La espera en el purgatorio
Nolan
Faltaban exactamente siete días. Una semana entera. CIENTO SESENTA Y OCHO HORAS.
El número latía en mi mente con la precisión macabra de un cronómetro de cuenta regresiva, marcando el compás de una agonía que ya se había vuelto parte de mi anatomía. Tres meses. Doce semanas desde el día maldito en que el pasillo de la facultad se derrumbó bajo mis pies, desde el instante en que dejé marchar a Mara hacia Florencia con el corazón roto y la dignidad hecha trizas. Tres meses enteros en los que mi vida había dejado de ser vida para convertirse en un purgatorio silencioso, un castigo autoinfligido que aceptaba sin protestar porque sabía, con cada fibra de mi ser, que me lo había ganado a pulso.
Dejé caer la pluma estilográfica sobre la mesa del estudio, el sonido seco contrastando con el silencio sepulcral de la casa. Eran las tres de la mañana. Fuera, la lluvia de verano golpeaba los cristales del ventanal con una furia constante, idéntica a la tormenta que llevaba arrastrando en el pecho desde el primer día que ella se fue.
Me pasé las manos por el rostro, sintiendo la barba de varios días y las ojeras profundas que se habían instalado permanentemente bajo mis ojos. Ya no quedaba nada del chico que solía sonreír en las fotos de los partidos de fútbol, del capitán arrogante que presumía de su popularidad y que medía su valor por la cantidad de aplausos o por los quinientos dólares de una apuesta estúpida. Había renunciado al equipo a las dos semanas de aquel incidente. Había mandado al diablo a Brad, a Jessica -a quien no había vuelto a dirigirle la palabra ni un solo saludo en los pasillos- y a toda esa corte de aduladores superficiales que formaban parte de mi antiguo círculo.
Mis padres se habían alarmado al principio. Mi padre me había mirado con una mezcla de decepción y severidad, exigiéndome explicaciones sobre mi repentina bajada de rendimiento y mi aislamiento. Pero esta vez no inventé excusas sobre el estrés de la carrera. Le sostuve la mirada y le dije la verdad a medias: que había cometido un error imperdonable, que había sido un cobarde y que estaba pagando el precio de haber destruido lo único que de verdad me importaba. Mi madre, con esa intuición y esa bondad infinita que la caracterizaban, no necesitó más detalles; se limitó a abrazarme en silencio, entendiendo que su hijo mayor estaba atravesando un infierno del que solo podía salir transformado.
Durante estos tres meses, mi rutina se había reducido a dos cosas: estudiar arquitectura con una obsesión enfermiza y buscar la manera de redimirme.
Cada rincón del campus me gritaba su ausencia. Caminar por el patio central era pisar un campo minado de recuerdos: el banco bajo el roble donde la había visto dibujar por primera vez, la cafetería donde compartíamos tazas de café tibio, el taller de pintura cuyas puertas seguían cerradas para mí como un recordatorio constante de mi culpa. Había intentado pintar, comprar un cuaderno de bocetos similar al suyo e intentar plasmar en papel lo que sentía, pero mis trazos eran torpes, vacíos, incapaces de capturar la luz y la profundidad que ella imprimía en cada una de sus obras.
-Una semana... solo una maldita semana más -murmuré para mí mismo en la oscuridad, con la voz ronca y quebrada.
El miedo me apretaba la garganta de una forma que rozaba el pánico físico. ¿Qué haría cuando regresara? ¿Cómo se supone que debía mirarla a los ojos después de haberle arrancado la confianza de esa manera?
Sabía perfectamente que una disculpa, por más sincera y desesperada que fuera, no borraba el daño. Tres meses de Florencia no la habrían cambiado en su esencia -ella seguía siendo esa chica brillante, creativa y de valores firmes-, pero la habrían blindado. La habrían convertido en una mujer aún más fuerte, más distante, armada con una coraza de hielo impenetrable para protegerse de imbéciles como yo.
Y tenía todo el derecho del mundo a hacerlo. Si cuando volviera me pasaba por alto, si me ignoraba por completo o me miraba con el mismo desprecio con el que yo la había tratado en aquel maldito pasillo, tendría que aceptarlo sin rechistar. Ese era mi castigo.
Me levanté de la silla y caminé hacia el ventanal, abriendo un poco el vidrio para dejar que el viento frío de la madrugada me golpeara el pecho. La ciudad brillaba a lo lejos bajo la lluvia, un mar de luces titilantes que ya no me ofrecía ningún consuelo.
Saqué del bolsillo de mi pantalón el pequeño boceto arrugado que había rescatado de su estudio aquel día, el único vestigio tangible que me quedaba de su arte. Lo pasé entre mis dedos, sintiendo la textura del papel.
-Vuelve pronto, Mara... por favor -susurré hacia la noche oscura, sintiendo cómo una lágrima solitaria se deslizaba por mi mejilla-. Déjame demostrarte que el idiota de la apuesta se murió para siempre, y que lo único que queda aquí es un hombre dispuesto a pasar el resto de su vida pidiéndote perdón.
Faltaban siete días para que el purgatorio terminara, y yo estaba aterrado de saber si encontraría el perdón al otro lado de la puerta, o si lo único que me esperaba era el silencio definitivo de su indiferencia.