Máron se despierta luego de haber descansado profundamente; su cuerpo había recuperado toda la energía perdida y se había deshecho de la fatiga. Al sentarse y ajustar su vista, ve que Hastel entrenaba junto a Loren.
—Es increíble cómo esos dos se llevaron tan bien en tan poco tiempo —comenta.
Melcifer se acerca a ella con un vaso de agua:
—No lo puedo creer. ¿Confiamos en él?
—No hay otra opción. Hastel tiene un don cuando se trata de personas.
—¿A qué te refieres?
—Si Hastel se siente incómodo con alguien, quiere decir que esa persona no es confiable. No sé por qué, pero siempre le atina: es como un animal salvaje.
—Ahora entiendo. Quieres decir que ese chico no es malo.
—Según el punto de vista de mi idiota hermano, sí.
Máron comienza a prepararse para afrontar el nuevo día, pero la interrumpe la llegada de Loren:
—Les preparé el desayuno, disfrútenlo. Cuando estén listas, partimos.
—Sí, gracias —responde Máron, tratando de sonreír, pero la extraña sensación de por qué él se preocupaba tanto no le permite hacerlo con naturalidad.
Luego de desayunar y empacar sus cosas, siguen el viaje.
Durante el camino, Melcifer no deja de mirar el mapa; en su rostro se nota preocupación. Tratan de conversar con ella, pero son ignorados porque está realmente inmersa en aquel pedazo de papel.
—¿Sucede algo con la ruta? —se acerca Máron hasta ella, con preocupación y ganas de saciar su curiosidad.
—No sé dónde estamos —dice Melcifer en un tono bajo pero claro, en el que se advierte su angustia.
—¿QUÉ DIJISTE? —grita Máron.
—En palabras más simples: nos perdimos.
Paran su caminata para recuperar fuerzas y aclarar las ideas.
—Esto es culpa de tu abuela, que nos hizo tomar este camino —reclama Máron.
Hastel se acerca y posa su mano en su cabeza:
—No te preocupes, ya lo arreglaremos.
Ella se esconde entre sus manos para no revelar la emoción que la domina.
—Tampoco es la primera vez que nos perdemos. Saldremos de esta —añade Hastel, mientras Máron se toma un momento para aliviar la gran carga de culpa que siente.
Loren busca sentarse al lado de Azul:
—¿Qué haremos ahora?
—Ni idea, no sé cómo ubicarme —responde Melcifer.
Hastel lo imita y se acomoda a su lado:
—Yo los metí en esto, así que es mi deber solucionarlo.
—Somos cuatro, Melci. Lo haremos entre todos —dice Hastel.
—No, yo lo haré —insiste ella.
Al terminar de hablar, Hastel la empuja hacia un costado.
—¿Qué le haces a Melci, Hastel? —pregunta Máron alarmada.
Melcifer yace en el suelo, mientras Hastel está de pie mirando hacia la nada.
—Máron, no te muevas —advierte él.
Loren también se pone de pie, mirando en la misma dirección. Máron vuelve la vista hacia Melcifer y nota que hay una flecha cerca de ella.
—¿Nos atacan? Maldita sea, lo que faltaba —recita Máron, concentrándose en buscar al responsable en la misma dirección que los otros dos.
—¿Ya lo encontraste, verdad? —pregunta Loren con una sonrisa, visiblemente entusiasmado.
—Así es —confirma Hastel, acomodándose el pelo y sacando un pergamino de su bolsillo—. Dejen que yo me encargue.
Apoya el pergamino en el suelo y hace movimientos con las manos para activarlo; este comienza a brillar, y de ahí saca dos bastones de metal con esferas en las puntas.
Melcifer queda fascinada:
—Eres un cryder, qué impresionante.
Loren hace oídos sordos a sus palabras y sale corriendo a toda velocidad en la dirección del atacante. Los tres quedan expectantes a la espera de una respuesta. Se escucha un quejido seguido de un golpe, y todo vuelve al silencio. Una sombra se acerca entre la maleza.
—Lo siento, me secuestraron —anuncia Loren, visible entre los brazos de un hombre moreno de casi dos metros de estatura. A su lado está otro chico de contextura más delgada.
—Eres un inútil, maldita sea —se lleva las manos a la cabeza Máron, evidentemente molesta.
—Nos mentiste. Si tienes compañeros —acusa Hastel.
—¿Ellos? No, solo son unos conocidos que nos encontraron de repente. No los conozco —dice Loren.
Hastel y Máron están alerta, observando la escena, mientras Melcifer permanece paralizada de miedo, sin creer la situación en la que se encuentra.
—Son bandidos —susurra Melcifer.
—Genial, una apuñalada menos para darse cuenta. Ustedes son estudiantes; ningún niño pasaría por estos lugares. ¿A qué academia van? —pregunta el hombre alto.
—¿Quieres anotarte? No creo que alguien tan viejo como tú pueda —contesta Hastel, sin quitar la mirada de ambos.
—¿Te crees gracioso, idiota?
—No se cree, lo es. Yo puedo corroborarlo, ya que soy su hermana —añade Máron.
—Esto es lo que pasará: nos darán todo lo que tienen y los dejaremos vivir. Si se oponen, no tenemos problema en matar… —comienza el hombre, pero no puede terminar.
—¿Qué carajos te pasa, Máron? Arruinaste toda la situación con esa idiotez —grita Hastel.
—¿Con esa idiotez? Fue un remate genial.
—Eres una estúpida, no te metas donde no te llaman.
—No me vas a decir qué puedo y no hacer, maldito niño huérfano.
—¡¡¡YA CALLENSE!!! —grita el hombre, sacando un arma.
Esto hace que Melcifer se asuste aún más e intente huir.
—¡Ahora! —ordena Hastel.
Melcifer apoya sus manos en el suelo y hace que la tierra se levante, provocando una nube de polvo que reduce considerablemente la visibilidad de los bandidos.
Estos están en estado de alerta, mirando a su alrededor. Ven una sombra saltar hacia ellos y disparan dos veces, pero uno de los impactos provoca chispas, como si hubieran golpeado algo rígido. Antes de poder pensar con claridad, el hombre de dos metros recibe un golpe en el rostro con una piedra atada a una cadena, que sujetan Hastel y Máron por cada extremo. La bestia humana cae al suelo, sangrando por la nariz.
Su compañero queda inmóvil por la sorpresa, pero reacciona al escuchar un silbido desde atrás. Al girarse, lo primero que ve es un pergamino en la mano de Loren.
—Regálame una sonrisa —dice Loren antes de sacar su arma y golpearlo, haciendo que caiga al suelo.
Hastel y Máron caen al suelo y giran rápidamente mientras se ríen:
—¿Acaso no pudiste vernos porque tu pelo te estorbaba?
—Tal vez lo desconcentró que se ensuciara de tierra —añade Máron.
El hombre trata de ponerse en pie mientras se tapa la nariz que no deja de sangrar:
—Voy a matarlos por burlarse de mi calva.
—No, a quien deberías matar es a tu peluquero —dice Hastel.
—O a tus amigos por dejarte salir así —completa Máron.
Su malestar es evidente, pero los dos no dejan de burlarse. El hombre se lanza contra ellos mientras siguen riéndose.
—¿No te enseñaron que no debes atacar ciegamente? —pregunta Hastel.
Ambos esquivan con facilidad y estiran los brazos, haciendo que la piedra lo golpee de nuevo, esta vez en la quijada. El hombre cae con violencia al suelo, y antes de darse cuenta, Hastel y Máron están parados sobre sus brazos.
—Hasta aquí llegaste —anuncia Hastel.
Ambos estiran las manos y las posan en su cara; en el rostro del bandido se refleja el temor de ser asesinado por dos niños.
De repente, rompen la tensión con carcajadas:
—No podemos usar magia, somos gedymos —explican.
Rematan con una patada en la cara que le hace perder el conocimiento.
Se acercan hasta Loren, quien está revisando los bolsillos del bandido:
—El plan fue todo un éxito —dice él.
—¿Plan? ¿Hiciste que te secuestraran? —pregunta Hastel sorprendido.
—Eso era parte del plan. Así hice que creyeran que éramos débiles y de paso salían los dos al descubierto. Lo planeé todo.
—Sí, claro —bromea Máron.
Melcifer se acerca a ellos, ya encima de Azul:
—¿Ya acabó?
—Sí, tranquila, ya puedes bajar —responde Hastel.
Loren se aproxima a toda velocidad hasta el oso:
—Deja que te ayude, preciosa —la ayuda con mucha delicadeza hasta que toca el suelo.
Máron se acerca a Melcifer:
—Trátalos y luego nos iremos.
—Claro —acuerda ella.
—¿Tratarlos? —pregunta Loren, acercándose hasta Hastel para que le expliquen su inquietud.
—A ella le fascina la medicina; se prometió ayudar a todo aquel que esté lastimado —dice Hastel.
—Pero trataron de matarnos.
—Lo sé, pero así es ella. No puede dejarlos aquí heridos.
—Qué increíble —murmura Loren.
Melcifer guarda todo lo utilizó para curarlos y se pone de pie:
—Listo, terminé. Ya podemos irnos.
Toman sus cosas y siguen el viaje. Gracias a lo que vivieron, pudieron unirse más y confiar aún más en Loren. Las horas se llenan de conversaciones sobre lo sucedido; superaron una dificultad, pero sabían que no sería la última ni la única. Aún quedaban unos días hasta Fáttima, pero el camino no se sentiría tan pesado gracias a esta situación, que los había hecho más fuertes sin darse cuenta.