Valentía guardó su arma mientras mantenía los ojos cerrados. Así podía calmar las emociones que le gritaban que se diera por vencida, que tomara la dignidad que aún conservaba y se retirara. Debía despegarse de esos retorcidos pensamientos, ya que no eran propios de ella, pero la situación la estaba superando por completo. Muchas miradas desconcertadas se posaron sobre ella; en toda la arena se apreciaba con claridad el desconcierto de la gente, que no entendía cómo un Cryders tomaba la decisión de luchar sin su arma.
Valentía corrió hasta Ginnett para forzar una pelea cuerpo a cuerpo y comenzó a lanzar una cantidad considerable de golpes, poniendo todo su esfuerzo y empeño. Pero no bastaba: Ginnett frenaba y esquivaba cada uno de ellos con toda la tranquilidad del mundo, sus movimientos —a diferencia de los de Valentía— eran elegantes y suaves.
Valentía se alejó para recuperarse del desgaste físico al que se había sometido; sufría por lograr respirar con normalidad y estaba completamente expuesta ante la vista de Ginnett, quien analizaba cada gesto y movimiento que hacía. Necesitaba ese espacio para estudiar la situación con cuidado y ser más precisa en sus ataques, además de aprovechar la brecha para recuperar el aire perdido y que sus músculos aliviaran el esfuerzo.
—¿Qué pasa, estás cansada, pequeña?
Ginnett pronunció estas palabras mientras brillaba con su sonrisa. Estaba calmada y serena, como si nunca hubiera luchado; su rostro estaba libre de tierra y sudor, y mantenía su gran belleza intacta.
Valentía se enfureció tras sus declaraciones, se sentía completamente ofendida y volvió a lanzarse contra ella. El combo de ataque era el mismo, la situación se repetía: ella lanzaba todos los golpes posibles, Ginnett los esquivaba y se cubría, tratando de mostrar su habilidad defensiva para que no quedara duda de su grandeza. Se notaba que quien llevaba las riendas de la pelea era Ginnett; tenía absolutamente todo controlado, nada era al azar.
Valentía lanzó un golpe con la mano derecha aplicando toda la fuerza que su capacidad le permitía. Esto hizo que Ginnett esquivara hacia su lado derecho, y Valentía vio una abertura en su defensa: al fin había visto un rayo de luz en medio de la tormenta. Había esperado que se moviera en esa dirección para obtener su ventana de oportunidad. Al mismo tiempo que lanzó el golpe, invocó su martillo en la mano izquierda. Su plan era infalible: Ginnett estaba completamente distraída, se había acostumbrado a una velocidad moderada y no a la que ella realmente podía alcanzar, lo que permitiría sorprenderla en el momento adecuado. Había logrado hacerla moverse a su ritmo sin que se diera cuenta de que podía aumentar aún más su velocidad de ataque.
Invocó el arma y la arrastró por el suelo acumulando fuerza para impactarla de lleno en cualquier parte del cuerpo de su contrincante. No importaba la zona; quería golpearla con el martillo y borrar esa sonrisa que tanto la fastidiaba. De repente, el arma se frenó en seco y Ginnett se acercó cara a cara con ella, mostrando la sonrisa más soberbia e irónica que había visto en toda su corta vida. La miró fija a los ojos sin inmutarse, transmitiendo sin palabras que era superior. Valentía quedó enmudecida, la mirada perdida; su mente se había desconectado, dejándola a la deriva sin ideas.
—Eres lenta y predecible, mi pequeña goblin.
Ginnett había anticipado el movimiento y logrado frenar el martillo tan solo con su pie. Se burló de su acción fallida y se rió a carcajadas al ver el rostro de desesperación de Valentía.
Todo el plan que había armado y aplicado se vino abajo. No entendía cómo había llegado otra vez al mismo punto de partida; creyó haber tomado el control de la pelea, que al fin borraría esa sonrisa tan frustrante que le presumía.
—Ahora defensa y ataque.
Otra vez Ginnett hablaba en voz alta, lo que hacía que Valentía se enfureciera aún más: no la estaba tomando en serio. Toda la pelea era un monólogo guionado al milímetro por ella, y Valentía no podía dejar que la ira la controlara por completo. Se estaba cegando por el enojo que le provocaba cada gesto, palabra y acción de su contrincante. Ella daba todo de sí, se tomaba la pelea completamente en serio, mientras que para Ginnett era una simple presentación de habilidades.
Ginnett le lanzó un golpe que le dio de lleno en el estómago. Valentía aguantó el dolor con todas sus fuerzas, saltó impulsada por el impacto y Ginnett la tomó de la manga, dio media vuelta y la lanzó con toda su fuerza. Al tocar el suelo, aplicó toda su energía para sujetarla, pero solo consiguió agarrar la campera que Ginnett llevaba puesto: esta se había zafado del movimiento con solo quitarse la prenda.
Valentía giró para verla con toda la ira acumulada por su fallo, mantenía el ceño fruncido y la maldecía en su corazón. Nuevamente su plan había resultado falible; una y otra vez quedaba expuesta ante el talento natural de Ginnett.
Ginnett estaba de rodillas en el suelo, apuntando con la mano directamente hacia Valentía. Tenía un pergamino que brillaba tenuemente. Valentía suspiró y cerró los ojos: su mente, al igual que su cuerpo, se dio por vencida ante aquella situación tan desfavorable. Así fue golpeada con un descifrado de signos, cayendo a unos cinco metros de distancia. Se puso de pie nuevamente con bastante dificultad: de su rostro brotaba sangre, su ropa estaba levemente rota, sus piernas temblaban de cansancio y dolor. Antes de recuperarse, fue golpeada otra vez con magia; esta vez logró cubrirse y se mantuvo de pie en el mismo lugar.
Ginnett lanzó un descifrado de signos al suelo, provocando una nube de polvo para dificultar la visión de Valentía. Esta decidió simplemente soportar los ataques hasta ver alguna apertura.
Ginnett comenzó a golpearla de todos los ángulos. Valentía no tenía más opción que cubrirse, aunque aún así recibió más golpes que los que frenó: era un castigo abrumador. Trató de pensar en alguna forma de detenerla, pero no había caso; Ginnett era demasiado rápida, ni siquiera con la vista podía seguirla, y no tenía idea de cómo disminuir la velocidad de sus golpes.
Valentía salió nuevamente despedida del lugar. Esta vez logró caer de pie, pero su cuerpo no aguantó tanto tiempo como esperaba y se desplomó en la tierra seca de la arena. Con grandes esfuerzos se puso de pie: todo su cuerpo temblaba de cansancio, no emitía ningún sonido más que su respiración. No debía mostrar todas las lesiones que le había causado Ginnett; tenía moretones y raspones en brazos y piernas que evidenciaban el gran daño recibido. Era evidente que estaba agotada: su rostro aún sangraba, la herida sobre su ceja la inquietaba porque entorpecía su visión. Volvió a caer de rodillas al suelo al ahogarse y tosía con fuerza para aliviar el picor que sentía.
—Pobrecita goblin, tu infierno acabará pronto, te lo prometo, pequeñita.
Ginnett estaba completamente limpia; no tenía ninguna marca de daño, solo un poco de suciedad. Su rostro estaba intacto, su belleza resplandecía a pesar del color de la tierra que adornaba sus mejillas. Ni siquiera había sudado a pesar de la oleada de golpes que había lanzado, y no mostraba ningún signo de cansancio.