Gedymo – En La Última Página De Ayru.

Capítulo. — 18.

El día de admisión había llegado al fin. Desde la mañana temprano se notaba un cambio significativo en el ambiente de la ciudad: había mucho bullicio, acompañado de fuegos artificiales.
Hastel y Máron estaban terminando de alistarse.
—¿Estás seguro de que funcionará, Hastel? —pregunta Máron, mientras se mira al espejo para terminar el detalle más importante.
—Claro que sí. Fue idea de la abuela, así que tiene que funcionar —contesta él.
—Pero es muy simple, hasta para mí, que soy una idiota. Esta lentilla es molesta —queja ella.
—Lo sé, pero hay que hacerlo. No deben saber jamás que somos Ginnas —aclara Hastel.
Ambos se miran para comprobar que no se note su ojo de color diferente.
—Estamos listos —dicen al mismo tiempo, con todo el entusiasmo.
Salen del alojamiento para reunirse con Melcifer y Loren.
—Por fin llegaron. Escuchen: debemos ir en esa dirección, donde se están reuniendo todos los estudiantes —anuncia Melcifer.
Todos quedan asombrados por la cantidad de gente congregada. Era un largo pasillo de personas que iba directo a la entrada de la academia.
Se abren paso entre la multitud para llegar al inicio del recorrido. Ahí los recibe un profesor, quien les da la bienvenida mientras les entrega su uniforme para que se lo pongan antes de continuar. Los nervios acompañados de la ansiedad se hacen presentes en todos; no caen en cuenta de lo que están presenciando. El lugar era toda una fiesta para recibir a los nuevos estudiantes: era un privilegio pertenecer a esta institución, y la gente lo hacía saber.
Al terminar de cambiarse, se reúnen con los demás estudiantes que los acompañarán hasta la entrada.
Máron estaba realmente incómoda con la vestimenta que llevaba puesta y trataba de ajustarla, mientras Hastel se sentía mal con su camisa: parecía demasiado ajustada.
Máron se esconde detrás de Melcifer al ver que Noban camina por la zona con el mismo uniforme.
—¿Qué estás haciendo, Máron? —pregunta su amiga.
—Ese es el chico con quien me peleé anoche por un jugo —contesta ella.
—¿Por un jugo? No me sorprende —dice Melcifer.
—Jamás creí que estaría aquí. Pensé haberlo perdido para siempre —murmura Máron.
—¿Y piensas esconderte para siempre?
—Lo que sea necesario —insiste ella.
El llamado de varios profesores interrumpe todas las conversaciones, desviando la atención de los alumnos hacia ellos. Hacen que todos formen filas; delante de ellos se alinea una banda de música, escoltada por gurnamentales a jinete.
La postal era maravillosa a la vista, llena de colores donde destacaba el bordó del uniforme que los caracterizaba. Había muchos alumnos, aunque no todos llevarían ese atuendo por mucho tiempo: su lugar en la institución no estaba asegurado, debían pasar varias pruebas para ser admitidos. Varios sueños que esa mañana brillaban con entusiasmo se apagarían en cuestión de horas; con suerte, la agonía se alargaría unos días más, pero ese sueño terminaría con menos dolor que el de aquellos a quienes les tocara dar media vuelta en cuestión de horas.
El rostro de los alumnos reflejaba incertidumbre y nerviosismo, que aumentan cuando el jefe da la orden de iniciar el recorrido hasta la academia, bajo el ensordecedor estallido de la gente y los fuegos artificiales que potenciaban la alegría y el orgullo de pertenecer a ese grupo de individuos.
Ser parte de ese recorrido llevando ese uniforme era motivo de orgullo. Por más que fallaran en horas o días, ya era mucho: al menos habían tenido la oportunidad de vivir ese maravilloso momento.
Caminan unos diez minutos hasta llegar casi a la entrada, donde había montado un escenario. Todos levantan la mirada para ver con claridad quién hablaría.
—Buenos días a todos, en especial a los nuevos ingresos. Soy Carmel, directora de Melisma. Quiero desearles lo mejor: que este año sea prospero y lleno de enseñanzas —dice la mujer.
Todos gritan de alegría y lanzan elogios hacia la directora de la institución.
—No quiero agregar nada más. Quiero dejarle todo a nuestro amado rey Vandderkof —anuncia ella.
Si la emoción anterior les pareció abrumadora o tal vez exagerada, lo que ahora se vivía superaba cualquier descripción. La gente se puso explosiva y exaltada con solo oír el nombre de su rey; al verlo subir al escenario, todos festejaban, algunos lloraban.
Aquel hombre que llevaba el peso de toda una nación hacía presencia, e inmediatamente la multitud estalló de emoción. Subía los escalones a paso lento mientras saludaba a todos con una sonrisa. Está de más decir que su presencia era demasiado imponente: solo los testigos de ese momento podrían describir lo que estaban viviendo.
Hastel y Máron sintieron inmediatamente incomodidad y un temor irracional los invadió. Querían salir corriendo del lugar y trataban de calmar aquella emoción, ya que no tenía sentido —él jamás los había observado—, pero no podían deshacerse de esa sensación.
—Buenos días a todos los presentes —dice el rey.
Su voz grave invadió cada rincón de la capital, haciendo que todos guardaran silencio al instante.
—Quiero darle una grata bienvenida a los nuevos integrantes de nuestra prestigiosa academia —continúa, levantando sus manos para saludar a los estudiantes.— Será un camino duro a partir de hoy, pero confío en que lo harán con el coraje y valor que se requiere. Estos serán tres años duros, donde aprenderán cada aspecto de la magia y sus variantes, para luego convertirse orgullosamente en gurnamentales: quienes nos defienden día a día de los peligros que acechan nuestra hermosa nación y atentan contra la paz.
Todos estaban enmudecidos, observándolo con orgullo. Las palabras de su discurso hicieron efecto al instante, como se veía reflejado en el rostro de cada estudiante.
—A partir de hoy, jurarán representar y proteger a la sociedad bajo el poder de su servidor. Servirán bajo mi mandato, y juntos seguiremos haciendo de este mundo un lugar digno para vivir y garantizar un futuro magnífico para nuestras próximas generaciones —concluye, haciendo una pausa que provoca un estallido de alegría; los gritos invaden cada rincón de la ciudad.
—Los que reprueben, les pido encarecidamente que su espíritu siga intacto como en este día. Llegar hasta la entrada de Melisma y haber tenido el honor de cruzar sus puertas es más que motivo de orgullo. Aun así, pueden volver a intentarlo el año entrante. Siéntanse orgullosos de ser parte de estas filas hoy. Aprendan, crezcan, fortalezcanse: cuando crucen estas puertas, todo el mundo dependerá de ustedes; ayudarán a cargar este basto mundo —dice el rey.
Hace otra pausa para dejar que la gente exprese su felicidad.
—Entren y sigan haciendo de este mundo un lugar donde una familia pueda vivir, un niño pueda jugar y un abuelo pueda descansar —termina su discurso, levantando su brazo izquierdo mientras la gente grita a todo pulmón. Los fuegos artificiales decoran el vasto cielo, y los gurnamentales que los escoltan se abren paso para hacer un camino a los alumnos.
Melcifer se acerca a Máron y Hastel, toca el hombro de ambos —estaban con la mirada totalmente perdida.
—¿Dónde nos hemos metido? —pregunta Máron, mientras observa al rey saludar a la gente.
—Estamos totalmente en el ojo del huracán. Ya es tarde para dar marcha atrás, Máron —contesta Hastel.
Él lleva una mirada llena de odio, observando fijamente al rey; no puede ocultar el sentimiento que lo ha apoderado. Melcifer trata de hacer que deje de mirarlo para evitar cualquier malentendido.
—Por culpa de este supuesto rey es que vivimos en este mundo miserable. Todo terminará aquí —murmura Hastel.
Vandderkof cruza la mirada con él. Se miran fijamente por segundos que parecen durar horas: aquel hombre imponente mantiene su sonrisa mientras es observado por el muchacho que resalta entre todos los alumnos. Por un momento, parecen quedarse solos en el mundo.
Melcifer toma el rostro de Hastel y apoya su frente contra la de él. Ahí es cuando vuelve en sí, como si jamás se hubiera dado cuenta de lo que estaba haciendo, de lo que había provocado en aquel hombre. Había despertado la curiosidad de aquella bestia sin darse cuenta.
—Lo siento. Larguémonos de aquí —dice Hastel, abriéndose paso entre las dos y adelantándose sin agregar nada más.
La banda comienza a tocar mientras los alumnos se abren paso hacia la academia. Era el inicio de una nueva etapa: todo cambiaría para bien o para mal, dependiendo del tiempo y de lo que ellos decidieran.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.