El peso de la corona rota
Nolan
El tiempo se había detenido. Cada segundo que transcurrió desde el momento en que el deportivo gris grafito se deslizó con elegancia felina por las puertas principales del campus se sintió como una eternidad suspendida en el aire. Pero nada, absolutamente nada, me preparó para el golpe físico y emocional que sentí cuando la puerta del conductor se abrió y ella descendió.
No era la Mara que Florencia se había llevado. Aquella chica de suéteres gigantes, rizos rebeldes y gafas de montura gruesa que ocultaban un mundo de timidez se había esfumado por completo. En su lugar, una mujer imponente, sofisticada y con una presencia magnética y glacial caminó sobre los adoquines con unos tacones que sonaban como una sentencia de muerte para mi orgullo. Su melena corta, un corte bob impecable de tono avellana, enmarcaba un rostro perfectamente perfilado, sin rastro de miedo, armado con unas gafas de sol oscuras que ocultaban unos ojos que ya no me pertenecían.
Cuando se detuvo frente a mí, cuando se bajó lentamente las gafas hasta la punta de la nariz y me clavó esa mirada tan fría, distante y afilada como una hoja de afeitar, sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
-Mara... -logré susurrar, un nombre que salió de mi garganta como un eco roto, cargado de todo el remordimiento y la desesperación de tres meses de infierno personal.
Y entonces ocurrió el golpe final. El giro argumental más brutal que la vida pudo haberme propinado para demostrarme cuán ciego, estúpido y arrogante había sido.
Jessica, con esa costumbre suya de abrir la boca para escupir veneno, intentó avanzar para insultarla como lo hacía antes. Pero Mara ni siquiera se dignó a mirarla con desdén; se limitó a levantar una mano con absoluta elegancia. En ese preciso instante, el decano de la facultad y el director administrativo del campus aparecieron corriendo por el vestíbulo, inclinándose con una reverencia absoluta ante ella, llamándola señorita Vance y poniéndose a su entera disposición para cualquier cambio en la administración de la institución.
El cerebro se me congeló. Las palabras del decano rebotaron en mis oídos sin poder procesarlas del todo.
La dueña.
La becada torpe a la que habíamos humillado en ese mismo pasillo, la chica a la que un grupo de idiotas le había puesto un precio de quinientos dólares en una apuesta estúpida, era en realidad la heredera y propietaria mayoritaria del imperio financiero que financiaba la universidad entera.
A mi lado, Jessica se quedó paralizada, con los ojos blancos de la sorpresa, parpadeando estúpidamente al comprender que acababa de cavar su propia tumba frente a la máxima autoridad del campus.
Pero yo... yo no podía mirar a nadie más. Tenía los ojos fijos en Mara.
Cada risa de los entrenamientos, cada apuesta en el vestidor, cada fanfarronería de Brad y cada una de mis propias palabras crueles resonaron en mi mente con una claridad ensordecedora. Fui un cobarde. Un imbécil que midió el valor de una persona por la ropa que llevaba puesta, sin saber que sostenía entre las manos a un sol entero y lo había tratado como si fuera basura.
Mara se giró hacia nosotros por última vez, dedicándonos una sonrisa helada, perfecta y distante, antes de seguir al decano hacia la rectoría.
Me quedé allí, plantado en las escalinadas, sintiendo el peso aplastante de una corona de cristal que se acababa de hacer añicos contra el suelo. El juego había terminado. Y esta vez, las cartas no las tenía yo.