Gedymo – En La Última Página De Ayru.

Capítulo. — 21.

Hastel caminaba por las afueras de la academia: quería conocer el lugar sin tener que tolerar la multitud de alumnos que se movían al mismo tiempo y el bullicio que esto generaba.
—¿Aún no te animas a ir a la enfermería? —pregunta Loren.
Hastel omite las palabras dirigidas a él, tratando de creer que no las ha escuchado.
—Tarde o temprano tendrás que ir a que te saquen sangre; tienes tiempo límite.
—Ya lo sé. No quiero que me saquen sangre: es más fácil encontrar a mi Gédymo tirando una moneda o haciendo un sorteo con papel —contesta él.
—Sabes que es mucho más que eso.
—Solo cállate, no quiero explicaciones de nada. Necesito tiempo para asimilarlo —dice Hastel.
Su mente estaba completamente distraída pensando en lo que tenía que hacer, preparándose para aquel momento tan inoportuno. Su mirada se centraba en Loren, con todos sus sentidos ocupados en otra cosa; jamás se da cuenta de que por la puerta por donde debía pasar salía una chica. Ambos se chocan de frente: ella traía hojas y un juego en su mano, el cual termina soltando, y él venía comiendo de un paquete de galletas, a causa de que ella traía una bebida se derrama en toda la camisa de la pobre muchacha.
Ambos caen al suelo con bastante violencia, impulsados por la velocidad a la que venían. Ella se pone de pie inmediatamente y su enojo florece en su rostro; no tiene pena en mostrar su emoción.
—¿Qué carajos acabas de hacer, maldito estúpido? —grita.
Hastel se soba la espalda sin querer levantarse.
—Lo lamento, no te vi —dice.
—¿Lo lamentas? ¿En serio lo lamentas? No se ve eso: estás con tu maldito trasero tirado en el suelo. Deberías estar de rodillas besando mis malditos pies, engendro de la naturaleza —replica ella.
—Ya, disculpa, no fue a propósito.
—¿Acaso siquiera sabes quién maldita sea soy? ¿No? Soy Ginnet del linaje Élipson, una pura nor —anuncia.
—Lo siento, no sé quién eres.
—¿Tú quién carajos eres?
—Soy Hastel del linaje Livermore.
—¿Livermore? Jamás escuché hablar de ese estúpido linaje. ¿Acaso siquiera eres puro? —pregunta ella.
—Creo que te estás pasando con él; acabas de insultar a su linaje —interviene Loren.
Hastel apoya su mano en el hombro de Loren para que guarde silencio. Se pone de pie y sacude su ropa para quitar el polvo, aunque las manchas de tierra no desaparezcan del todo.
Ginnet se toma dos segundos para observar al individuo que tuvo el valor —y el descaro— de hablarle en un tono que considera ofensivo y maleducado. Se toma varios segundos en mirarlo de pies a cabeza y nota que en su mano izquierda lleva un guante con el símbolo de su casa.
—Mirando esos harapos inmundos llenos de tierra, deduzco sin ninguna duda que eres un rechazo de la naturaleza. Para mentes tan incompetentes como la tuya, eres un Cryders. Ese símbolo en tu estúpido guante pertenece al linaje Lunssenhoff: poca familia, antecedentes contados con los dedos de una mano. Solo saben vender vinos y uvas baratas —dice con desprecio.
Su mirada se dirige hacia Hastel.
—Y tú, por tu estúpido linaje, sé que eres un inmundo que busca a otro inmundo para pasar a ser basura. Además, ninguno de los dos lleva joyas, así que deben ser pobres. Cuánto lo lamento: deben pasar mucha hambre —añade.
Loren está furioso; su ira ha nublado su vista y su juicio. Quiere callarle la boca y hacerla entender que todo lo que dice está mal, pero Hastel se lo impide. A él no le hacen falta palabras, mientras que a ella le sobran.
—Malditos seres mugrosos que no tienen una pizca de respeto hacia las familias que les dan la paz que hoy pueden gozar —dice Ginnet, sacudiéndose la ropa y acomodándosela como un gesto para distraer su cuerpo y mente.— Gracias al linaje Élipson es que hoy pueden estar así de bien y entrar a esta academia. Mi familia perteneció durante generaciones a los gurnamentales; mi familia es quien los protege de las inmundicias que son los Ginnas. Así que muestren respeto.
Ginnet apunta al suelo, indicando la acción que quiere ver: es más que obvio que espera que Hastel le recoja las hojas que han caído.
Hastel mira a Loren por un segundo y procede sin dudarlo a juntar cada hoja esparcida en el suelo, mientras ella se reía y lo señalaba con el dedo.
—Así hay que tratar a estos inmundos que no saben respetar los linajes. Deben conocer su lugar: el suelo. Mientras que los Ginnas están por debajo de él —dice ella.
Esa última frase hace que Hastel se enoje; se nota en la fuerza con la que aprieta las hojas. Debía soportar tal humillación para no crear un disturbio innecesario que podría derivar en su expulsión.
Se pone de pie y sostiene las hojas para que ella las tome de sus manos.
—Eres buen chico. Ahora, discúlpate, inmundo —ordena ella, mirándolo con desprecio.
Hastel mantiene su rostro serio; por dentro lucha contra la tentación de ponerla en su lugar. No hay nada que lo haga cambiar de parecer, ni siquiera una duda.
—Quiero una sonrisa, y ni se te ocurra tocarme —añade Ginnet.
Hastel hace caso omiso a su petición, apoya la palma de la mano en su rostro y, con su otra mano, hace que ella agarre las hojas que juntó.
—Sonríe por mí, pecas —dice, le pellizca la nariz y luego le muestra la mejor sonrisa, dedicada exclusivamente a ella. En el silencio ensordecedor, se escucha una breve risa burlona.
Da media vuelta y se retira del lugar junto a Loren, mientras Ginnet queda enmudecida. Está furiosa, llena de ira; sus mejillas se tornan de un color rojizo, tal vez por vergüenza o algo más —por el momento no se puede explicar con exactitud. Lo que sí es fácil de describir es el enojo que brota de ella con cada paso que da Hastel para alejarse, dejándole un nudo en la garganta. A pesar de todas las palabras que ha dicho, aún tiene mil más listas después de esto.




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