Gedymo – En La Última Página De Ayru.

Capítulo. — 15.

Hastel y Loren estaban en una tienda, observando todo tipo de artículos: desde cápsulas hasta pergaminos con descifrados de signos.
Una varita les llama especialmente la atención, tanto que ambos se acercan para verla de cerca.
—No sabía que se podía descifrar los signos con una varita —comenta Hastel, mirando a Loren para que aclare su duda.
—Mientras se tenga el descifrado, se puede aplicar a cualquier objeto —contesta este último.
Mientras responde, el encargado se acerca, pues ha escuchado su conversación.
—No se puede aplicar en cualquier objeto. Deben estar especialmente diseñados para soportar la gran carga de energía y, así mismo, para expulsarla luego —aclara el hombre, solo para dar la vuelta y retirarse inmediatamente.
Ambos se miran y comienzan a reír por el momento incómodo que acababan de vivir. Pero esa sensación desaparece cuando Hastel siente que alguien lo observa. Mira a su alrededor y, por una milésima de segundo, cruza la mirada con una muchacha. Era evidente que ella era la causante de su incomodidad, pero él no le da importancia y sigue explorando los estantes.
Siguiendo revisando los productos, un libro le llama la atención. Lo toma y comienza a examinarlo: su tapa estaba llena de polvo, la humedad se había adhirido a ella, parecía dura pero era bastante liviana. Al abrirlo, un olor fuerte lo invade por completo, tanto que le hace perder la concentración —hasta el punto de ignorar el pequeño sonido que se había escuchado justo antes de abrirlo.
Se da media vuelta para buscar un lugar donde sentarse y leer con tranquilidad, pero al girar se estrella con una chica de cabello rojo, haciendo que ambos suelten lo que sostenían.
—Lo siento, no te vi —dice Hastel.
La muchacha se levanta rápido, se acomoda la ropa y lo mira con desprecio.
—Maldito inmundo. ¡Fíjate por donde vas, imbécil!
—Lo lamento, realmente no te vi —repite Hastel.
—Claro que no. Es lo mínimo que deberías sentir —contesta ella, empujándolo para abrirse paso y retirarse.
—¿Qué le pasa? Ignórala, Hastel —le dice Loren.
Hastel hace oídos sordos y se concentra en levantar el libro, pero antes de tocarlo, el dueño de la tienda lo agarra de la mano.
—¿De dónde sacaste esto? —pregunta.
—Lo encontré tirado —responde Hastel.
El hombre observa el libro, ignorando lo que le dice, y se da cuenta de que está abierto. Sin embargo, antes de ver su interior, lo cierra con fuerza, impidiendo que nadie lo lea. Luego agarra la muñeca de Hastel y examina cada detalle de su mano con detenimiento.
—¿Leíste su contenido?
—No, porque me choque con esa chica —contesta Hastel.
El encargado se asombra al descubrir algo que para los jóvenes es incomprensible. Suelta la mano de Hastel y trata de mantener la calma, como si nada hubiera sucedido.
—Yo no digo nada si tú no dices que encontraste este libro —acuerda.
—Está bien —acepta Hastel, sin entender nada de lo que pasa, solo por terminar con aquel momento incómodo e inexplicable.
Vuelve a sentir que lo observan y ya sabe quién es la causante. Busca sus cosas y sale del local sin decir palabra.
Al verlo irse, Loren intenta frenarlo gritando su nombre —esto hace que la muchacha que lo observaba se sorprenda. Loren lo alcanza y ambos se alejan del lugar, pero frenan sus pasos al oír que alguien pronuncia el nombre de Hastel.
Curiosos, se dan vuelta y ven a una chica de aproximadamente un metro cincuenta, parada en la puerta del local. Estaba tímida, se agarraba de su remera para calmar su vergüenza y al levantar la mirada, mostraba una sonrisa forzada, como si tratara de ocultar otra emoción.
—¿Hastel? —pregunta ella.
Él la observa desde la distancia, sin entender nada, y solo contesta un «¿Sí?» en forma de pregunta.
La chica suspira y sonríe con más energía, luego se abalanza sobre él y lo abraza con fuerza mientras ríe.
—¡Eres tú! ¡Realmente eres tú!
Loren los mira sin comprender lo que está presenciando, lleno de dudas e incomodidad.
—¿Qué hace esta niña? ¡Eres la niña que de perdio hace poco!—se pregunta entre susurros.
Hastel intenta quitársela de encima: para él era una desconocida, no entendía lo que pretendía ni qué quería de él. Lucha con fuerza para liberarse de aquel abrazo en medio de la situación incómoda.
Mientras tanto, Máron y Melcifer regresaban de compras, buscando a los muchachos desde hacía varios minutos. A lo lejos logran ver a Loren, así que deducen que Hastel debe estar cerca.
—¿Quién es esa chica que está con Hastel? —pregunta Melcifer, señalando con el dedo.
Máron mira en esa dirección y ve a su hermano siendo abrazado por la desconocida.
—¡Maldito! —gruñe.
Cegada de ira, corre hacia ellos. Al estar lo suficientemente cerca, se abalanza con una patada. La chica la ve venir y se despega de Hastel justo a tiempo, haciendo que Máron pase de largo entre los dos. Inmediatamente, saca un pergamino del que emerge un martillo de gran tamaño para su estatura, pero que maneja con facilidad. Se dispone a lanzar el golpe, pero se detiene al verla bien de cerca.
—¿Máron? ¡MÁRON! —grita la chica, cuyo rostro, antes lleno de ira, ahora muestra una enorme sonrisa.
—¿Quién carajos eres tú? —pregunta Máron.
—¡Ya eres una mujer, Máron! —dice la desconocida mientras su arma desaparece en el pergamino.
Máron la observa con esfuerzo tratando de reconocerla, hasta que ve el collar que lleva. En ese instante, cae la ficha.
—Y tú pareces que te quedaste en el tiempo —dice Máron, sonriendo.
Ambas se dan la mano y se miran fijamente a los ojos, llenas de felicidad. Luego, el momento se interrumpe cuando se abrazan y comienzan a llorar.
Melcifer llega corriendo, agitada y jadeando.
—¡Voy a matarte, Máron! —grita, acercándose y separándolas para tomar a su amiga del cuello de la camisa—. Me hiciste correr, casi inicias una pelea en plena calle. ¡Aún no entramos a Melisma y ya quieres que nos expulsen!
—Lo siento, Melci —pide perdón Máron.
Melcifer la suelta y se sienta para recuperar el aliento. Luego se levanta rápido y se acerca a la muchacha desconocida.
—Eres Cryders… No puedo creer que una niña… —comienza a decir.
Al escuchar la última palabra, la joven se enfada e invoca su arma para apuntarla directamente a la cara.
—Vuelves a llamarme niña y haré que cagues tus dientes esta noche —advierte, mirando también a Loren con la misma severidad.
Máron se acerca para calmarla, y solo le toma un segundo cambiar de actitud gracias a sus palabras.
—Lamento mi comportamiento —dice con sincera disculpa, entregando su arma a Melcifer para que la examine. Esta última queda fascinada: no entendía cómo un cuerpo tan pequeño podía manejar un arma tan grande.
—No puedo creer que los encontrara aquí a ambos. Pensé que jamás los volvería a ver —dice la desconocida.
—Yo tampoco creo lo que estoy viviendo —añade Máron.
Hastel se acerca para hablarles:
—Disculpa, ¿quién eres?
—¡¿Qué?! —exclama la joven, poniéndose triste y abrazando a Máron con firmeza para esconderse de él.
—Lo siento, pero no sé quién eres —repite Hastel.
Esas palabras le hacen arder el corazón; está al borde del llanto. Máron lo mira con odio, mientras que él la observa sin entender nada de por qué sus palabras le causan tanto daño.
Luego de unos segundos, logra calmarse, disimulando su dolor.
—Lamento la escena que vieron. Estaba muy emocionada por verlos de nuevo. Mi nombre es Valentía, un gusto —se presenta.
Todos se presentan amablemente para hacerla sentir cómoda. Cuando llega el turno de Hastel de presentarse, Máron lo calla de golpe.
—Tú no, idiota —le dice, mientras vuelve a abrazar a Valentía y lo mira con odio. Hastel permanece desconcertado, ya que no entendía la situación que había provocado.
—¡¡¡VAMOS A COMER!!! —grita Máron bajo las miradas de los habitantes del lugar. Melcifer la calma tapándole la boca para evitar más incomodidad. Valentía los observa con una pequeña sonrisa, envuelta en nostalgia, mientras Loren abraza a Hastel y le habla en voz baja.
Todos acuerdan ir a comer a algún lugar para saciar su apetito.




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