Las cenizas de un corazón de cristal y el renacer de una sombra
Mara
El trayecto de regreso a casa en el taxi pareció durar una eternidad. Mientras las calles de la ciudad pasaban a través de la ventana empañada por la llovizna, yo me quedé acurrucada en una esquina del asiento trasero, abrazando mi mochila contra el pecho como si fuera un chaleco salvavidas que evitaba que terminara de hundirme en el océano de mi propia miseria. Las gafas me pesaban sobre el puente de la nariz, y cada parpadeo expulsaba un remanente salado de lágrimas que ya casi se negaban a salir, agotadas por la violencia del llanto en el banco del patio trasero.
"Fue divertido jugar un rato a la parejita, fingir interés en tus dibujos y aguantar tus tonterías..."
La voz de Nolan resonaba una y otra vez en mi cabeza, un disco rayado y sádico que torturaba cada uno de mis pensamientos. ¿Cómo había sido tan ciega? ¿Cómo había ignorado todas las pequeñas señales de advertencia, las dudas que de vez en cuando rascaban en mi conciencia, el miedo sordo a que alguien de su mundo me lastimara? Me había entregado por completo. Había bajado las murallas, había desnudado mis inseguridades, mis miedos más profundos y mis sueños artísticos ante un chico que solo estaba cumpliendo con una cuota de tiempo y una apuesta de quinientos dólares con sus amigos.
Cuando el taxi se detuvo frente al edificio de mi departamento, pagué al conductor con manos temblorosas, incapaz de alzar la mirada. Subí las escaleras a zancadas pesadas, arrastrando los pies como si pesaran toneladas. Al abrir la puerta de casa, el silencio absoluto me golpeó de inmediato. El departamento estaba frío, ordenado, impecable, recordándome la soledad que siempre había habitado en él antes de que este maldito semestre universitario pusiera mi vida patas arriba.
Caminé directamente hacia mi habitación. Dejé caer la mochila al suelo con un golpe seco y me acerqué al espejo de cuerpo entero que estaba colgado junto al armario.
Me detuve a contemplar mi reflejo. Allí estaba la vieja Mara. La chica con el suéter gigante y desaliñado, las gafas de montura gruesa que intentaban ocultar un rostro hinchado y enrojecido por el llanto, y los rizos oscuros completamente revueltos por la lluvia y el viento. Una chica frágil, ingenua, dispuesta a creer en cuentos de hadas modernos y promesas vacías pronunciadas por príncipes de mentira. Una chica que se había enamorado con la torpeza y la pureza de quien nunca antes había sabido lo que era el afecto verdadero, solo para recibir a cambio una puñalada por la espalda frente a todo el campus.
Contemplé ese reflejo durante varios minutos, sintiendo cómo el dolor punzante en mi pecho se transformaba poco a poco en algo mucho más frío, oscuro y denso: una rabia silenciosa, implacable y absoluta.
-Se acabó -susurré al espejo, y mi voz sonó extrañamente firme, vacía de cualquier temblor, cortando el aire de la habitación como el filo de una navaja-. Ya no más.
Estiré las manos y, con un movimiento firme, me quitué las gafas de montura gruesa, arrojándolas sin miramientos sobre la cama. Luego, me quité el suéter verde, esa prenda holgada que se había convertido en mi armadura invisible durante tanto tiempo, y lo tiré al fondo del cesto de la basura junto con los bocetos arrugados y las hojas manchadas de carbón de aquel maldito retrato.
La chica tímida, la becada torpe que agachaba la cabeza ante las burlas y se conformaba con las migajas de atención, acababa de morir en ese maldito pasillo de la facultad. Lo que quedaba en su lugar no era más que una cáscara fría, un proyecto de mujer armada hasta los dientes con la indiferencia y el desdén.
Caminé hacia el escritorio, tomé mi teléfono celular y busqué el contacto de mi padre. Él llevaba semanas insistiendo con un tema del que yo siempre había huido por miedo a alejarme de mi rutina universitaria y de lo que creía era mi pequeño refugio feliz: el programa de intercambio estudiantil de tres meses en Florencia, Italia. En su momento, lo había rechazado con evasivas porque no quería moverme de la ciudad, porque mi vida, mis lienzos y, sobre todo, Nolan estaban aquí.
Qué irónico. Florencia, la cuna del arte clásico, el lugar donde las grandes obras renacían a partir del mármol y las cenizas. El destino me estaba ofreciendo una salida perfecta, y yo iba a tomarla sin mirar atrás.
Marcó el número con dedos firmes. La línea dio dos tonos antes de que la voz grave y amable de mi padre respondiera al otro lado del teléfono.
-¿Mara? ¿Ocurre algo, hija? Es inusual que me llames a esta hora de la tarde -dijo mi padre, con un matiz de genuina preocupación en su tono.
Respiré hondo, llenando mis pulmones de ese aire frío y decidido, mientras clavaba los ojos en el reflejo de la ventana donde la llovizna seguía cayendo sobre los tejados de la ciudad.
-Papá -dije, y mi voz sonó tan fría y controlada que hasta a mí misma me sorprendió-. Estoy bien. Solo... tomé una decisión.
-¿Una decisión? ¿Sobre qué, cariño? -preguntó él, intrigado.
-El intercambio de tres meses en Florencia. Quiero aceptarlo. Lo antes posible. Si es necesario que tome el vuelo este mismo fin de semana, haz los trámites. Me voy a Italia.
Del otro lado de la línea se hizo un silencio prolongado de varios segundos. Mi padre conocía mi resistencia a alejarme, sabía cuánto me había costado adaptarme a la universidad y lo reacia que había sido a aceptar cualquier beneficio de nuestra posición o de los contactos familiares.
-¿Estás segura, Mara? -preguntó mi padre con cautela, midiendo cada palabra-. Hace apenas unos días me dijiste que de ninguna manera dejarías el semestre a medias, que tus clases de pintura y tu vida aquí eran demasiado importantes para ti. ¿Qué ha cambiado?
Todo. Mi mundo entero se ha derrumbado, papá.
-Lo que cambió es que ya no tengo nada que hacer aquí -respondí con una sequedad deliberada, sintiendo que el último lazo que me ataba a este lugar se rompía en pedazos-. Este lugar apesta a mentiras y ya no me aporta nada. Quiero irme a Italia. Quiero estudiar allá, quiero perderme en los museos, quiero cambiar de aire y enfocarme exclusivamente en mi arte. Por favor, papá... haz que suceda.