Todos estaban con el ánimo en el suelo; se arrepentían de no haber aprovechado el momento para sacarla de ahí.
—Lo único que logré ver son unas banderas y un escudo. Parece de la familia real, pero no sé cuál —dijo Melcifer.
—Bien, empezamos por ahí. Salgamos de esta maldita ciudad ahora —ordenó Hastel, alejándose del lugar. Su humor estaba tenso; trataba de pensar con claridad y no dejarse llevar por el enojo.
—Vamos a salvarla —afirmó Máron.
Hastel volvió al comedor para recoger sus cosas y en ese instante fue agarrado por Augusto:
—¿Ya se van?
—Así es. Estuvimos mucho tiempo aquí; necesitamos retomar el viaje y llegar cuanto antes.
—Es una lástima que se vayan.
—Gracias por todo y cuídese.
—Nunca oí tantas palabras falsas en una sola frase —bromeó Augusto.
—¿Disculpe?
—Es una broma —rió a carcajadas. Ya no se sabría con certeza qué era verdad y qué no, ya que estaba bajo los efectos del alcohol; no podía tomárselo en serio.
Hastel salió del comedor y se unió al grupo para irse. Augusto estaba apoyado en el marco de la puerta, observándolos alejarse:
—Es muy raro que no te hayas defendido —comentó uno de los gubernamentales.
—Raro es que no se sometieran a mi sentido. Él y la maldita niña —respondió Augusto.
—¿Por eso no los mataste?
Augusto se rió mientras se tapaba el rostro con la mano:
—Será increíble ver qué hará el tiempo. Esperemos que no se desvíen; si no, vendrán tiempos oscuros.
—¿A qué te refieres?
—Esos niños son iguales a esa maldita mujer. Si los hubiera golpeado, mañana estaríamos yendo a la guerra. Hay que ser cuidadosos —dijo, bajando los escalones para tener una mejor vista del grupo que se alejaba—. Qué buenos alumnos tendrás, Victoriano.
—No será lo mismo. Haré mi trabajo como siempre —respondió el hombre.
—Qué buenos tiempos se vienen. Habrá que prepararse para el futuro. Espero equivocarme, porque si no es así, hoy cometí el mayor error de toda mi vida —rió a carcajadas, llenando el ambiente con su risa mientras todos lo observaban sin entender. Estaba mirando al vacío, bajo la tenue luz de la luna.
El grupo seguía su camino, mientras el joven gina trataba de seguir su ritmo:
—¿Estás bien? ¿Quieres que descansemos? —preguntó Máron.
—No, por favor. No se preocupen por mí; déjenme ayudarles con el equipaje.
—No te preocupes, estás golpeado —dijo ella.
—Máron tiene razón. Sigamos así —apoyó Hastel.
Melcifer se sentó en el suelo y buscó en su mochila:
—¡Vamos a cenar! —gritó a todo pulmón. Se notaba que le faltaba energía, ya que no había comido nada.
Todos aceptaron y comenzaron a cenar, mientras aquel joven mantenía distancia del resto, observándolos sin mostrar interés aparente. Máron lo invitó a unirse al grupo; aceptó por compromiso, y Melcifer le sirvió su porción en un plato.
—No debo… no tengo hambre —murmuró él.
Hastel lo miró fijamente a los ojos:
—Jamás se rechaza un plato de comida, ni se deja nada sin comer, menos cuando alguien te lo ofrece.
—Está bien, lo siento —aceptó.
Loren lo cubrió con una frazada, ya que temblaba: la noche era fresca y él llevaba solo un trapo, sin abrigo. Melcifer le entregó ropa, dejándosela a sus pies:
—Luego de cenar, vístete.
La cuchara que sostenía con poca fuerza se le escapó de la mano y cayó al suelo, haciendo un ruido leve pero suficiente para llamar la atención de todos. El joven comenzó a llorar; no soportó más tanta amabilidad. Había puesto tanto énfasis en mantenerse sereno que se dejó llevar, y las lágrimas florecieron como muestra de lo agradecido que estaba de vivir ese momento de luz en una vida tan oscura.
Nunca había vivido semejante escena: todos lo rechazaban, no tenía derecho a nada, nunca supo manejar las emociones. Por primera vez alguien se preocupaba por él, por cómo se sentía y qué pensaba; le daban lugar a su opinión. Podía ser él mismo, siquiera por segundos. No podía creerlo; se sentía en un sueño. Ahora sabía que había colores aparte del blanco y negro: la tormenta había cesado.
Después de varios minutos logró calmarse, no dejaba de disculparse una y otra vez. Se sentía mal educado por mostrar aquellas emociones, sin saber que era lo más natural del mundo.
—Cuéntanos, ¿de dónde vienes? —preguntó Loren.
—Lo siento… de ninguna parte. Siempre serví —respondió él.
—Qué cruel —susurró Melcifer.
—No tengo padres; nunca supe quienes eran, nada. Solo sé mi nombre… yo me lo puse.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Máron, arrimándose a él para escucharlo bien y ver su expresión al decirlo.
—Me llamo Yael.
Máron se puso de pie y lo invitó a hacer lo mismo:
—Así no, con más fuerza.
—Mi nombre es Yael —repitió él, en voz baja.
Máron hizo una mueca de disgusto al oír su tono:
—Más ganas. Eres increíble, impresionante. Es tu nombre; ¡grítalo!
—Yael —dijo un poco más alto.
Ella lo tomó de las manos y las agitó:
—Cree en ti mismo, nadie te puede superar. Eres libre; haz que todos sepan quién eres.
—¡¡¡ME LLAMO YAEL!!! —gritó a todo pulmón mientras miraba al cielo. Ahí se dio cuenta de que estaba afuera, viendo las estrellas sin que nadie se lo impidiera. Sentía la brisa fresca, oía a los animales. Nada le impedía mover pies y manos; no sentía el picor de las cadenas ni el frío metal desgastando su piel.
Ahora podía moverse con libertad; no había límites en sus pasos. Nadie le gritaba por horas, sus oídos descansaban, su cuerpo estaba en reposo, su corazón latía acelerado.
—¡SOY LIBRE! —gritó.
—¡ERES LIBRE! —contestaron todos a unísono en medio del bosque, dándole seguridad.
—¿Qué es ser libre? —preguntó Yael.
—Lo estabas gritando y no tienes idea —rió Máron, invitándolo a sentarse para explicarle con claridad—. Ser libre quiere decir que puedes hacer lo que quieras y aceptarás tú mismo las consecuencias de tus actos.
Melcifer se sorprendió con las palabras de Máron; esperaba algo menos poético:
—No te sorprendas. Eso nos decía nuestra madre: «Hagan lo que quieran, mientras se hagan responsables de sus actos». Para ella, eso era madurar.
—Mi madre nunca me dijo cosas así —murmuró Yael.
—Ahora ya no tienes de qué preocuparte. Harás tu vida como te guste —dijo Hastel.
—¿Qué quieres decir?
—Llegaremos al próximo pueblo y te separarás de nosotros. Eres libre, Yael; no hace falta que nos sirvas. Te dejaremos ser lo que quieras ser.
—No… —dijo él, con voz entrecortada.
—Ahora vivirás para tu bienestar.
—No sé qué hacer. Nunca tuve esto; siempre viví para el bienestar de mis amos.
—No sé cómo empezar —confesó Yael.
—Solo un consejo: no dejes que vean tu ojo de color, que nadie sepa que eres gina. Te daré muchos consejos de cómo sobrevivir sin nada y ocultar tu raza —prometió Loren.
Se pasaron toda la noche explicándole a Yael qué era y con qué conlleva ser libre. Máron y Hastel eran los que más lo aconsejaban sobre cómo empezar de cero: el muchacho no tenía nada más que su nombre, nada que fuera realmente suyo.
Todos estaban emocionados de ayudarlo; Yael estaba conmovido por tantas palabras de aliento. Hoy descubría lo que los demás llamaban, con una sonrisa, amigos. Conoció lo que se siente cuando alguien se preocupa por ti, cuando se toma el tiempo de pensar en ti y responderte, sin medir las palabras ni armar frases predilectas para satisfacer el ego de los demás.
Su corazón brillaba, se aceleraba y se retorcía por tantas emociones nuevas. No sabía cómo manejarlas; estaba en las nubes, ni siquiera lograba controlar su propio volumen al hablar.