Geal Ali Crónicas: Poder Absoluto.

Capítulo 26

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-- GEAL--

Me siento cansada y sé que Ryan también, y a donde sea que nos lleve Ranches parece ser un buen camino por que la voz no decía nada. La energía de Ryan había vuelto por completo, pero mi mente divaga hacia: si mi hermano estuviese bien.

Sí, él tenía que estar vivo porque no me sentía apagada, su pongo que debíamos tener algún tipo de conexión al ser gemelos. No como cuando sentí que el tío se había ido, lo supe antes de que me lo confirmaran.

Si salgo de esto, y el Universo quiera que encuentre a Sean de nuevo, tal vez le dé mi primer beso y algo más por qué no, creo que merezco algo así con alguien que me guste. Y teniendo veinticinco años y sin que me besen, creo que estoy muy equivocada, creo que ni siquiera debería ser virgen; eso hablará bien de mi tío cuando mi madre quiera saber cómo me cuidaron. Además, ahora puedo tocar lo que sea, mi tacto de sangre es completo. No debería pensar en eso, pero sé que me estoy distrayéndome de los acontecimientos, y mi déficit de atención es notable.

—¿Eres mestizo? —pregunté mirando hacia la espalda del prisionero Ranches. Escuché una risa de su parte.

—Sí. —Levantó la mano, mostrándome su marca, pero no la Otpieg, la T—. Todos tienen la marca, menos los niños, en To'es no somos tan crueles. Ellos deciden cuando crecen si la quieren o no.

La T significa muchas cosas para ellos, pero creo que los guerreros y rebeldes son las que la tienen bien tatuada no solo en su piel, si no en la conciencia de lo que le hace el congreso a los mestizos.

—Entiendo, así que nada de mezclas para los: nada de nobleza. —Seguí hablando, tal vez para pasar el tiempo en el camino pedregoso—. La gente que se mezcla es noble.

—Pueden mezclarse, sí... con quien quieran... pero nadie lo hace por la ley... —Ranches respondió a mis dudas sin que yo se lo preguntara.

Es un Otpieg muy amable. Bueno, para mí, es un Otpieg por su marca de plata.

—Pero sus hijos, al nacer, van directos a Toes porque son mestizos: la culpa no es de los padres. Es la maldita ley. Escritos que a veces no sabes si el que los escribió fue solo un maldito racista, porque fue un Otpieg de tus antepasados el que hizo esa maldita ley.

—Sí, eso suena horrible. Si eres rey o reina, ¿puedes cambiar eso? —pregunté, sintiéndolo sonreír y mirar por encima de su hombro sin dejar de caminar.

—Si alguien se atreve a hacer eso, no sería popular entre su gente, pero sería bueno... sería un gran comienzo. Un cambio. Unir familias, sin miedo a amar a lo que no es de tu raza. Pero esos son solo sueños, nunca dejarán de cumplir la ley. A mí me separaron de mi madre por ser lo que soy, y cuando me dieron permiso de verla, ella... pues no fui un hijo deseado más bien un producto de una… —terminó la conversación.

Ryan se acerca cada vez más a mí, lo sentía a casi quince centímetros de distancia. No sé si lo hizo a propósito porque odio que se acerquen a menos de treinta centímetros, pero entiendo que no confía en el mestizo Otpieg.

—¿Por qué no te callas, Ali? —preguntó Ryan como una amenaza entre nuestras distancias con una voz suave—. Tal vez su madre lo repudió y no quiso recordar, por qué ¿por qué crees que dejó de hablar? A veces hay que tener cuidado con las palabras aquí. Puedes herir. Hablas demasiado.

Me detuve, y antes de que Ryan chocara conmigo, se detuvo. Lo miré a los ojos. Sentí que Ranches avanzaba mucho.

—¿Tu madre? —dije mirándolo a los ojos—. Tú me dijiste esa palabra... Te pregunté si alguna vez te habían repudiado. ¿Lo hizo tu madre? ¿Y qué significa ese rechazo entre nosotros?

—Realmente te destacas en tu puto papel, de observadora por la puta marca que tienes. —Me mira a los ojos, y no puedo evitar admirar esos llamativos ojos azules—. Nunca he sido repudiado, pero mi madre estuvo a punto de hacerlo. No le desearía esa experiencia a nadie, ni siquiera a mi peor enemigo, que te incluye a ti. Se dice que, si pronuncias la frase "repudiar a alguien" tres veces, ese individuo se desvanece de tu memoria, su rostro, su esencia, su existencia se opacan como si nunca hubiera existido. Puedes olvidarlos, pero ellos no te olvidan, y ese es el castigo más severo para alguien que es repudiado. —Bajó la mirada—. Continúa, Otpieg. Y no vuelvas a hablar de más.

—Gracias por la información, Ojo Azul.

Resolví seguir adelante. Me pareció inmensamente cruel así que él tenía razón hay cosas de las que no deseo saber del todo.

Pronto alcanzamos a Ranches, que había recorrido una distancia considerable. Tuvimos que caminar por rocas, formando una escalera donde un solo paso en falso podría resultar en una lesión grave o una caída al abismo. Pero nos enfrentábamos a un problema mayor, el Otpieg se había detenido, completamente inmóvil. Cuatro destructores de dos metros atraviesan la montaña con la facilidad característica de su diseño, hecho para terrenos como este. Recordé que nos habían dado armas. Ranches parecía estar desarmado, o al menos no vi armas en él. Ryan extiende un sable que parecía un machete mal elaborado en lugar de una espada o su tipo de arma. Tal vez el Napaleano se sentía incómodo al manejarlo, pero seguía siendo un arma.

Agarré mi placa, observando a los destructores que nos rodean estratégicamente, moviéndose rápidamente a través de las rocas afiladas. Cuando sentí la placa en mi mano, invoqué mi coraje, intentando transformar el arma, pero... no pasó nada. La frustración me abruma. Aunque parecía estirarse, no tomó forma completa.




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