Ámbar caminaba con paso firme y elegante por la avenida central de Nueva York, con tiempo de sobra para llegar a su entrevista. A su alrededor, los enormes rascacielos recortaban el cielo gris de la mañana, pero ella avanzaba con absoluta tranquilidad y una postura impecable.
No era la primera vez que hacía aquello. Ya se había desempeñado en varios puestos de la misma rama, por lo que el mundo corporativo no era un misterio para ella.
Cuando llegó frente al imponente edificio de la multinacional, se detuvo un instante antes de entrar. Su reflejo se recortó nítidamente contra las enormes paredes de vidrio negro del hall de entrada.
Se miró de reojo y comprobó que había elegido a la perfección el atuendo para la ocasión: un conjunto color ladrillo, de un terracota profundo y elegante, compuesto por una pollera tubo impecable y un blazer estructurado a juego. Debajo llevaba una camisa negra, sobria.
Como los zapatos altos eran su sello personal, calzaba unos stilettos de taco aguja con plataforma delantera, una necesidad absoluta para sobrevivir a las caminatas y las largas jornadas de oficina sin destrozarse los dedos de los pies.
Una sonrisa leve se dibujó en sus labios al comprobar que todo estaba en orden.
Llevaba un portafolio de cuero donde guardaba su currículum y toda su documentación. Fiel a su costumbre de llegar siempre un cuarto de hora antes, empujó la puerta vidriada y entró al elegante lobby de la empresa.
Se acercó a la recepción con seguridad.
—Buenos días. Soy Ámbar Whitmore —se presentó con una sonrisa amable—. Tengo una entrevista coordinada.
La recepcionista revisó la pantalla y asintió de inmediato.
—Sí, la están esperando en el cuarto piso, en Recursos Humanos. Suba por los ascensores del fondo, doble a la derecha y, al fondo, a la izquierda, está la oficina.
Ámbar siguió las indicaciones al pie de la letra. Tomó el ascensor, llegó al cuarto piso y caminó con paso firme hasta Recursos Humanos.
El director la recibió de manera directa y profesional. Le estrechó la mano con firmeza.
—Un gusto —le dijo brevemente.
Le extendió la carpeta con los documentos. Él la hojeó con rapidez y le hizo un par de preguntas clave sobre su experiencia y su perfil.
Al comprobar la solidez de sus respuestas, fue directo al punto.
—La vacante es tuya si podés empezar ahora mismo. ¿Estás disponible?
—Sí, de inmediato —respondió Ámbar con absoluta tranquilidad.
—Perfecto. Vení conmigo.
El director la guio por los pasillos hasta una oficina ejecutiva de categoría. Se detuvieron frente a una puerta de madera noble. Golpeó dos veces y, tras escuchar la autorización desde el interior, ambos ingresaron.
Ámbar se encontró frente al despacho del dueño de la empresa.
Se presentó con claridad y profesionalismo ante su nuevo jefe. El hombre la miró con aprobación, evaluando su aplomo, y fue directo a las instrucciones.
—Bienvenida. Hoy no vas a tener una carga pesada de tareas. Lo primero que tenés que hacer es ponerte al tanto de todo leyendo detalladamente la carpeta de archivos que dejó la secretaria anterior. Ahí vas a entender exactamente cómo nos manejamos y qué es lo que necesito de vos en el día a día.
—Entendido.
Tras una breve despedida, Ámbar salió del despacho principal y tomó asiento en su propio puesto de trabajo, ubicado justo en la antesala, frente a la oficina de su jefe.
Abrió la carpeta y comenzó a estudiar cada documento con la concentración silenciosa que la distinguía.
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Ámbar
Llegé quince minutos antes, como tenía por costumbre.
El edificio de la multinacional ocupaba casi toda la cuadra, con paredes de vidrio negro que devolvían su propio reflejo antes de dejarla entrar. En la recepción del piso ejecutivo, una mujer mayor la esperaba con una carpeta ya preparada.
—Ámbar Whitmore, ¿verdad? Bienvenida, ayer no tuve tiempo de presentarme, soy Deborah, llevo la administración del piso, el señor Castellano está esperando esta documentación.
Con un gracias la seguí, parece que tienen algo que tratar.
El nombre en la puerta decía Ricardo Castellano — Director General.
Deborah golpeó dos veces y abrió sin esperar respuesta, bueno, se tienen confianza, pensé.
—Su nueva secretaria, señor ya tiene la carpeta que me pidió entregarle,
El hombre se levantó del escritorio. Cuarenta y tantos, traje impecable, la clase de sonrisa que se ejercita frente a un espejo.
—Ámbar, buen día, qué bueno que llegó antes.
Le extendió la mano, el apretón se sostuvo un segundo más de lo necesario.
—El placer es mío, señor Castellano, respondí.
—Ricardo, por favor, acá adentro no somos tan formales.
Mi gesto deja claro que no me comprometo a nada y tomé asiento frente al escritorio.
—Le explico cómo funciona esto —dijo él, apoyándose contra el borde de la mesa, más cerca de lo que hacía falta—. Los primeros tres meses son de evaluación. Si todo va bien, pasa a un contrato de tres a seis meses, con posibilidad de quedar fija después de eso.
—Entendido, respondí... Mi intención no es quedarme mas que eso, pensé.
—Su antecesora duró cuatro días.
Levanté una ceja.
—¿Cuatro días?
—No estaba a la altura del ritmo, acá las cosas se mueven rápido, y yo no tengo paciencia para explicar dos veces lo mismo.
—No la va a necesitar conmigo, le aseguré.
Algo en mi respuesta o el tono lo hizo sonreír de una manera distinta. Más genuina. Más peligrosa.
—Eso espero.
Se acercó al escritorio, revisó unos papeles y los deslizó hacia mi.
—Primera prueba de fuego. La empresa cierra una fusión importante el jueves. Necesito un dossier ejecutivo completo: análisis financiero comparativo de las dos compañías, proyección a cinco años, y un resumen de riesgos regulatorios en las tres jurisdicciones donde operamos. Todo cruzado, todo con fuentes verificables, listo para imprimir y repartir en la sala de directorio.
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Editado: 27.09.2026