—5—
Sean me obligó a usar la moto e ir al bar, un poco apartado de la zona céntrica de la ciudad.
Llegué muy rápido.
Me quité las cenizas y los restos que estaban en el pelo y la cara, pues mi intención era pasar la velada en tranquila contemplación como las indicaciones de Sean, no digas nada, luego toqué mi cabeza. Quería regresar, pero él fue claro en decirme que esta vez no, que era peligroso, a pesar de mi ansiedad.
Miré el establecimiento que ofrece soledad y privacidad, y atrae solo a un puñado de clientes. A menudo me pregunto por qué sigue abierto, o son del tipo de cliente que yo soy.
Después de asegurar la motocicleta, entré por la puerta trasera, sintiéndome algo desorientada mientras intentaba recordar el ataque.
Observé los colores brillantes que llevan los demás a mi alrededor; solo había dos clientes en el bar.
Al acercarme a la barra para hacer un pedido, noté a esos dos clientes que despertaron mi curiosidad. Parecían ser simples extranjeros: una mujer de pelo rubio y un joven de piel bronceada. En el sur de México, este lugar llama la atención por sus ruinas y las oportunidades dentro de la industria petrolera. Ni siquiera me prestaron atención, pues no me veo como para incitar a que alguien me invite una cerveza.
Miro a Dandecito, el hermano gemelo de Dante. Dandecito tiene síndrome de Down. Su hermano menor se llama Dante, y a él le digo Dandecito. Su nombre creo que es Octavio. Bueno, aquí siempre a las personas discapacitadas les damos términos en cito, pero a veces sentía que era más para etiquetarlos; a veces no quería ni hacerlo, me sentía mal por ser una mierda, pero al cabrón no le importaba.
—¡Qué pedo! —me saluda con los modismos de nuestro país, tanto que me encanta cómo lo hace. Vestía con el uniforme de su bar mezclilla y rojo, estando detrás de la barra, con una mirada clara y cautivadora.
El bar presenta un ambiente agradable, situado dentro de una plaza que contaba con instalaciones para jugar a los bolos y un gran supermercado, pero casi la gente no sabe de este lugar escondido; solo hay clientes en particular raros o misteriosos, quizás de razas como la mía. Junto a este se encontraban dos cines, creando un centro de actividad de consumo. El ambiente se veía mejorado por la buena música, las mesas de billar y los atentas meseras. El más notable, el hermano Dante, cuyo físico es envidiable, de pie junto a su hermano.
Antes de acercarme a él, decidí visitar el baño para asegurarme de que lucía presentable, ya que para mí es crucial no llamar la atención. Caminé unos segundos en dirección al baño de damas. Al entrar, mi intención no era hacer mis necesidades, sino evaluar mi reflejo. Observé a la señora de la limpieza, un poco más delgada que yo, reflexionando sobre su propia apariencia con un toque de humor sardónico, pensando: Parece que la escoba es su hermana. Este pensamiento autocrítico provocó una risa silenciosa a mi costa, aunque sé que Sean y mi tío deben estar pasándola mal.
¿Mal?
Ahora recordé todo y mis nervios volvieron, con un poco de miedo, o es el miedo que hacía surgir los putos nervios. Mierda que me siento diferente.
Mis ojos parecían cansados y mi cabello oscuro se veía opaco y desigual. Algunos mechones rozaban mi hombro, mientras que el resto permanecía en su lugar. Una delicada capa de maquillaje se había visto comprometida por los eventos recientes, y me veo preparada para responder cualquier pregunta sobre el paradero de Sean y mi situación solitaria. El personal de limpieza salió del baño, arrastrando un balde detrás de ella.
Después de salir, ajusté mis pantalones para evitar problemas de visibilidad. Decidí ir a por un tequila antes de que las cosas se salieran de control aún más, pensé, ya que la incertidumbre es particularmente inquietante: Sean y mi tío deben estar necesitando mi ayuda. Salí rápidamente del baño y encontré que los extranjeros, los únicos clientes que vi, jugaban al billar, con cervezas sobre una pequeña mesilla situada cerca de la mesa de juego.
Dandecito me recibió con una cálida sonrisa.
—Tequila —dije, devolviéndole la sonrisa. Dante, con su físico musculoso, se ocupaba limpiando vasos.
—¿Sean? —me preguntó el grandote, con su cabello teñido en las puntas paradas que lo hacía lucir bien con ayuda de cera-gel; sacó una botella de tequila con esos brazos enormes que a cualquier mujer le encantaría apretar— ¿Siempre vienes con él?
—A veces —dije—. Después de estar con la familia y de hacer compras, me aburre que me siga como una sombra.
Él no sabe nada, no le han dado noticias; está más perdido que yo.
—¿Pasa algo? —preguntó, pues no me veía tan mal. Sacudí todo el escombro restante en el baño; solo me debía ver desaliñada.
Dante colocó el tequila frente a mí. Tardé un poco en responder, mirándolo a los ojos y notando que tenía un estilo moderno al ver que usaba un labial suave de esos que solo resaltan el color natural de cada uno. Sé que usa labial; siempre lo he sabido, claro que es gay. Bebí el tequila, mirando de reojo a los extranjeros.
—¿Alguien te llamó? —pregunté.
Me puso cara de no; luego miré a Dandecito, él tampoco sabe nada.