—36—
Ante nosotros una puerta dorada. Amalia dudó en moverse de su posición, pero me acerqué con cautela y noté el temblor de las manos de la Napaleana. Sacó dos placas de su cinturón y las arrojó hacia mí. Cuando las atrapé, se hizo evidente que no me acompañaría, porque sentimos un grupo de auras venir hacia aquí.
—Yo los distraigo, tú continua.
—Entiendo.
—¿Puedes sentirlo? —inquirió, escaneando con su diamante.— ¿El artefacto? Está dentro de su atuendo, la fuente de su poder se siente cuando hago el escáner. Lo percibo...
Los pasos se sienten más cerca, sé que ella puede contra un grupo, yo debo enfocarme en quitarle ese artefacto.
—¿Es Níquel? —pregunté, y ambas armas se transformaron, no son adecuadas para mi estilo sino para el de Amalia. Dos katanas.
«Puedes hacerlo»
—Lo sé.
—Recuerda, Geal, cualquiera puede manejar armas, pero sin el verdadero dueño, la energía espiritual no se alineará por completo, solo un parte de este. Ten cuidado... yo flaquearía fácilmente, pero sé que tú no lo harás. Detendré al grupo y buscaré ayuda...
Me acerqué a la imponente puerta dorada.
Contemplando las armas y lo que Amalia había indicado, podría significar que el artefacto es el espíritu puro detrás de esas paredes, pero otra presencia oscura se cernía sobre eso: Níquel.
No es como el nivel de Denia, más cercano al mío así que esta pelea debía ser interesante. El aura de Níquel imbuida de una intención letal, probablemente consciente de mi presencia. El otro espíritu que percibimos no está vivo, pero grita en mis oídos para llamar mi atención, o eso sentía.
El grupo llega, y Amalia ataca, mientras mi pasos me guían a la puerta.
La gran puerta se abrió.
Entró, y a mi paso Amalia con su don cierra las puertas, la sala del trono está manchada de sangre sobre el mármol, los cadáveres de los reyes son visibles tan pronto como entré un escalofrío se filtra hasta mis huesos cuando me acerqué a la figura ante el trono de la reina; un hombre alto vestido con piel de destructor, su tez marrón clara y cabello blanco estropeado por la sangre en su sable. Su semblante orgulloso desmentía las profundidades sin vida de su mirada, y reconocí la amenaza.
«Estoy contigo.»
Solo espero que Amalia pueda con todos tras esa puerta.
Níquel me mira con cierta risa soberbia dibujada en su puto rostro. Su destreza en el combate se siente buena, tanto que me hace dudar.
—¡Saludos, princesa! —anunció, inclinándose ligeramente.
Lo miré con un aire de superioridad, pero continuó hablando—: Debo admitir que Denia ha ideado un plan excelente... Tiene la intención de viajar a la Tierra con un rehén lo suficientemente valioso. Pero primero yo quiera asegurarme de que eres digna de nuestro calibre, eliminarte a ti y a tu hermano y frustrar el poder que facilita su evolución a un ritmo acelerado —se ríe entre dientes, su rostro impactante atractivo a pesar de su edad—. El caos ya ha comenzado, y no podrás disuadirnos —continuó, riendo. —La Tierra será invadida y la humanidad flaqueará.
—Y Denia te dejó aquí —dije con dureza—. Para morir.
Borró su estúpida sonrisa, le hice pensar, quizá hasta dudar de la propia Denia, lo cual tomé como una llave para abrir su mente tonta y acabar con él. Debía proceder con calma.
—Denia dejó a su peón en mis manos, sabe que te mataré —continué—. Me está gustando esparcir sangre de malditos. Y para ella, eres más que su molestia. Un hombre tonto que solo... —respiré, casi lo tenía— ...cumple sus caprichos, no al rebelde caído como crees. Creíste que tú manipulas a Denia, no querido, sorpresa, ella siempre te ha manipulado a ti. ¿Estrella de la Mañana? ¿Cómo le llaman? ¿Señor? —me ardía la cara, mi cerebro hacía su magia—. O sea, la amas tanto... ¿De veras la amas? ¿Qué?... crees que lo que hace es por el bien de ambos cuando en realidad busca la gloria solo para ella misma. Por su propio bien. Las perras no aman, Níquel. Solo desean poder, si fuese por ella incluso traicionaría a Estrella de la Mañana.
—Si debo morir... —dijo con una risa maliciosa—. Será por nuestra causa que los humanos caigan ante nuestro ángel como él cayó por su Dios Universal. Que los humanos sepan que estamos aquí, somos sus dioses. Nickla, mi hermano —dijo casi susurrando y cambió de tema, algo que me puso alerta—. Siempre hemos sido buenos si se trata de luchar, pero en este momento quiero decirte que yo debí ser el jefe militar, pero lamentablemente tu abuelo me dejó como concejal, algo que nunca me pareció por mi deseo de desmembrar, pero había un beneficio: tener poder sin corona. Manipulación. Supongo. Aunque lo mío, como te decía querida, es el desmembramiento.
Siete pasos a la derecha de Níquel están los cadáveres reales; me impacta verlos; un Uqy, un Sir. Los reyes desarmados tal como mencionó que es su arte en lucha. Eso lo sabía, pero verlo es otra cosa, algo que mata la esperanza. La piel de la madre de Axtrex tan azul como la de ella. Níquel se dio cuenta de que estaba mirando los cadáveres de aquellos guerreros, pensando en lo que sentirían sus hijos al ver esto. Los había asesinado desarmados, me repetía en mi cabeza. Desarmados. Una y otra vez. Desarmados. Pues no vi ninguna placa alrededor.