Geal Ali Crónicas: Poder Absoluto.

Capítulo 30

—30—

Sentí la presencia de varios espíritus acercándose.

«Algo ha ocurrido en la metrópolis. Está rodeada por fuerzas enemigas; el artefacto facilitó su ingreso... su mera existencia ha reducido la esperanza. Deben llegar pronto, ustedes pueden.»

—¿Estás seguro? —pregunté, mi voz resonando claramente, mientras mi mirada se perdía en la distancia—. Están invadiendo la metrópolis —repetí con el eco del susurro en cada palabra—. Algo ha sucedido... la metrópolis está en peligro, el congreso ha sido informado, naves aliadas se dirigen a Otpieg. El campo espiritual no oculta la señal, han penetrado el palacio, está a merced... naves enemigas están en órbita sobre la metrópolis... Están descendiendo...

Respiré hondo.

Estuve a punto de desmayarme, pero logré acallar aquel susurro. Frerick observa a su alrededor, para luego acercarse a mí para ofrecerme consuelo, pero se detuvo cuando sentimos presencias.

A unos metros, logramos distinguir a Ri, Ranches y numerosos Trotadores y Rebeldes, todos observándonos con atención. A pesar de su capa gris, reconocí a Ri a la distancia, un resplandeciente diamante verde. Ninguno parecía tener intención de luchar. Son simples espectadores.

—No van a luchar, Frerick. No —dije con serenidad—. Su anhelo es la libertad, pero no la que tú imaginas... Todos ellos combatieron junto a nuestros padres contra Denia y Níquel, por la igualdad sin importar el mestizaje.

—No prestes atención al susurro...

Parece que a mi hermano solo le importa su planeta y el congreso, ignorando lo que piense sobre los Trotadores.

—No, Frerick, no escucho susurros. Comprendo su verdadera intención. Han sido testigos de mi batalla. Desean que luche y recupere el artefacto. Si en el futuro necesitamos asistencia, estoy segura de que nos ofrecerán su apoyo. Todos ellos, a cambio de igualdad.

Realmente quería agradecerles, pero solo levanté mi mano en un gesto de gratitud. Ryan me lo había explicado anteriormente en la nave, no con palabras, sino que lo sentí: no hay que agradecer a un Napaleano.

Ri levantó su mano en señal de “de nada”.

El suelo tembló, y la cueva se fue ampliando; algo está provocando un leve derrumbe, y mientras las rocas caían, emergió una nave.

No es tan grande como la sala de control de la antigua nave en la que viajaba, pero es suficientemente amplia como para causar estragos en una gran cueva de Coalt.

—¡Oh, Dios Universal! —exclamó Are con entusiasmo.

La nave de un bello color azul celeste, tan circular como las demás, adornada con líneas plateadas y diversos Kanjis que seguramente expresan mensajes positivos o rendían homenaje a un buen Dios en Napan. Su vuelo es inmejorable, con un balance que daba la impresión de que alguien lo moviera con un dedo en una pantalla táctil.

—Tenshi —dijo Are al observar la nave—. La nave de caza real.

—Bonito color, el azul —dije.— ¿Qué piensas, Axtrex?

—Es hermosa —respondió mientras admiraba la nave, dirigiéndome una sonrisa—. Perfecta.

Caminamos hacia la nave.

Mai se arrodilló, y yo me acerqué casi al mismo tiempo que la chica azul.

—¡Oye, humano monstruoso!

Lo escuché rezar antes.

—¿Te encuentras bien?

—Sí —respondió, levantándose con la ayuda de Axtrex.

Pude ver a todos acercarse a la rampa con tranquilidad, parecía que la desilusión de escuchar sobre un asalto a la metrópolis la capital de este planeta, de donde provengo, marcaba los rostros de los príncipes. Una reina derrocada llevaba al caos; el mal había llegado al trono tan rápidamente, y mi arma perfecta no funcionaría contra el letal poder de Denia, pero sí lo haría el artefacto, el Poder Absoluto que se encontraba en las manos inmundas de Níquel.

Comencé a sentir una incomodidad que no me agradaba, me ardía el pecho, pero no por algo físico. Revisé la zona, dejé que mi dedo destapara un poco mi cuello hasta el pecho, y una línea plateada comenzaba a formarse.

¡Oh no!

Se está formando otra marca de Otpieg. Retiré mi mano de mi pecho para dejar de observar... Tiene que detenerse. A esto paso tendré todo el cuerpo tatuado.

¡Ya!

Recordé: La nave Napaleana, como mencionó Ri, toqué mi pecho. Tenía en mi poder las armas del rey de Napan; no deseo decirle a mi cabeza que lo pienso, no, mientras miro el umbral que nos separa de los hombres y mujeres Trotadores. Ri el Napaleano. Él me trajo aquí para asegurar nuestra supervivencia. Es consciente de que nos perseguían y de las cíborgs-bombas equipados con rastreadores.

Distinguí el recuerdo y la información: sólo los Napaleanos de linaje real poseen la capacidad de comunicarse de esta manera. Está claro que nadie nos ayudaría a regresar o nos proporcionaría armas sin una razón válida.

Los prisioneros están sujetos a sentencias determinadas por el Congreso, y es evidente que no contábamos con el favor de nadie. Él percibió nuestra llegada, ya había infiltrado mis pensamientos desde que empecé a albergar estas dudas. El linaje real Napaleano tiene conciencia.




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