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Comimos en una plaza para disfrutar del aire acondicionado y refrescarnos. Después, nos dirigimos al departamento de Sean, que se encuentra un poco más alejado de la ciudad, en la colonia con un ridículo nombre Pomoca. Él tiene en este, dos habitaciones, notablemente más pequeño que mi propia habitación. Aunque no es lujoso, tiene las características típicas de un departamento de soltero. A menudo pasábamos allí dos o tres horas viendo videos de comedia.
Me senté en su sofá mientras él se cambiaba, tal vez por algo más cómodo; pocos minutos después optó por una camiseta deportiva blanca y unos pantalones cortos claros, complementados con unas zapatillas deportivas de colores. En su presencia, manteníamos un comportamiento informal, aunque él tenía particularidades respecto a mi elección de ropa, no permitiéndome usar nada demasiado revelador.
Mientras esperaba que se preparara para nuestra visita al bar donde jugábamos al billar, a menudo escuchaba las voces de los vecinos.
A veces, estas voces se entremezclaban sin control, pareciendo susurros que emergen de repente. Discusiones sobre enredos románticos, preocupaciones por un gato perdido y otras historias llenaban mi mente. El edificio tiene tres pisos con dos apartamentos por piso, lo que le da un aspecto de pequeña ciudadela. Aunque en ocasiones encuentro divertidos sus pensamientos, me mantengo distante respecto a temas sexuales: no conozco sus rostros ni sus nombres, solo sus pensamientos fugaces.
Sean me parece atractivo y tiene un físico envidiable cuando sale del baño. A veces me pregunto por qué no hemos buscado una relación romántica, pero luego recuerdo que su cabello rubio no me atrae; si hubiera sido más oscuro, quizás mi perspectiva habría sido diferente.
—¿Vamos a lo de Dantes? —pregunté mientras apagaba la televisión y buscó en su mini refrigerador una bebida energética.
—Te acabaré en el puto billar —dice.
—Eso suena mal. La forma correcta de decirlo es: te ganaré al billar —dije con picardía—. Estoy de acuerdo, iremos a lo de Dantes, pero en el billar, no me acabarás.
—Tienes razón, no suena bien.
Nuestra relación era más cómoda, carente de la tensión que habíamos experimentado anteriormente.
Momentos después, noté un cambio en la expresión de Sean cuando sintió la vibración y escuchamos el tono de su celular, pero ese sonido era nuevo, no era el tono común que normalmente tiene; su alegría se desvaneció momentáneamente, creando un silencio incómodo que parecía ser su norma. Era como si sus pensamientos hubieran viajado a otra parte, a pesar de que apenas habíamos comenzado nuestra conversación.
—¡Sean!— exclamé, preocupada.
El celular dejó de sonar. Se volvió hacia mí, aparentemente necesitando retirarse a su habitación una vez más. Me abstuve de seguirlo, respetando su necesidad de privacidad. Sentí una ligera aprensión porque su atención estaba claramente en otra parte. Después de unos minutos, reapareció, vestido con un conjunto que me dejó desconcertada. Llevaba un traje de cuero negro, con dos pistolas atadas a sus costados. Si bien había anticipado algo intimidante, definitivamente no esperaba eso: era como si se preparara para la batalla, pero innegablemente atractivo y seductor.
—Tengo que atender algunos asuntos. —Se acercó a mí, mirándome directamente a los ojos y apoyando sus manos sobre mis hombros cubiertos. —Escúchame y concéntrate. Sigue mis instrucciones: ve a lo de Dantes, disfruta de unos tequilas y relájate. Toma mi moto; siempre has tenido las llaves de mi departamento para tu comodidad. Te acompañaré a lo de Dantes cuando termine con este asunto. Te aseguro que estaré ahí, pero después. Solo abstente de preguntar sobre la situación.
—Llaves, —respondí y me las entregó. —Moto, departamento, ve a Dantes. Entendido.
Nos dirigimos hacia donde él había estacionado la camioneta. Aunque el sol estaba presente y la temperatura era alta, una brisa fría sugería lluvia en un par de horas, lo cual podría considerarse afortunado para personas como nosotros. Cuando vi la camioneta, pensé que la velocidad se vería obstaculizada por el tráfico; viajar en motocicleta hubiera sido más eficiente para llegar a su asunto, pero el tío tenía miedo a todo. Sean entró en la camioneta y la puso en marcha, mientras yo observaba desde la banqueta.
—No hay nadie más aquí, solo tú y yo. Dudo que alguien nos esté observando.
—Es Tabasco, siempre hay alguien observando —respondió desde su asiento—. Pero debo irme, y necesito que sigas mis instrucciones.
Di un paso atrás cuando él encendió la camioneta. Su mirada abarcó el entorno, a pesar de que no había espectadores. Los vecinos deben estar absortos en la televisión. La camioneta en lugar de moverse hacia adelante o retroceder, el vehículo emitió un ruido extraño y comenzó a elevarse. Los neumáticos se deshicieron como si fueran líquido, llamas azules brotaron de cada rincón donde alguna vez estuvieron, y luego la camioneta al subir las ventanas desapareció por completo, un puto camuflaje, del que había oído, pero nunca lo había visto hasta hoy. ¡Qué locura!
—¡Eso es imposible!—escuché a alguien decir, reflejando una expresión asombrada típica de la región.
Un niño salió de la calle montando su bicicleta, boquiabierto. Lo miré, sintiendo que sus pensamientos eran difíciles de descifrar, preocupada de que alguien pudiera revelar lo que había presenciado.