonó a mis espaldas, acompañada por el sonido de sus pasos ligeros sobre el suelo de madera.

Sentí un cosquilleo cálido en el pecho antes incluso de girarme. Dejé el pincel en la repisa y me di la vuelta, encontrándome con su sonrisa deslumbrante y esa mirada avellana que parecía desnudarnos el alma a los dos. Traía dos vasos de cartón con café humeante en las manos y una chaqueta de cuero colgada casualmente de un hombro.

-No estoy perforando nada, estoy intentando capturar la luz exacta del atardecer, algo que probablemente un estudiante de arquitectura con mente cuadriculada jamás entendería -repliqué con una falsa suficiencia divertida, cruzando los brazos sobre mi delantal manchado de pintura.
Nolan soltó una carcajada limpia, dejando los vasos sobre la mesa auxiliar para dar un paso al frente y rodearme la cintura con sus brazos cálidos, atrayéndome con suavidad contra su cuerpo. Apoyué las manos en su pecho firme, sintiendo el ritmo constante y seguro de su corazón latiendo bajo la tela de su camisa.

-Para ser una artista tan talentosa, a veces dices unas tonterías monumentales -susurró él inclinándose para dejar un beso suave y prolongado en mi mejilla, haciéndome cerrar los ojos y suspirar de puro gusto-. No necesito saber de pinceles para reconocer una obra de arte cuando la veo. Y te aseguro que lo que tienes en ese lienzo no se compara ni un poquito con la realidad.

Mi corazón dio un vuelco desbocado. ¿Cómo era posible que, después de más de dos meses y medio de salir juntos, cada palabra suya siguiera teniendo el poder de derretirme por completo?
Vivía en una especie de burbuja perfecta. Para mí, el mundo exterior había dejado de importar. Las burlas de las porristas ya no me rozaban; los murmullos en los pasillos se habían esfumado porque la presencia de Nolan a mi lado se había convertido en un escudo impenetrable; y las inseguridades con las que había cargado toda mi vida parecían haberse evaporado al calor de sus manos. Confiaba en él ciegamente. Le había entregado mis secretos más íntimos, mis miedos sobre la presión familiar, mis inseguridades artísticas y cada rincón vulnerable de mi corazón. Estaba convencida de que lo nuestro era indestructible, un refugio seguro construido contra viento y marea.

Y esa era la parte más aterradora y hermosa a la vez: me había enamorado sin red de seguridad, entregándole las llaves de mi mundo a un chico que, sin yo saberlo, caminaba sobre una cuerda floja invisible.

-Oye -dije separándome un poco para mirarlo a los ojos, notando de repente una ligera sombra de tensión en su expresión que me llamó la atención-. Te noto raro desde hace un par de días, Nolan. Estás como... distraído, como si tu cabeza estuviera a kilómetros de distancia. ¿Ocurre algo con tus padres? ¿O con el equipo de fútbol?
Al escuchar mis palabras, vi cómo los músculos de su mandíbula se tensaban de forma casi imperceptible. Una especie de destello de dolor y culpa cruzó fugazmente por sus ojos avellana antes de que se apresurara a enmascararlo con una sonrisa rápida y un poco forzada.

-¿Yo? No, qué va, Caperucita. Son solo las entregas finales del semestre y la presión de los partidos con el entrenador Miller. Ya sabes cómo se pone el viejo con la pretemporada -respondió él con demasiada rapidez, acariciándome la mejilla con el pulgar en un gesto que intentaba ser tranquilizador, pero que esta vez dejó un rastro de frío en mi columna vertebral-. No tienes de qué preocuparte, ¿sí? Todo está bien.
Lo miré fijamente a los ojos, intentando buscar alguna rendija en su fachada, pero su expresión parecía impenetrable. Una pequeña punzada de inquietud, un eco sordo de desconfianza que llevaba semanas apagado, volvió a rascar en el fondo de mi mente.

¿Y si me estaba ocultando algo? ¿Y si la presión de su entorno, el qué dirán sus amigos populares o las expectativas de su familia acomodada pesaban más de lo que él admitía?
-Nolan... prométeme que pase lo que pase, nunca me mentirías sobre algo importante -le pedí con voz baja, casi un susurro, sintiendo de repente un nudo extraño formarse en la garganta sin un motivo aparente.

Nolan se quedó completamente congelado. Sus ojos se abrieron un poco más de lo normal, y vi cómo tragaba saliva con extrema dificultad, como si las palabras se le hubieran quedado atrapadas en las vías respiratorias. Por un segundo eterno, el silencio en el taller se hizo tan espeso que podíamos escuchar el repiqueteo del agua en las tuberías.

-Mara... yo... -comenzó a decir él, con un temblor inconfundible en la voz, antes de detenerse en seco y cerrar los ojos con fuerza.
-¿Nolan? -repetí con el corazón encogido, sintiendo que el frío empezaba a reemplazar el calor de su abrazo-. ¿Qué pasa?

-Nada, mi amor. Te lo prometo -respondió él de pronto, abriendo los ojos y forzando una sonrisa que no llegó a alcanzarle la mirada, mientras me abrazaba con fuerza contra su pecho, escondiendo su rostro en mi cabello como si intentara esconderse del mundo entero-. Nunca... nunca querría hacerte daño.




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