Gane y perdí la apuesta?

Capitulo 20

El veneno de la superioridad y la herencia impuesta
Mara

El eco de los tacones contra el mármol pulido del vestíbulo principal de la rectoría resonaba con un ritmo metronómico, un recordatorio constante de que el poder, cuando se ejerce con elegancia, no necesita gritar para imponerse. Estaba sentada en el despacho principal, revisando los informes financieros del trimestre anterior que el decano me había entregado con una sumisión casi patética, cuando un destello de fastidio me obligó a cerrar la carpeta de golpe.

Hay dos cosas en esta vida que me revuelven el estómago con una repulsión absoluta: la gente que se cree superior y se dedica a humillar a los demás, y la gente cínica que sonríe en tu cara mientras te clava un puñal por la espalda.
Y si había un grupo en todo el planeta que encarnaba a la perfección ambas miserias, esos eran Nolan Vance, Jessica y su patética corte de amigos universitarios.

Durante los tres meses que pasé en Florencia, creía que los había sepultado bajo capas de arte clásico, distancia y una fría metamorfosis. Me había convencido a mí misma de que la vieja Mara -la chica frágil que lloraba en los bancos del patio trasero- estaba muerta y enterrada. Pero el mismo segundo en que lo vi de nuevo frente a las escalinadas del campus, con el rostro demacrado, las ojeras marcadas por el insomnio y esa mirada suplicante, admito que algo se rompió dentro de mí. Me afectó.

Una mezcla extraña, tóxica y confusa de amor y odio comenzó a hervir en mis entrañas. Por un lado, ver su desesperación me producía una sádica y profunda satisfacción; ver al todopoderoso capitán del equipo reducido a una sombra patética era la prueba de que el karma no siempre tardaba en llegar. Pero por el otro... me dolía. Me dolía comprobar que los vestigios de lo que sentí por él seguían ahí, agazapados bajo la armadura de hielo, recordándome que alguna vez fui tan estúpida como para entregarle mi confianza a un farsante.

-¿Ocurre algo con los balances, señorita Vance? ¿Desea que convoquemos a una revisión extraordinaria con la junta directiva? -preguntó el decano con voz temblorosa, sacándome de mis oscuros pensamientos.

-No, todo está en orden, decano. Gracias -respondí con una voz tan suave como glacial, despidiéndolo con un leve movimiento de mano antes de levantarme para mirar a través de los ventanales panorámicos que daban al patio central.

La verdadera pregunta que no me dejaba en paz era: ¿Por qué diablos papá había insistido tanto en esta maldita reunión universitaria?
Había exigido organizar una cena de gala exclusiva en el salón de eventos principal del campus, obligando a asistir a la plana mayor de la universidad, profesores, patrocinadores y, por supuesto, a los mejores alumnos y líderes estudiantiles -lo que incluía, para mi absoluta desgracia, a Nolan y a su círculo-. Todo para "presentarme formalmente ante la sociedad académica como la heredera legítima del imperio", según las palabras exactas de mi padre.
Yo conocía las intenciones de papá: quería marcar territorio, blindarme y demostrarle al mundo que su hija ya no era la becada invisible a la que cualquiera podía pisotear. Pero me molestaba profundamente. Desde el día en que regresé y vi las caras de absoluta estupidez y sorpresa en los rostros de todos al enterarse de que yo era la dueña de la universidad, admito que el espectáculo inicial fue muy cómico. Ver a Jessica boquiabierta y a Brad mudo de la impresión había valido cada centavo invertido en Florencia. Sin embargo, llamar la atención jamás había sido lo mío. Odiaba ser el centro de Florencia de los corrillos y los cotilleos; prefería mil veces el anonimato de mis lienzos y la soledad creativa de un estudio.

Y, por si fuera poco, estaba Nolan.
Desde aquel primer día de mi regreso, el chico no había dejado de intentar acercarse a mí. Se aparecía en los pasillos de la facultad de artes con una libreta en la mano, intentaba interceptarme camino al estacionamiento o me enviaba notas dobladas con una desesperación que rozaba lo patético.

Ayer mismo, mientras salía de la biblioteca, había bloqueado mi camino con esa mirada llena de lágrimas contenidas, intentando pronunciar una disculpa que llevaba meses pudriéndose en su garganta. "Por favor, Mara... déjame hablar contigo cinco minutos. Solo necesito que me escuches...", me había suplicado con la voz quebrada.

Había pasado de largo junto a él, sin siquiera dignarme a mirarlo a los ojos, sintiendo un temblor traicionero en las manos que me obligó a acelerar el paso.
No lo va a lograr.

Eso me repetía a mí misma una y otra vez mientras cerraba los puños dentro de los bolsillos de mi traje sastre. No iba a ceder. No iba a permitir que sus palabras bonitas, su arrepentimiento tardío y sus ojos de cachorro herido derritieran el muro de hielo que me había costado tanto construir.

Pero mientras el reloj avanzaba inexorablemente hacia la hora de la gala organizada por mi padre, una sombra de incertidumbre comenzó a carcomer mi mente: ¿tendría la fuerza necesaria para mantener la máscara fría cuando lo tuviera enfrente durante toda la noche?




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