Gedymo – En La Última Página De Ayru.

Capítulo. — 37.

Valentía se enfurecía con cada palabra que agregaba a su discurso de fantasía; su paciencia estaba al límite. No soportaba que la siguiera tratando de esa forma tan irreverente, le molestaba horrores que tuviera la audacia de no tomarla como igual. La confianza con la que Ginnett se dirigía a ella hacía que su corazón se encendiera en llamas.
El propósito de Ginnett era dejarle en claro que tenía la ventaja y podría ganarle en cualquier momento. Quería desconcentrarla, hacerla desconectar de la realidad: para ella era un simple juego. Su parla era de lo más filosa y lo sabía, razón por la cual cada vez que tenía la oportunidad usaba su maestría en el menosprecio para dañarla sin tocarla. Trató de bajarle el ego con su discurso, pero ocasionó el efecto contrario: le dio fuerzas y motivos para derrotarla.
—Con esto termina mi presentación. Aprende que tu lugar es el suelo, estúpida y mugrienta.
Ginnett se lanzó contra ella con toda la seguridad ganada en esos minutos. Era el golpe de gracia, el fin de su acto; terminaría su presentación de la forma más elegante posible, para así saciar cualquier duda que tuvieran de sus habilidades.
Valentía se volvió a poner de pie a grandes fuerzas, sintiendo como si desde el mismo infierno la agarraran para impedir que se levantara. La gravedad la atraía como un imán gigante, pero logró salir victoriosa ante sus demonios ficticios. Al intentar alejarse de la zona de ataque se quedó inmóvil: sus piernas no atendían a la petición de su mente, se desconectaron por completo y, por consecuencia, cayó de rodillas vencida. Se golpeaba ambas piernas mientras las maldecía por su debilidad. Al levantar la vista, Ginnett ya se encontraba frente a ella. Valentía gritó, demostrando toda la determinación y orgullo que aún conservaba —gracias a estas emociones seguía consciente, superando el dolor que su cuerpo sentía de forma natural—. Ginnett aplicó el descifrado de signos y hizo que Valentía saliera despedida hacia el cielo. Estando encima suyo, lanzó una esfera de magia bastante grande.
Valentía, en el aire, maldijo por no ser suficiente para hacer frente a alguien que la había insultado, subestimado y ninguneado con extraordinaria facilidad. Se sintió como un muñeco de trapo que sólo había estado de adorno en la arena de combate; había dado todo su esfuerzo y aún así ni siquiera logró darle un golpe. Miró hacia su costado y el tiempo se ralentizó cuando su mirada encontró a Hastel y Máron: entre toda la gente presente ellos brillaban, eran su faro en una noche de tormenta perdida en el mar. La mirada de preocupación de ambos hizo que su corazón se acelerara y su piel se erizara de emoción, encontrando nuevamente la razón para no darse por vencida. Se avergonzaba de que la vieran en esa situación tan desfavorable, pero gracias a ellos decidió que aún no era tiempo de caer.
Valentía invocó su martillo y, con toda la fuerza que le quedaba, golpeó la esfera de magia que Ginnett le había lanzado. Le costó horrores despegarla del camino; sus brazos ardían por el desgaste sufrido. Aun así, giró hacia la derecha con el mismo impulso que había desviado la esfera, y mientras lo hacía hizo crecer su arma enormemente. Era una bestia gigante; la multitud se impresionó al ver a una muchacha tan pequeña manipular con total naturalidad un arma de semejante tamaño. Giró sobre su propio eje mientras caía encima de Ginnett y lanzó su golpe con la mano izquierda contra ella. Con reflejos anormales, Ginnett golpeó el suelo con su pie, levantando una pared de tierra de unos dos metros de grosor, y desde su lado invocó una barrera de magia para amortiguar todo el daño posible.
El martillo impactó de lleno, rompiendo la pared y la barrera de magia con total facilidad. Dió directamente en el brazo derecho de Ginnett, que lo tenía doblado por el descifrado de signos de defensa que había aplicado. Ella salió despedida e impactó contra la pared con extraordinaria violencia. Todos en las gradas se exaltaron de emoción por el gran contraataque de Valentía.
La madre de Ginnett se puso de pie enfurecida, cegada por una ira a la que no sabía cómo hacerle frente. Observaba cómo su hija luchaba a grandes fuerzas para ponerse de pie, lo que aumentaba aún más su enojo. Ginnett estaba despeinada y con sangre en el rostro: una total deshonra para su familia. La miraba con desprecio desde la lejanía, no comprendía cómo había podido terminar en una situación tan vergonzosa.
—La estúpida acaba de usar la maldita herencia contra esa enana.
Ginnett trató de ponerse de pie con rapidez, usando inconscientemente solo una mano mientras buscaba con miedo a su familia. Desentendida de lo que acababa de suceder, logró ponerse de pie, pero volvió a caer al suelo al sentir en su codo un dolor indescriptible. El tacto en esa zona la hizo querer gritar, pero se guardó la emoción por la presión de su familia: no podía mostrar tal debilidad, sería una vergüenza. Su mirada encontró a Valentía a lo lejos y la observó con desprecio y toda la ira por la escena que le había hecho vivir.
—¡¡¡MALDITA ENANA!!!
Se tomó del codo mientras le gritaba a Valentía, y se horrorizó al descubrir que tenía el codo fracturado. Se asustó y quedó anonadada ante la situación; no quería ni imaginar qué habría pasado si no hubiera utilizado toda esa defensa para frenar el impacto. A pesar de todo su enorme esfuerzo, había terminado con semejante daño. Trató de analizar cómo había sido posible tal descuido por su parte, cómo había logrado confiarse de esa manera. Se avergonzaba al darse cuenta de que sus padres habían visto cómo había usado su herencia en la pelea y se odiaba a sí misma por no haber analizado mejor la situación.
—No tengo victorias tan notables como las tuyas, pero te sorprendería con las derrotas que logré sobrevivir. ¡No me daré por vencida!
Valentía pronunció estas palabras con todo su orgullo. Su ropa rasgada, sus brazos lastimados y el brillo natural en su rostro eran dignos de una postal. Colocó su martillo sobre su hombro mientras miraba a Ginnett con toda la seguridad que había ganado gracias a Hastel y Máron.
—¡¡¡Comienza el segundo round!!!
Había dejado a Ginnett golpeada y perdida; por fin logró conectar un golpe. No podría haber pedido algo mejor: su voluntad se había hecho presente y la había puesto por encima de todo. Ahora tenía total seguridad de sí misma.




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