El eco del vacío y la condena de la corona de cristal
Nolan
El silencio en el pasillo de la facultad de artes se había vuelto espeso, asfixiante, casi físico. Las palabras de Brad seguían flotando en el aire como esquirlas de vidrio cortante, pero lo que de verdad me había destrozado no fue la burla de mis amigos, sino la expresión en los ojos de Mara en el preciso instante en que todo se derrumbó.
Ese segundo exacto en que sus grandes ojos marrones -los mismos que me habían mirado con tanta ternura, con tanta confianza silenciosa bajo la sombra de los árboles y en el calor de la biblioteca- se vaciaron por completo. No hubo gritos. No hubo un escándalo monumental. Solo una quietud helada, un quiebre instantáneo que hizo que el suelo bajo mis pies se desintegrara por completo.
Cuando Jessica se abalanzó sobre mí, pasando los brazos por mi cuello con esa sonrisa triunfante y estúpida, y soltó el beso frente a todos para consagrar la victoria de los quinientos dólares, sentí náuseas. Un asco profundo y visceral que me subía por la garganta. Quería apartarla de un empujón, gritarle a los cuatro vientos que era una imbécil, que la apuesta no era más que el producto de una noche idiota de borrachera y ego mal enfocado.
Pero el miedo me paralizó. La cobardía que había definido cada error de mi vida volvió a apoderarse de mis manos. En lugar de empujar a Jessica, en lugar de correr tras Mara, me quedé allí, congelado, permitiendo que la máscara de capitán intocable me devorara por completo. Y para colmo, para intentar salvar un orgullo que ya estaba por los suelos y proteger a mis amigos frente al público que nos rodeaba, abrí la boca y dejé salir las palabras más crueles, sucias y miserables de mi existencia.
Las frases salieron de mis labios como un veneno calculado. Me burlé de su ropa, de su torpeza, de sus dibujos, fingiendo una fría indiferencia que ni yo mismo creía. Vi cómo cada una de esas palabras golpeaba a Mara como un latigazo invisible. Vi el destello de dolor puro cruzando su rostro antes de que ella levantara la barbilla con una elegancia fría, me dedicara una sonrisa cínica y me soltara esa frase que se quedó grabada a fuego en mi mente: "Disfruta tus quinientos dólares. Espero que te sirvan para comprarte un poco de decencia, porque claramente la necesitas."
Y se fue.
Caminó con paso firme, alejándose por el pasillo lateral sin mirar atrás, mientras los aplausos estúpidos de Brad y Matt resonaban a mis espaldas como una sentencia de muerte.
En cuanto desapareció de mi vista, me sacudí a Jessica de encima con un movimiento brusco que la hizo dar un paso atrás, boquiabierta por mi reacción.
-¿Qué te pasa, Nolan? ¿Estás loco? ¡Ganamos! ¡Cumpliste el objetivo! -exclamó Jessica, con los ojos abiertos de par en par, sin entender absolutamente nada.
No le contesté. Me di la vuelta y eché a correr.
Salí del edificio principal a zancadas desesperadas, buscando su silueta por el patio trasero, por las bancas de piedra, por la parada de autobús. Pero no había rastro de ella. Su mochila, sus cuadernos, sus pinceles... todo había desaparecido. Había volado de mi vida en cuestión de segundos, dejándome solo en medio de la tormenta que yo mismo había desatado.
Los días siguientes se convirtieron en un bucle de puro infierno.
Intenté buscarla en el taller de pintura, pero estaba cerrado con llave. Fui a la cafetería, a la biblioteca, a los rincones donde solíamos compartir horas enteras hablando de nada y de todo. Nadie la había visto. Sus compañeros de clase decían que no se había presentado a ninguna cátedra desde el viernes pasado. Cuando intenté preguntar por ella con disimulo a uno de sus profesores, la respuesta fue seca y lapidaria: "La señorita solicitó un traslado urgente y se ausentará por el resto del semestre."
Un traslado. Se había ido.
La noticia cayó sobre mí como un bloque de cemento. Me encerré en mi habitación en la mansión de mis padres, negándome a salir, apagando el teléfono para no tener que escuchar las felicitaciones vacías de Brad ni las llamadas insistentes de Jessica, a quien había mandado al diablo en cuanto intentó acercarse a mí el fin de semana.
Mi madre entró a mi habitación un par de veces, con esa mirada hermosamente amable y preocupada que siempre lograba desarmarme. Me llevó una taza de té caliente, intentando averiguar qué me pasaba, por qué tenía ese aspecto cadavérico, por qué las ojeras se me habían marcado con tanta profundidad bajo los ojos.
-Nolan, hijo... te ves terrible. ¿Ha pasado algo grave en la universidad? Sabes que puedes hablar con tu padre y conmigo de lo que sea -me había dicho mi madre con una dulzura infinita, acariciándome el cabello revuelto con la misma ternura con la que consolaba a mi hermanita Sofía.
Y ahí es donde estallé por dentro. ¿Cómo iba a mirarla a los ojos y decirle la verdad? ¿Cómo explicarle a la mujer que me enseñó el valor del respeto, de la honestidad y de la empatía que su hijo mayor -el orgullo de la familia- había apostado quinientos dólares para jugar con los sentimientos de una chica pura, inteligente y maravillosa, solo para encajar en el molde estúpido de un grupo de descerebrados?
-No es nada, mamá... solo el estrés de los exámenes finales y el equipo de fútbol -mentí con la voz rota, apartando la mirada para que no viera las lágrimas de frustración que amenazaban con desbordarse de mis ojos.
Mi padre, por su parte, intentó ser comprensivo a su manera, recordándome que la presión del liderazgo siempre conlleva cargas pesadas, pero que un hombre de honor siempre sabe sostener su peso sin venirse abajo. Sus palabras de caballero y empresario íntegro resonaban en mi cabeza como un eco sarcástico y burlón. Un hombre de honor. Yo no era más que un cobarde disfrazado de capitán.
Pasé las noches enteras sentado en el borde de mi cama, mirando fijamente la pantalla apagada del teléfono, o abriendo la libreta de cuero negro que ella me había regalado -o que yo le había llevado aquel día-, hojeando los dibujos, los bocetos rápidos, las notas al margen donde su caligrafía fina y delicada contrastaba con la mía.
Cada rincón de mi habitación olía a su ausencia. Cada objeto me recordaba su risa tímida, la forma en que se acomodaba las gafas cuando se ponía nerviosa, y el calor de sus manos cuando entrelazaba sus dedos con los míos.