Gedymo – En La Última Página De Ayru.

Capítulo. —10.

Entran a los aposentos del capitán y se sientan en una larga mesa bajo la tenue luz de las velas; la luz natural no entraba, ya que las ventanas permanecían cerradas.
El grupo estaba bastante incómodo debido a las miradas de los gubernamentales que vigilaban el lugar. No los acompañarían a almorzar, sino que estaban ahí para garantizar la integridad de su capitán.
—Qué bien que hayan aceptado mi invitación. Espero que hayan disfrutado su estadía en este pueblo —dijo el hombre, tomando asiento en la cabecera de la mesa mientras un grupo de ginas le quitaba el saco, el sombrero y le encendía un puro, cada uno realizando una tarea diferente.
Un gina comenzó a servir la bebida. Mientras lo hacía, Máron se tomó el tiempo de observarlo: sus manos estaban bastante dañadas, cubiertas de cicatrices, pero limpias.
—Por favor, apresúrate en servir la bebida. Pones incómodo a mis invitados con tu inmundicia —ordenó el capitán.
—Sí, señor. Lo siento —murmuró el gina.
Se produjo un silencio en la sala debido al momento incómodo que había creado. El único sonido presente era el crujido de las cadenas que llevaba en los pies.
Llegó la comida, traída por otro grupo de ginas, quienes posaron los platos que emanaban vapor.
—Coman tranquilos, muchachos. No hay nada de qué preocuparse: tengo cocineros expertos. Estas inmundicias no tocan nada más que los platos, así que pueden estar seguros —dijo el capitán.
El almuerzo dio inicio. Trataban de desviar el tema de los ginas, no querían entrar en esa conversación; sus diálogos se centraban en el colegio y la ciudad de Fáttima.
Así pasaron el tiempo, aunque no lograron olvidarse de dónde estaban sentados ni de las personas que los rodeaban.
—Son unos chicos increíbles. Me fascinan, son muy inteligentes. Si les va bien en Melisma, podría tomarlos como pasantes —anunció el capitán—, a los cuatro.
Todos sonreían, tratando de que el gesto se viera lo más natural posible, sin forzarlo.
—Pero aún no conozco sus nombres… Tampoco saben el mío. ¡Qué descuidado soy! Me presento: mi nombre es Augusto.
—Mi nombre es Máron —respondió ella.
—¿De qué linaje?
—Del linaje Livermore.
—Ah, nunca oí hablar de ustedes.
—No estamos en una posición económica buena; somos pocos los que logramos entrar.
—Sí, me imagino —asintió Augusto.
—Mi nombre es Melcifer, del linaje Cherysshev —dijo la joven.
—¿Eres una Cherysshev? De ustedes escuché mucho. Conocí a tu madre: una mujer poco femenina, pero espléndida en batalla y carácter.
—Sí, aún lo conserva. Nos crío con mano firme.
—Qué extraordinaria mujer —comentó Augusto.
—Mi nombre es Hastel y pertenezco al mismo linaje que Máron.
—Claro, porque son hermanos —dijo Augusto.
—Mi nombre es Loren Fire… —comenzó a decir el muchacho.
—¿Espera, dijiste Hastel? ¿Te llamas Hastel? —interrumpió Augusto.
—Sí, así es.
—¿Dónde oí ese nombre? Sé que en algún lado lo escuché. Un nombre así no lo tiene cualquiera.
—Será una simple coincidencia —dijo Hastel.
—Bueno, no importa. Vamos a divertirnos —anunció Augusto.
Loren se acercó a Hastel para hablarle al oído:
—Menos mal que el idiota me interrumpió. Estaba por inventarme un apellido.
—¡¿Qué?! ¿Por qué?
—Nada, no importa —evadió Loren.
Un grupo de ginas hizo acto de presencia en el salón. Estaban descalzos y solo vestían un trapo que las cubría del pecho hasta las rodillas. Detrás de ellos llegaron dos cocineros con un cuenco cada uno, llenos de huevos.
—Bailen, hagan música —ordenó Augusto.
El grupo comenzó a silbar y a dar ritmo golpeándose el cuerpo, mientras el resto de ginas bailaba como podía. Sus cuerpos estaban al límite, y las heridas les impedían moverse con libertad.
—Qué lindo es —dijo Augusto, tomando la cara de uno de ellos y acercándola bruscamente a la suya—. Pero no más lindo que yo.
Todos comenzaron a reír a carcajadas, llenando el salón bajo el ritmo de la música improvisada por esas personas. Luego, Augusto lo soltó, haciendo que golpeara su cabeza contra la pared y cayera al suelo.
—Podrías ser modelo. Lástima que tuviste que nacer gina —dijo el capitán.
—Lo siento, señor —murmuró el joven.
—Levántate, te ves ridículo.
—Sí, señor —respondió el gina, poniéndose de pie con dificultad y dejando una mancha de sangre en la pared por el golpe.
—Mira cómo manchaste la pared con tu sucia sangre.
—Lo lamento mucho, mi señor. Ahora lo limpio.
—Claro que lo vas a hacer. Si no, tendríamos que prender fuego a esta casa.
El joven lo limpió con su ropa, tratando de hacerlo lo más rápido posible. Mojaba el tejido con saliva para facilitar la tarea, mientras intentaba sonreír y reírse bajo las burlas de los gubernamentales y de Augusto.
—¿Vas a quedarte con esa ropa manchada de sangre? —preguntó el capitán.
—Lo siento, señor. No tengo otra ropa —pronunció la frase entre risas fingidas para camuflar su verdadera emoción.
—Quitátela.
—¿Disculpe, mi señor?
—¿Acaso hablé en elfo? ¿Quién me entendió? —gritó Augusto.
Todos respondían y se reían, lo que provocaba que Hastel y Máron se llenaran de ira. Melcifer estaba asustada, y Loren desviaba la mirada: no soportaba ver la escena que presenciaba.
—¿Eres idiota? Te dije claramente que te quitaras la ropa. Das vergüenza vestido así. ¡QUITÁTELO! —explotó Augusto.
Máron tomó la mano de su hermano y la apretó para apaciguar su ira, sin desviar la mirada de ellos dos.
El joven se quitó la ropa y la tiró al suelo:
—Listo, señor.
—Acomoda esa sucia ropa. ¿O esperas que yo me contagie de toda esa mugre?
—No, señor. Disculpe mi atrevimiento —dijo, acomodando la tela con la poca fuerza que le quedaba mientras no dejaba de sonreír. Todos se reían con la situación que había creado Augusto.
Una vez acomodada, enderezó su postura y se colocó frente a él:
—Listo, señor.
—Sabes, eres demasiado lindo. Eso no me gusta; me provoca envidia —dijo Augusto, sacando una navaja del bolsillo y jugando con ella mientras conversaba con el joven gina.
—Lo siento, pero debo hacerlo.
—Le suplico, señor, no lo haga.
—¿Súplicas? Por tu vida tienes que suplicar, no por estas estupideces. Solo voy a abrirte la cara: sobrevivirás, pero me harás un favor para quitarme esta envidia que tengo.
—Puedo bailar o cantar. Haré tareas extras, pero le ruego que no lo haga.
—¿Me estás contradiciendo?
—No, señor. Disculpe.
—Me parece que sí. Eso no se hace: los animales nunca contradicen a sus dueños. ¿O acaso viste a un perro contradecir a su dueño?
—No, señor. Jamás.
—¿Entonces por qué lo haces?
—Porque no quiero que me lastimen, señor —dijo el gina.
Máron apretaba cada vez más fuerte la mano de su hermano; estaba llegando al límite, no podía soportar más la escena. Se sentía surrealista, como si no estuviera viviendo la realidad, no podía creer que presenciara algo tan sin sentido.
—Hay que salir de aquí ya. No lo soporto —murmuró ella.
Augusto jugaba con su navaja cerca del rostro del muchacho, mientras se reía y se burlaba de su estado emocional. Dejó de reír y se abalanzó contra él. El joven cerró los ojos para dejar de sentir, suspiró y relajó su cuerpo, listo para recibir el golpe.
Pero lo único que sintió fue la brisa del viento junto a un estruendo, el sonido de paredes rompiéndose y un aroma dulce que llegaba hasta él. Al abrir los ojos, vio que aún estaba de pie; toda la habitación estaba llena de polvo. Al irse despejando la nube que dificultaba la vista, se dio cuenta de que había una figura frente a él.
Cuando el polvo desapareció por completo, vio que quien estaba parado al frente suyo era Hastel. Su rostro estaba lleno de ira, y toda la sala permanecía en silencio: solo se escuchaba el crujido de la madera. La sorpresa de todos por la situación era palpable. Hastel giró la mirada hacia donde venía el sonido de maderas cayendo y notó que, a dos casas de distancia, yacía el cuerpo de Augusto —Hastel lo había lanzado volando con una patada en el cuello.
—Vístete —dijo Hastel, sosteniendo la ropa del muchacho y entregándosela en la mano—. No te mereces esto.
El joven le regaló la mejor sonrisa de su vida: era la primera vez que era natural. Hoy había conocido por primera vez la felicidad, no sabía en carne propia lo que era sonreír por placer o sentirse agradecido. Volvió a llorar mientras daba las gracias, apoyando sus manos en los hombros de Hastel, quien lo abrazó para calmar su emoción. Mientras tanto, todos los gubernamentales los apuntaban, pero eso no impidió que Hastel lo apretara, golpeándole suavemente la espalda.
Por primera vez alguien había salido en su defensa. No podía creerlo; se sentía en un sueño del que no quería despertar. Todo a su alrededor desapareció: solo quedaban ellos dos, como si hubieran pasado a otro plano. No dejaron que nada ni nadie interrumpiera el momento.
Máron tenía una sonrisa de oreja a oreja y alivió su preocupación con un suspiro, sabiendo que Hastel haría algo así.
Melcifer estaba llena de susto, como se reflejaba en su mirada. No podía creer dónde estaba parada; trataba de calmar la situación, pero las palabras no le salían, mirando en todas direcciones.
Loren invocó sus armas mientras mantenía con orgullo esa sonrisa.




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