Hastel divagaba en sus pensamientos, no dejaba de pensar en aquellas palabras que le habían sido dedicadas con tanto énfasis. Trataba de encontrar algún sentido razonable en semejante discurso, pero no lograba comprender ni siquiera una milésima parte del porqué de sus pensamientos. Si una muchacha de quince años pensaba así, quería decir que las personas más longevas debían tener ideas aún más retorcidas. Esta vez solo habían sido palabras, pero el día de mañana se convertirían en armas.
Su concentración se ve interrumpida con la llegada de Loren, quien le ofrece una bebida fría para pasar aquel mal momento.
—¿Te lastimó, verdad? No le des tanta importancia: solo es una niña rica, malcriada y berrinchuda. Estar molesto es darle el gusto —dice Loren.
—No te preocupes, no estoy afectado —contesta Hastel.
—Me alegra oírlo. Yo también estoy bien; no le voy a hacer caso a una niña que solo ha vivido en Fáttima —añade su amigo.
Su conversación se interrumpe con la llegada de Valentía, quien está agitada y en su rostro se refleja la preocupación.
—Al fin te encuentro. La selección ya comenzó —anuncia ella.
Al oír estas palabras, Hastel se pone de pie inmediatamente, pero antes de salir corriendo se detiene: ha escuchado la risa de Valentía. Aquella frase no era más que un simple chiste, acompañado de una buena actuación.
—Tranquilo, aún no comenzó. Solo estoy buscando a Máron, que la perdí hace unos minutos. Eso era todo, adiós —dice la pequeña muchacha, retirándose ahora a menor velocidad, ya que la fatiga se hacía presente y le impedía ganar el tiempo deseado.
Máron se encontraba dando vueltas por la academia en busca de alguien. Era fácil de deducir, ya que no lo disimulaba en lo absoluto; cualquier persona cuerda que le prestara un segundo de atención se daría cuenta de ello.
Lo encuentra a lo lejos y, al ver la distancia que los separa, decide acelerar el paso mientras repasa en su mente el discurso que había planificado unos minutos antes.
—Al fin te encuentro —dice ella.
Noban se da media vuelta y su rostro cambia al ver que era Máron la que le hablaba.
—Pero mira nada más quién es. Jamás creí que te vería en Melisma; me vuelvo a sorprender —contesta él.
—Sí… Yo tampoco creí que estarías aquí —dice Máron.
Su discurso se cae a pedazos por culpa de los nervios. La vergüenza junto a su orgullo se oponían a que recitara aquella disculpa; creían firmemente que iba en contra de sus principios, aún sabiendo que era lo correcto.
Saca de su espalda el mismo jugo que le había arrebatado esa noche, tratando de mostrarse seria, aunque por dentro se estaba muriendo de vergüenza.
—¿Y esto qué es? —pregunta Noban, observándola sin entender nada de su acción.
—¿Acaso me estás invitando a salir? ¿Así es como invitan en tu pueblo, niña? —bromea él.
Máron, sin poder procesar las palabras con claridad, deja escapar una pequeña risa. Su cuerpo evidencia la incomodidad y la vergüenza por esa acusación; sus mejillas se tornan de un color rojizo y desvía la mirada de él.
—No, imbécil. Te devuelvo el jugo que te robé. Me sentía mal por habértelo quitado, así que te traje uno nuevo —explica ella.
—¿Robártemelo? Me pagaste por él. Solo volví a la tienda y compré otro —contesta Noban.
—¡¿Qué?! Pero era el último… ¿cómo hiciste para conseguir otro? —pregunta sorprendida Máron.
—Solo entré a la tienda y pedí otro. ¿Acaso no hay tiendas en tu pueblo? —dice él.
—Entonces nuestra pelea fue por nada —murmura ella.
—Así es. Estás mal de la cabeza por querer pelearte con alguien por un jugo —comenta Noban.
—No fue una pregunta, y tengo mis razones —asevera Máron.
—No te juzgo —dice él, recibiendo el jugo y comenzando a beberlo mientras la observa con una mirada inquietante para ella.
—Si estás esperando a que te comparta, olvídate —anuncia Noban.
Máron se exalta con la declaración; su enojo brota y se manifiesta en su rostro, al igual que en su tono de voz.
—No, idiota. Eso es todo, adiós —dice, dándose media vuelta para retirarse.
Pero a los pocos metros detiene sus pasos al oír las palabras de Noban.
—¡Niña! —grita él.
Máron da media vuelta, enojada por el trato desmedido.
—¡Me llamo Máron, imbécil! —grita ella.
—Quiero volver a pelear contigo. Espero que sea en la prueba de admisión —dice Noban, mostrando una sonrisa que presumía con orgullo.
Aquella sonrisa hace que Máron se emocione por volver a enfrentarlo; quería que ese día llegara lo más pronto posible. Le había fascinado pelear contra él: si esa adrenalina la había sentido con tan solo unos segundos y dos golpes, no quería pensar lo que le provocaría una disputa más larga.
—Te vas a arrepentir de haberme retado. Voy a sacar a pasear tu trasero —reta ella.
Hastel se encontraba afuera del anfiteatro a la espera de su hermana. Miraba el cielo en busca de respuestas a las preguntas y teorías que tenía sobre lo que estaba a punto de hacer. Vuelve en sí cuando ve que Máron al fin había llegado.
—Al fin apareces —dice Hastel, saliendo de la sombra del árbol para que ella entienda de inmediato que esas palabras, en tono de enojo, iban dirigidas a ella.
—Ya sé, llegué tarde. No molestes, Hastel —contesta Máron, tratando de ingresar al anfiteatro.
Pero su hermano pronuncia su nombre en un tono más elevado, haciendo que ella detenga los pasos.
—Esta va a ser la última vez que estemos así de juntos. Cuando cruces esta puerta, nos separaremos para siempre —anuncia él.
—No te pongas sentimental, por favor —dice Máron con un tono sarcástico.
—No lo haré. Solo quería expresar mi felicidad de por fin sacarme una ancla tan grande de mi vida —contesta Hastel.
Máron sonríe de espaldas a él para no mostrar su tibia emoción; sabía a dónde llevaría esta conversación.
—No te hagas el superado, Hastel. Si hablamos de felicidad, yo la siento aún más: finalmente dejaré de escuchar tu estúpido sarcasmo y podré hacer lo que quiera sin que me contagies de tus malas vibras —dice ella.
—Al fin me alejaré de tu pésimo sentido del humor —contesta él.
—Mis chistes son para un intelecto superior —asevera Máron.
—Voy a conocer al fin lo que es el silencio —dice Hastel.
—Me alegra tanto que al fin llegara este día —añade ella.
—Sí, después de tantos años me voy a deshacer de ti, Máron —concluye él.
Ambos se dan la mano para despedirse, manteniendo una sonrisa gigante en sus rostros. Tal vez esa era la mejor máscara para ocultar sus verdaderos sentimientos: no eran muy habilidosos con las palabras, menos aún en manejar sus emociones, y esta era su mejor manera de comunicarse.
—Adiós, Máron —dice Hastel.
—Hasta nunca, hermano —contesta ella.
Se miran fijamente a los ojos para transmitir al menos un poco de lo que su corazón guardaba, querían que el otro entendiera lo que ni ellos mismos lograban comprender.
Hastel se retira, entrando por las puertas que lo llevarían al anfiteatro, pero no antes de dejar una frase más:
—Cuídate mucho, tonta. Que no se te olvide respirar —dice.
Antes de que Máron logre responder, las puertas se cierran, indicando que su separación era verídica.
Se queda con las palabras en la boca: esta había sido su última conversación. Al pensarlo así, su enojo brota de inmediato al darse cuenta de que Hastel se había quedado con las últimas palabras.
El momento conmovedor se ve interrumpido por su falta de razonamiento… o simplemente trataba de mentirse a sí misma para poder entrar cuerda y comenzar su nueva vida sin estropear nada.