El renacer de la reina de las cenizas
Mara
El reflejo en el espejo del departamento de Florencia no tenía absolutamente nada que ver con la chica de suéteres gigantes, rizos desordenados y gafas de montura gruesa que había huido de la universidad tres meses atrás.
Tres meses en Italia no solo habían servido para sanar las heridas abiertas con sal y fuego, sino para transformar Florencia en mi taller de alquimia personal. El aire renacentista, los museos repletos de obras maestras y la absoluta libertad de habitar mi propia piel sin pedirle permiso a nadie habían obrado el milagro.
Pasé la mano con suavidad por mi nuevo cabello. Había dejado atrás la melena larga y rebelde; ahora, un corte bob perfectamente estructurado caía con elegancia exacta justo a la altura de mis hombros, liso, brillante y teñido de un sofisticado tono avellana que capturaba los destellos de la luz de la mañana. Ya no necesitaba ocultar mi rostro detrás de cristales gruesos ni de monturas pesadas; mis ojos, ahora delineados con una precisión milimétrica y una seguridad feroz, miraban al mundo sin un ápice de miedo.
Y luego estaba mi guardarropa. La ropa holgada, los tonos apagados y la modestia forzada de la becada invisible habían quedado enterrados en el pasado. Hoy, para mi regreso triunfal a la universidad, había elegido un conjunto que hablaba por sí solo: un abrigo de lana estructurado en color marfil sobre un traje sastre de corte impecable, zapatos de tacón alto en cuero negro y un bolso de diseño exclusivo que costaba más que los semestres completos de varios de los idiotas que poblaban los pasillos de aquel campus.
-Se acabó el juego de la caridad -susurré para mí misma frente al espejo, dibujando una sonrisa fría y perfecta en los labios-. Es hora de cobrar la factura.
El vuelo de regreso había aterrizado la noche anterior. Mi padre, cumpliendo con cada uno de los caprichos de su heredera renacida, había dejado estacionado en el aeropuerto privado el regalo que llevaba semanas esperando en el garaje.
Bajé al estacionamiento subterráneo de mi edificio con paso firme, el sonido seco y elegante de mis tacones marcando el compás contra el cemento. Allí estaba. Un deportivo de alta gama, color gris grafito metalizado, de líneas aerodinámicas y un motor que rugió con una potencia sorda y elegante en cuanto presioné el botón de encendido. Era un vehículo que gritaba poder, exclusividad y riqueza sin disculpas.
Aceleré suavemente, sintiendo la potencia bajo mis manos, y conduje hacia la universidad con una calma absoluta. Ya no quedaba rastro de la chica que agachaba la cabeza o que se tropezaba con los adoquines. Hoy pisaría ese campus sabiendo algo que ninguno de ellos, ni siquiera el mismísimo Nolan Vance, se imaginaba ni en sus peores pesadillas.
Yo no era una simple becada. Yo no dependía de la caridad de nadie.
La verdad, esa que mi familia había mantenido en perfil bajo para protegerme de la superficialidad del entorno universitario, estaba a punto de estallarles en la cara. Mi padre no solo era un empresario influyente; nuestra familia poseía las acciones mayoritarias del grupo financiero que respaldaba y financiaba los terrenos y la infraestructura completa de la universidad. En términos legales y corporativos, yo no era una alumna más: era la dueña indiscutible de la universidad, y propietaria de un imperio global que abarcaba bienes raíces, tecnología y corporaciones financieras en medio mundo.
Cuando el deportivo gris grafito se deslizó por las puertas principales del campus y cruzó el patio central, el efecto fue inmediato.
El campus entero parecía haberse detenido en cámara lenta. Los estudiantes que caminaban hacia los edificios de aulas se detuvieron de golpe, girando la cabeza para mirar el elegante vehículo importado que avanzaba con elegancia felina sobre el pavimento. Los guardias de seguridad levantaron la pluma de acceso de inmediato, reconociendo las placas especiales reservadas para la junta directiva suprema.
Apagué el motor del auto con una tranquilidad pasmosa y me quedé un par de segundos sentada al volante, ajustándome los lentes de sol oscuros sobre el puente de la nariz.
Abrí la puerta y salí con paso firme, sintiendo el aire fresco de la mañana chocar contra mi gabardina. El sonido de mis tacones resonando contra los adoquines atrajo de inmediato las miradas curiosas de todos los que pasaban por allí. Al principio, nadie me reconoció. ¿Cómo iban a hacerlo? La chica invisible, la "nerd" de los suéteres desastrosos y las gafas redondas, había desaparecido por completo, reemplazada por una mujer imponente, sofisticada y dueña de una presencia magnética que exigía respeto sin necesidad de abrir la boca.
Caminé hacia el edificio principal, cruzando el patio donde tantas veces había soportado las miradas despectivas y los cuchicheos de los grupos populares.
Y entonces lo vi.
Nolan estaba de pie junto a las escalinadas de entrada, conversando distraído con un par de conocidos del equipo de fútbol. Ya no llevaba la sonrisa arrogante ni la postura relajada de antes; su rostro lucía demacrado, con ojeras profundas que delataban meses de insomnio, y una sombra de tristeza perpetua en los ojos que me produjo una mezcla retorcida de satisfacción y indiferencia.
A medida que me acerqué a las escalinadas, noté cómo Nolan levantaba la vista hacia mí, atraído por el murmullo general de la gente que se preguntaba quién era la mujer que acababa de descender de aquel auto de lujo.
Sus ojos avellana se cruzaron con los míos a través de mis gafas de sol. Vi cómo se quedaba petrificado en el acto. Reconoció la forma de caminar, la silueta, o tal vez simplemente el aura helada que me rodeaba. Su mandíbula se tensó de golpe y dio un paso al frente, con los labios entreabiertos, como si hubiera visto a un fantasma bajado directamente del cielo para atormentarlo.