Tanzanita estaba recostada sobre una camilla ginecológica, en una habitación ya conocida. Vestía un equipo de paciente: gorra, bata y zapatos de hospital.
Tenía apenas quince años.
Ese era un lugar seguro para ella, y su cuerpo lo demostraba.
A su alrededor, un equipo de profesionales se movía con precisión. Sobre una mesa estaban preparadas las muestras y las herramientas necesarias para realizar el procedimiento.
Todo estaba dispuesto para insertar los dos óvulos fecundados.
Sí, dos óvulos fecundados.
Tanzanita permanecía tranquila y, al parecer, hasta relajada.
No había nervios en su rostro ni señales de miedo.
Tampoco parecía particularmente emocionada. Permanecía allí con una seguridad que resultaba difícil de interpretar, como si aquella situación no la sorprendiera en absoluto.
El equipo médico se encontraba atento, supervisando cada paso. La encargada del procedimiento mantenía la mirada fija en el monitor.
Mientras el procedimiento avanzaba, este mostraba las imágenes necesarias para comprobar que los dos óvulos quedaran correctamente colocados.
Fuera de aquella habitación se encontraba el cerebro de ese centro experimental.
Un hombre bastante joven trabajaba sobre la mesa central.
Vestía un traje negro de tres piezas: chaleco, saco y pantalón. Debajo del traje llevaba una camisa blanca, con un par de botones sin abrochar. Completaba la vestimenta una túnica de laboratorio abierta.
No llevaba anillos, cadenas ni ningún otro elemento metálico.
Estaba concentrado en varios dispositivos. Parecía disfrutar de aquel trabajo detallado y preciso.
Los revisaba con minuciosidad. Algunos los examinaba bajo el microscopio; otros los desarmaba, conectaba a una base que le proporcionaba una medición en voltios y volvía a ensamblarlos, comprobando cada componente con detenimiento.
Entre ellos había un conjunto de pequeños nanotransmisores preparados para ser incorporados, llegado el momento, al cuerpo humano.
Mientras tanto, en una de las habitaciones, Tanzanita y el equipo avanzaban con el procedimiento.
El monitor confirmó que los dos óvulos habían quedado en la posición correcta.
Todo había salido bien.
Tanzanita permaneció unos instantes recostada, conversando tranquilamente con las personas que se encontraban a su alrededor, hasta que fueron retirándose progresivamente. Finalmente, quedó a solas con la encargada responsable del proyecto.
Esta se acercó y apoyó una mano sobre el hombro de Tanzanita.
—¿Estás bien?
—Sí, sí. Tranquila —respondió con una media sonrisa, como para que no se preocupara.
La genetista asintió.
—Esperemos que resulte bien.
Antes de marcharse, le entregó una receta junto con las indicaciones correspondientes y los cuidados que debía seguir, además de la medicación que tendría que tomar.
Luego se retiró.
Tanzanita se incorporó y comenzó a vestirse.
Su rostro seguía igual.
Ni felicidad ni preocupación.
Nada.
Como si no hubiera ocurrido nada fuera de lo común.
Terminó de vestirse y salió de la habitación.
Al otro lado se extendía el enorme laboratorio.
Los ventanales ocupaban toda la pared detrás del joven que trabajaba en el centro del espacio. Durante el día, desde el interior podía verse perfectamente hacia afuera; al caer la noche, en cambio, el vidrio se convertía en un espejo oscuro.
El cielo comenzaba a oscurecerse.
El Monarca levantó la mirada, la saludó con un movimiento de cabeza y le dijo:
—Los dispositivos están funcionando bien hasta el momento. Ahora me tengo que retirar. Vuelvo mañana.
Tanzanita lo escuchó y se despidió.
—Que descanses.
Él hizo un pequeño asentimiento con la cabeza.
—Hasta mañana.
Y comenzó a caminar hacia la salida.
Tanzanita permaneció allí durante un minuto, mirando a través de aquellos ventanales.
El paisaje ya estaba oscurecido, pero permanecía limpio de edificios. Gracias a eso, podía disfrutar de un cielo estrellado que se extendía sin obstáculos.
Salió de su contemplación y comenzó a moverse.
Caminó alrededor de la mesa donde había estado trabajando aquel hombre, una de las mentes más brillantes que conocía, y observó los dispositivos.
No tocó nada.
Solo los miró.
Y sonrió.
Una sonrisa pequeña, cargada de orgullo.
Tanzanita lo observó alejarse de espaldas mientras avanzaba hacia el vestuario. Por el camino se fue quitando la túnica. Entró en el sector de los lockers, dejó la prenda en su lugar y tomó un portafolio.
Y se marchó.
Tanzanita dejó de mirar hacia allí.
Bajó la vista hacia la receta que todavía tenía en la mano.
La leyó.
Sacó el teléfono.
Y realizó el pedido en una farmacia.
Los medicamentos que le habían recetado ya estaban en camino.
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El silencio en el pasillo que conectaba el laboratorio principal con el área residencial era casi absoluto. Solo se escuchaba el leve zumbido del sistema de ventilación de alta eficiencia y el eco amortiguado de los pasos de Tanzanita.
Llevaba la bolsa de la farmacia en la mano.
Al cruzar la puerta de la habitación, la luz tenue de los veladores y el resplandor blanco de la pizarra de cristal iluminaban la estancia. Amatista estaba sentada con las piernas cruzadas sobre su cama, con una libreta apoyada en las rodillas y un marcador entre los dientes. Al ver entrar a su hermana, dejó todo de lado de inmediato.
—¿Cómo fue? —preguntó Amatista, analizando el rostro de Tanzanita en busca de cualquier rastro de dolor o incomodidad.
Tanzanita cerró la puerta con suavidad y apoyó la bolsa sobre la mesa de luz. Se quitó los zapatos con calma y se dejó caer en la cama frente a la de su hermana.
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Editado: 27.09.2026