Luego de varias horas de viaje y comida, logran ver con claridad la imponente torre blanca en el centro de la ciudad. Resplandecía entre todas las estructuras del lugar y ofrecía una vista bellísima a quienes llegaban por primera vez a esta gran urbe.
Se aproximan a la entrada y ven a varios guardiamientales. Se unen a la fila junto a las demás personas.
Al avanzar entre la multitud, Máron y Hastel se toman una pastilla sin que nadie los vea, evitando crear sospechas ni despertar curiosidad.
Llega su turno y los cuatro se acercan al guarnamental, quien los invita a pasar con movimientos sencillos.
—Buenos días, chicos. ¿Qué hacen en Fáttima? —pregunta él.
—Somos estudiantes de Melisma —contesta Melcifer con gracia.
—Por favor, los papeles —solicita el funcionario.
Los cuatro entregan la carta de admisión en sus manos.
Mientras revisa los documentos, un megáfono anuncia que una niña se ha perdido y solicita a sus padres que se acerquen a la entrada.
En medio de ese aviso, se escucha un grito de una joven muy ofendida: la habían confundido con la niña desaparecida. Todos voltean en busca de la fuente del ruido.
Pero son interrumpidos por las palabras del gurnamental:
—Acerquénganse de a uno para tomarles la temperatura.
Uno por uno pasan el control. La tensión sube cuando llega el turno de Máron. Ella extiende ambas manos; el hombre las toma con delicadeza mientras la observa, le toma el pulso y la temperatura de ambos brazos, luego la mira fijamente a los ojos. Esto la pone nerviosa, pero la camufla con una sonrisa segura.
—Adelante, señorita. Bienvenida a Fáttima —le concede.
Con Hastel el procedimiento es el mismo y también pasa sin contratiempos. Todo ha salido según lo planeado. Cuando están lo suficientemente lejos, suspiran aliviados del estrés acumulado.
Se encuentran en un pasillo largo donde apenas llega la luz. La única vista que tienen son las paredes de piedra y una enorme puerta de madera al final del recorrido.
Al abrirla, ven por primera vez los colores de la ciudad. Su gente caminaba con sonrisa, vestida de forma elegante y fina. Las luces artificiales combinadas con la tenue luz del atardecer los hace sentir como dentro de una novela poética.
Todas las personas que los ven los saludan y felicitan: saben que son estudiantes gracias al gafete que los distingue del resto.
—¡Por fin llegamos! —grita Máron al cielo, con orgullo, después de siete días de viaje. Bajo las sonrisas de los que la observan, expresa su alegría.
La toma del brazo a Melcifer y la arrastra lejos de los otros dos.
—Vamos de compras —anuncia.
—Máron, no hagas problemas —le grita Hastel mientras ellas se alejan.
—Bien, Hastel. Vamos a buscar chicas —sugiere Loren. Pero Hastel ignora la propuesta y se retira del lugar.
Máron y Melcifer recorren varios negocios, mirando ropa, pergaminos, libros y otros artículos.
—Mira ese vestido, Mel —dice Máron señalando una prenda.
Melcifer se acerca para verlo y gira la etiqueta que revela el precio.
—¿Treinta mil semons? ¡Qué caro! Ya no me gusta —dice y deja el vestido sin remordimientos antes de salir del local.
Ingresan a otro establecimiento donde venden artículos de magia. Comienzan a observar con atención: pociones, pergaminos, tintas y un libro con descifrados de signos. Pero lo que más llama la atención de Melcifer es un muñeco de "pargo" —una mezcla de pato y tortuga—. Está fascinada y tiene muchas ganas de comprarlo.
—Mira, Máron. Es súper tierno —exclama.
—Es muy lindo, pero también muy caro —le responde su amiga.
—Qué triste mi vida de pobre —se lamenta Melcifer, tomándolo y observándolo con deseo. En su mirada se reflejan las ganas de llevarse el muñeco con ella.
Mientras está perdida en sus pensamientos, escucha un golpe en la mesada. Al mirar hacia donde proviene el sonido, ve a un chico elegante de cabello negro.
—Yo se lo pago, señorita. Cóbrense de mí, por favor —dice él dirigiéndose al tendero.
Melcifer lo mira con gratitud, emocionada por ese gesto que parece provenir de su preocupación por ella. Siente que su corazón se derrite.
—Lamento que sean pobres. Debe ser feo no tener dinero ni para lo más básico —agrega el joven.
Todas las emociones positivas que sentía se desvanecen al escuchar esas palabras. Su humor cambia radicalmente con cada frase que sale de su boca.
—¿Disculpa? —pregunta, sorprendida.
—Llévatelo. Es lo mínimo que puedo hacer por personas como tú —insiste él.
—¿"Como yo"? —replica Melcifer.
—Sí, que apenas pueden comprar para comer. Personas como tú no pueden darse estos lujos tan básicos.
El chico se retira del local dejando a Melcifer con el ego herido y el humor destrozado.
Ella sale corriendo, lo alcanza y lo toma del brazo para detenerlo.
—Disculpa, no te dije mi nombre —dice el joven con la mejor sonrisa, cortés y convencido de estar haciendo lo correcto.
—No necesito saberlo, ni me interesa. Toma —contesta Melcifer entregándole el muñeco que él compró. En su rostro se lee todo el odio que le provocan sus palabras crueles. Está furiosa, pero logra controlar sus emociones para no rebajarse a su nivel.
—Esas cosas nunca se deben decir —le advierte.
Se da media vuelta y se retira, dejando al joven mudado. Nadie le había hablado así antes, ni mucho menos le había hecho ver su error.
Él se queda observando cómo ella se toma de la mano de Máron y se alejan. Solo le queda aquella imagen grabada en su mente, junto a una leve culpa y la duda de por qué todo salió mal. En su cabeza, había hecho todo bien, tal como lo tenía planeado. Pero por primera vez, su libreto estaba equivocado: Melcifer había cambiado la escena y escrito un nuevo final a su historia imaginaria, donde ella era la protagonista que no aceptaba las miradas condescendientes.