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Desembarcar fue diferente, salimos por una escotilla en lugar de usar la rampa. El suelo bajo nosotros lucía arenoso, agradablemente cediendo a nuestras botas. Al observar el suelo rojo, me recordó el color de la sangre, un recordatorio de nuestra humanidad compartida con aquellos a quienes normalmente nos referimos como humanos. Aunque yo ya no la tengo roja.
Ryan se adelanta mientras me hacía segura de que Frerick escucha los sonidos a nuestro alrededor.
—Deberíamos buscar, quizá dentro de las estructuras. —Ryan se movió para estar más cerca de la especie de pueblo, con las raras casas que no tenían nada de vista alguna de puertas y ventanas— ¿Qué hacemos, Diamante? —inquirió, sus ojos azules y rasgados se enfocaron brevemente en mí. Aunque no podía discernir sus pensamientos, agradecí su atención, me ponía un poco nerviosa, pero no me desagradan esos bellos ojos.
—Registrar el área —dije para quitar mi mirada de la suya.
—Deberíamos hacerlo, pero es ilegal. —Frerick parece serio.
—¡Basta! —exclamé, exasperada—. Esta no es una sesión legislativa. Por favor, dejen sus consideraciones legales. O Congresistas. Procedamos como sugiere el Napaleano y registremos.
—¡No podemos! Sin una orden... —afirmó, señalando la pared—. Pedir permiso sería prudente.
Cerca de mí, logré ver que había una estructura modesta como un cuadrado. Al acercarme, está dibujado el emblema del Congreso: la Cruz de Otpieg.
—Tu defecto, Diamante —le comentó Ryan a Frerick—... es tu excesiva adherencia al protocolo del Congreso. Un poco de relajación te vendría bien. Además, nos urge entrar y ayudar a nuestros padres.
—Geal —mi hermano parecía demasiado protector, olvidando mi encuentro anterior con el destructor—. Aléjate de la cosa esa.
En mi calidad de hermana mayor de —hago lo que quiera, me acerqué deliberadamente al objeto. Parecía pequeño, adecuado para dos personas o posiblemente un solo ocupante que necesitara un baño.
—Pregunta —dije—. Si este pueblo tuviese personas, detectarían la Nave.
—No. La nave es indetectable —responde Ryan— ya te lo había mencionado con anterioridad, hace ni menos de dos minutos, creí que eras inteligente.
—Pero… ¿Y el sonido de la nave la aterrizar? ¿Lo detectarían?
Ambos se quedaron callados.
Un ruido peculiar emanó de la estructura que portaba el emblema, que comienza a ondular y transformarse en una masa circular parecida al mercurio, materializándose finalmente en un robot de cinco metros. Operado por un ser vivo, por un Otpieg de sangre, cuyo tono de piel sugería linaje noble o realeza lejana, equipado con una máscara de oxígeno.
El robot con un diseño para levantar maquinaria pesada, pero en este escenario, probablemente se emplea como arma, dado el reciente asalto a la metrópoli, odio que todo me pase a mí.
Sus enormes manos mecánicas me sujetaron con firmeza, inmovilizando mis brazos con una fuerza considerable.
—¿Quién eres? —preguntó el Otpieg en un tono mecánico desde dentro de la cabina, su respiración continua y desconcertante.
—¡Tranquilo! —grité, pero los chicos que venían conmigo están más tranquilos de lo que yo quería—. ¡Por favor, no le aprietes las manos a esta maldita cosa!
Escuchamos una compuerta abrirse y el grito de un hombre:
—¡Raj! —una persona de edad avanzada gritó, armado con una pistola láser.
¡Mierda! Tanta hostilidad me caga la punta de los nervios.
Debió haber escuchado el ruido de la transformación del robot.
—¡Raj! ¡Tranquilo! —ordenó el anciano humanoide al Otpieg de sangre que me sujeta.
Ambos vestidos con ropa normal, pantalones de tela y camisas de algodón, pero manchados por el trabajo con aceite; de alguna manera es una especie de pueblo industrial.
—Intrusos, señor.
—¡Muéstrenme sus brazos, piernas! ¡Dónde los tengan! —exclamó el anciano apuntando el arma láser a los príncipes.
Frerick levanta el brazo, bajando la manga de su chaqueta para mostrar el tatuaje de congresista, el símbolo que tenía la casa o el robot. La cruz de Otpieg.
—Lo tengo en un lugar complicado... —Ryan miró al anciano de pelo blanco, nariz chata y piel bronceada.
Un momento...
¿Lugar complicado? Quería ver ese lugar complicado.
¡No, no! ¡Cambia de tema!
—... Si te lo muestro, te vas a llevar una gran sorpresa —dijo Ryan.
Idiota.
—Bueno, con el Otpieg bastará —bajó el arma— ¡Raj!
—¿Eh? —responde el joven Otpieg.
—¡Seul-chala! .
Suéltala. Me estoy familiarizando con el idioma.
—¿Por qué?
—Saon cion-grucis'cha.
Son congresistas.
—Oh —entonces el joven me dejó caer.