Pensilvania, Diamante Negro.
Recorro la planta baja de la instalación que conozco de memoria.
Me dirijo a la zona de monitoreo para asegurarme de que todo esté en orden.
Sé que lo hago más por costumbre que por desconfiar del equipo que trabaja aquí.
Entro en la habitación, el sonido de las computadoras ya es una melodía cotidiana.
Observo los monitores. Todos funcionan correctamente.
El principal, el más grande y al que más atención prestamos, muestra las cuatro imágenes que más nos interesan. La pantalla está dividida en cuatro.
Observo el movimiento que están realizando ellas.
Una está comprando un café.
Al lado, la imagen muestra a la otra, revisa una carpeta, sentada en algún restaurante de New York.
La tercera hace ejercicio, levanta pesas en un gimnacio.
La última camina tranquilamente mientras observa las vidrieras.
El celular me vibra en mi bolsillo, lo saco, veo quien llama y atiendo, y comienzan las preguntas.
Pregunta....
—No, pero en breve regreso.
Pregunta....
—Sí, tranquilo, todo está en orden.
Pregunta...
—Estupendo. No dudo que cumplirán su función.
Pregunta...
—Tranquilo, no se me olvida.
Pregunta...
—Sí, estoy al tanto de las últimas cuatro piezas.
Pregunta....
Ahora sí empezará a moverse el tablero.
Pregunta...
—Sí, así será. Hay que respirar en algún momento.
Se despide...
—Hasta luego.
La llamada se corta, hoy va a ser un día largo.
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Recuerdo:
Cada vez que llegaba a este centro, después de varios días sin venir, era inevitable que los recuerdos de la primera vez que entré inundaran mi mente.
La sensación de pertenencia era indescriptible.
Me causa gracia pensar que así se habrá sentido Harry Potter al llegar a Hogwarts. La diferencia es que, a mis ocho años, yo sí sabía el mundo que me esperaba. El deseo de crecer y aprender a utilizar todo lo que me rodeaba a veces me generaba ansiedad.
El tiempo, para mí, pasó lento.
No sé si fue por la desaparición de mi madre. Vivir con mis abuelos y mi tía ayudó bastante, pero esa falta, aunque no quisiera admitirlo, me afectaba.
Solo pensar en aquellos tiempos y saber que nunca llegaría a conocerla dolía. Por eso necesitaba tener siempre algo que hacer. Mantener la mente ocupada en el presente y los pies en la tierra, concentrado en aquello que sí podía hacer, me ayudaba a calmar aquella ansiedad infantil.
Las explicaciones de mi tía y verla trabajar para que mi madre volviera eran la forma en que lograba apaciguar mi mente.
Hasta que llegó el día.
Mamá apareció.
El shock no fue solo mío. La tía quedó congelada. Yo también, inmóvil y con los ojos abiertos de par en par.
Vi correr a la tía Álex hacia los brazos de mi madre. El llanto la desbordaba. La sorpresa y la alegría por su regreso se expandieron entre todos los presentes. Saludos y abrazos la rodearon.
Yo seguí inmóvil, con el corazón acelerado.
Noté cómo ella se abría paso para llegar hasta mí.
Sus ojos me recorrieron, incrédulos, creo que ella estaba más sorprendida que yo.
Se agachó hasta llegar a mi altura y me miró a los ojos.
El color de sus ojos me fascinó, eran casi idénticos a los de la tía Álex, pero su mirada era diferente, más analítica, creo.
Me miraba con dulzura y, quizás, con asombro o desconcierto.
Sabía quién era, y eso me hizo soltar el aire.
Sus ojos se llenaron de lágrimas y, de inmediato, me acercó a ella y me abrazó. Me abrazó fuerte y me susurró al oído:
—Estás muy grande. Hay mucho de qué hablar mi rey, te amo mi amor.
Y esas palabras fueron la llave para que mis lágrimas también salieran sin control.
Las extrañé, desde mis cuatro años creo que la estoy esperando, literalmente la mitad de mi vida.
Y mi ansiedad, en ese momento, como si fuera magia desapareció.
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Abrocho mi saco, me coloco los lentes antes de salir, tomo mi portafolio y subo al Aston Martin Valkyrie plata, sin dudas es mi favorito.
Es hora de trabajar, el movimiento en la empresa comienza a las 07:00 am, aunque no tengo horario, me gusta mi responsabilidad.
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manipulacion genetica, misterio de identidad, misterio conspirativo
Editado: 24.09.2026