La cuenta atrás y la confesión inevitable
Nolan
El Audi R8 aceleraba por la carretera solitaria de regreso a casa, pero el motor rugiendo a más de ciento veinte kilómetros por hora apenas lograba competir con el estruendo que tenía en la cabeza.
Faltaban dos semanas. Catorce días exactos para que se cumplieran los cuatro meses de la maldita apuesta. Dos semanas para que el plazo estipulado por Brad y los demás idiotas del equipo expirara, y para que la verdad saliera a la luz de la forma más cruel imaginable.
Había intentado buscar una salida por todos los medios posibles. Había pasado las últimas noches sin dormir, devanándome los sesos buscando la manera de contarle la verdad a Mara antes de que fuera demasiado tarde, antes de que alguien más le llenara la cabeza de versiones distorsionadas sobre el origen de nuestra relación. Pero cada vez que imaginaba su rostro, cada vez que recordaba la forma en que me miraba con esa confianza ciega y absoluta, el miedo a perderla me paralizaba las manos y me cerraba la garganta.
-Soy un cobarde... un maldito cobarde de mierda -me grité a mí mismo dentro del auto vacío, golpeando el volante con la palma de la mano abierta con impotencia.
Mi teléfono sonó en el soporte del tablero con una llamada entrante. La pantalla iluminada mostró el nombre de Brad.
Estuve a punto de colgar, de apagar el celular y tirarlo por la ventana. Pero sabía que huir ya no servía de nada. Los plazos estaban ahí, y la presión en el vestidor del equipo se había vuelto insostenible. Los chicos empezaban a hacer preguntas, a apostar sobre cómo iba a ser el gran anuncio de fin de semestre.
Contesté la llamada con el botón del volante, respirando hondo para intentar estabilizar la voz.
-¿Qué quieres, Brad? -escupí con una hostilidad que no me molesté en disimular.
-Vaya, qué humor, capitán -se burló Brad al otro lado de la línea con una carcajada cínica-. Solo llamaba para recordarte que quedan dos semanas para el gran cierre. Los quinientos dólares están listos sobre la mesa, y todos en el equipo estamos esperando el momento en que le digas a la nerd de las artes cómo funcionaron las cosas en realidad. Va a ser épico, Vance. No vayas a arrugarte ahora que falta lo mejor.
-Vete al diablo, Brad -le solté con la voz cargada de un veneno real antes de colgar de un golpe seco, cortando la llamada y apagando el teléfono por completo.
El corazón me latía desbocado. El ultimátum estaba dado. Si no le decía la verdad a Mara yo mismo, de frente, asumiendo todas las consecuencias de mi imbecilidad, alguien más lo haría por mí de la peor manera posible. Y eso era algo que no estaba dispuesto a permitir. Prefiero que me odie por haber sido un idiota al principio a que descubra por boca de unos imbéciles que todo su mundo había sido una farsa calculada.
Llegué a casa de mis padres pasada la medianoche. La mansión estaba completamente a oscuras y en total silencio. Subí las escaleras de puntillas, evitando hacer ruido para no despertar a nadie, y me encerré en mi habitación.
La luz de la luna llena se filtraba a través del ventanal, iluminando las maquetas de arquitectura y los trofeos sobre el escritorio. Me senté en el borde de la cama, mirando fijamente hacia el suelo, mientras las lágrimas -esas que llevaba semanas intentando contener- empezaban a romperme por dentro.
Dos semanas. Treinta y seis horas para reunir el valor necesario y confesarle a la única persona que me había importado de verdad que la había engañado desde el primer segundo en que cruzamos miradas.
-Perdóname, Mara... por favor, perdóname -susurré al vacío de la habitación oscura, sabiendo con absoluta certeza que al día siguiente tendría que enfrentar el juicio final y que, esta vez, ni todo el dinero ni toda la popularidad del mundo podrían salvarme de perder lo único real que había tenido en la vida.