El ambiente era tenso. Todo era silencio; nadie quitaba la mirada de Hastel, quien se hallaba cerca del joven gina.
—Cálmense, seguro hubo un malentendido —intentó apaciguar Melcifer con sus palabras, pero no hubo caso: los gubernamentales estaban ciegos de ira.
El corazón se les congeló a todos al sentir un peligro inminente. Soltaron sus armas, aterrorizados; el miedo se reflejaba perfectamente en sus rostros. Algunos cayeron de rodillas al suelo, otros se tiraron al pavimento. Antes de que pudieran pensar el porqué de ese sentimiento, Augusto apareció frente a Hastel. El joven gina lo veía con pavor, mientras que Hastel mantenía su postura y su mirada fija.
Todos estaban asustados, sentían que sus vidas corrían grave peligro, pero no podían hacer nada. Sus pies no respondían, temblaban; sus corazones latían a mil por hora y su respiración les impedía pensar con claridad.
Todo ese sentimiento se desvaneció cuando se escuchó la risa de Augusto. Todo el peso que había en la habitación desapareció en un instante.
—¡Eres increíble, chico! —exclamó él.
Todos lograron recomponerse un poco, aunque aún les costaba respirar. En sus miradas se reflejaba la incertidumbre; no saber qué había pasado los carcomía por dentro en silencio.
—No sucumbiste a mi sentido. Tú y esa mocosa —dijo Augusto, señalando a Máron.
Ella estaba como si nada hubiera pasado; su mente se encontraba en paz. Miraba a su alrededor tratando de entender lo ocurrido, pero ni quienes lo habían vivido en carne propia tenían una explicación.
—Son unos chicos fascinantes —dijo Augusto, abrazando a Hastel con mucha confianza mientras reía. Este permanecía sin entender del todo la situación, pero a la defensiva por si lo traicionaba en cualquier momento.
—¡Qué patada me pegaste, niño! No te sentí, no te vi, nada. Apareciste así como así.
—Voy a comprar al muchacho —anunció Hastel.
—Claro que sí, me lo imaginaba. Menos mal que no lo lastimé. Llamaré a Serena para que haga el papeleo. Espero que tengas el dinero.
—Claro, lo tiene Melcifer —respondió Hastel.
—La próxima vez que suceda algo así, no deben reaccionar de esta manera: los matarán. Sé que vienen de un pueblo pobre y su familia no está en la nobleza, así que no están acostumbrados a este tipo de tratos con los ginas. Pero cuando lleguen a Fáttima, esto será poco, y aquí los tratan mejor que en la capital —explicó Augusto.
Hastel trataba de prestar atención a lo que le decía, quería verse atento, como si el capitán tuviera toda la razón.
—Así que lo dejaré pasar. Me sorprendieron; eso no hace cualquiera. Al igual que resistir mi sentido: todos fallaron excepto ustedes dos. Eso los hace muy especiales —afirmó Augusto, abrazándolo con más fuerza. Hastel trataba de zafarse por incomodidad.
—En fin, vamos a beber. Feros, trae vino: tomaremos hasta el amanecer.
—Pero señor, son las dos de la tarde —replicó el hombre.
—Nadie preguntó por la hora. Dije específicamente que trajeras vino.
—Enseguida, señor.
Todos empezaron a beber mientras los ginas hacían música. Melcifer regresó horas después con unos papeles que contenían el nombre del joven, sus huellas, una marca, grupo sanguíneo, color de pelo, color de ojos y otros datos.
Se sentó junto a Máron, bajo las voces y la música que llenaban el lugar:
—Es horrible. Fue como comprar un animal —dijo Melcifer.
—¿Qué sucedió? —preguntó Máron.
—Me dieron medicamentos para que no enferme, datos sobre lo que está apto para hacer: trabajo de mano de obra y otras cosas que sabe hacer.
—Es horrible —repitió Máron.
Las horas pasaron bastante rápido para algunos, mientras que para los sobrios no fue así. Estaban rodeados de personas borrachas que hablaban sin sentido, gritaban y cantaban a todo pulmón. Así es como llegaron hasta la anochecer.
El ambiente festivo se vio interrumpido con la entrada de Mustag. Era grande y elegante, con un rostro serio en el que se apreciaban varias cicatrices de origen desconocido.
—Augusto, ya me voy. Tengo que seguir con el viaje —anunció.
Augusto se puso de pie con alegría; su sonrisa de orgullo era evidente. Lo abrazó con fuerza, lo que hizo que Mustag se enfadara, ya que no le gustaba en absoluto el contacto físico.
—Deja que te presente a unos críos increíbles —dijo Augusto, tomándose el tiempo de presentarlos uno por uno con la dificultad que le causaba el alcohol. Cuando llegó a Hastel, Mustag lo miró fijamente a los ojos. No había ninguna expresión que revelara lo que pensaba; era demasiado antipático.
—¿Ya obtuviste todos los datos que necesitabas? —preguntó Mustag.
—Así es, así que me retiro.
—No te vayas, quédate a beber —dijo Augusto, tomándolo del hombro y acercándole el jarro con vino. Mustag se negó sin decir una palabra.
—¿Sabían que este hombre es el creador de los proyectos más potentes del mundo? La creación de ambos hizo que ganáramos territorios en esta estúpida guerra —explicó Augusto.
—¿De qué proyecto? —preguntó Melcifer, brillando por curiosidad. Reflejaba toda su felicidad al estar frente a lo que Augusto llamaba un gran científico.
—¿Qué niña tan curiosa? Espera, no quise preguntar, era una afirmación. Sí, así es: afirmación —corrigió Augusto, volviendo a abrazar a Mustag mientras acariciaba su mejilla con demasiada ternura. Este solo lo soportaba porque lo conocía y le tenía aprecio, además de saber cómo era su personalidad bajo los efectos del alcohol.
—Este hombre tan magnífico y bello es el creador del proyecto Charlotte y el proyecto Meli. Tiene un conocimiento magnífico y envidiable. El proyecto Charlotte es la creación del primer ser vivo mitad… —comenzó Augusto.
—Ya es suficiente. No puedes dar información así como así frente a estos niños —interrumpió Mustag.
—¿Por qué eres así de malvado? Mira la carita de tristeza de mi hija —dijo Augusto, tomando los cachetes de Melcifer y sacudiéndolos con suavidad—. ¿Acaso quieres ver esta carita tan tierna triste?
—Basta, me largo. No se te ocurra hablar de más, porque te mataré —advirtió Mustag.
—Sí, sí, sí, patrón. Vaya tranquilo, vaya por la sombra que el sol está fuerte a estas horas —bromeó Augusto.
—Es de noche. Pero qué más da, no importa. Solo ten cuidado con lo que hablas —dijo Mustag antes de retirarse. Augusto se reía de sus propias palabras.
Melcifer se puso de pie y salió afuera para alcanzarlo:
—Quería preguntarle sobre sus proyectos. Me quedé con la duda de sus creaciones. Lo siento —dijo ella.
—Niña, vas a meterte en información confidencial. Muy pocos saben de mis trabajos; no voy a decírtelo a una niña —respondió Mustag.
—Está bien, perdón. Que le vaya bien.
El hombre imponente se retiró, mientras otros gubernamentales movían la jaula donde se hallaba Malield hasta el carruaje de Mustag. Melcifer clavó la mirada en busca de algo que le indicara hacia dónde se dirigían, necesitaba no perderla de vista. Solo una cosa llamó su atención lo suficiente para memorizarla: unas banderas con iniciales grabadas.
Ella vio cómo se llevaban a Malield y se quedó con la ira de no haber intentado nada. No pudo salvarla, ni siquiera se había acercado. El dolor le quemaba el pecho y hacía latir su corazón con velocidad.
Regresó adentro y le contó a Máron lo sucedido. Esta se puso de pie de un salto y agarró a Hastel y a Loren:
—Nos vamos —dijo enérgica.
Salen afuera, mientras los chicos estaban confundidos por la brusquedad con la que los sacaba.
—¿Qué pasó? —preguntó Loren, acomodándose la ropa mientras trataba de saciar su curiosidad.
—Se llevaron a Malield. Mustag… es esclava de Mustag —explicó Máron.
—Mierda, tendríamos que haberla sacado antes —lamentó Loren, sintiendo que había perdido el tiempo en lugar de aprovecharlo para ayudarla.