Gedymo – En La Última Página De Ayru.

Capítulo. — 38.

Ginnett trataba de camuflar su dolor; no se reflejaba nada en su rostro. Poco a poco logró recomponer su compostura: no debía ponerse nerviosa, tenía que volver a tomar el control total de la pelea.
Estaba a punto de comenzar una nueva contienda; todo se había reiniciado. Las emociones estaban a flor de piel, y los nervios y el orgullo predominaban en la arena. Ya nadie sabía el desenlace que podría tener la lucha, pues Valentía los había sorprendido a todos al contraatacar en el aire. Había golpeado a un Élipson, y no solo eso: lo había hecho sangrar. Todos los presentes vieron que Ginnett tuvo que usar su herencia para frenar el golpe; no había pasado desapercibido, menos aún por el grosor de la pared que había levantado. Valentía había logrado romper su defensa con toda facilidad.
—Maldita mugrienta, no tomes tanta confianza. Solo tuviste suerte porque me confié.
Ginnett pronunció estas palabras mientras rasgaba la manga de su remera para usarla como paño en el codo. A pesar de todo el dolor que llevaba, su rostro no reflejaba absolutamente nada del caos que vivía en su interior.
—¿Suerte? ¡¿LE LLAMAS A ESTO "SUERTE"?! Tu cuerpo dice lo contrario.
Ginnett comenzó a reír a carcajadas por las declaraciones tan absurdas de su contrincante; en su mente era un completo delirio creer que Valentía tuviera la mínima oportunidad contra ella.
—Niña, soy una Gurnamental desde los diez años. Maté a muchos mugrientos que se creían rebeldes en busca de libertad. Me vi en situaciones donde mi vida corría peligro, donde tú y todos los que conoces solo se dedicarían a suplicar por sus insignificantes vidas. Completé cada maldita misión que se me encomendó sin ningún error, sin ningún estúpido percance. ¿Crees que esto me pone en aprietos? Estás completamente equivocada: te vuelvo a repetir, solo fue un golpe de suerte por mi descuido, nada más.
Valentía se lanzó contra ella e intentó golpearla con el martillo, haciéndolo con toda su fuerza. Impactó contra Ginnett, pero al verla se dio cuenta de que su golpe había sido detenido por esta solo con su mano derecha. Valentía se impresionó al ver que había logrado frenar semejante impacto con su brazo lastimado.
—Me ofende que hayas creído que un maldito codo fracturado iba a detenerme. Esto no es nada comparado con lo que viví.
Ginnett se agarró del mango del martillo. Valentía intentó quitárselo, pero le era imposible: la tenía con demasiada fuerza. Ginnett la miró a los ojos con una mirada siniestra; sus ojos comenzaron a brillar y el ambiente se volvió pesado. Una aura asesina se hacía visible alrededor de ella. Valentía se quedó inmóvil por el terror que la invadía: su cuerpo no respondía, su respiración se aceleró al mismo ritmo que su corazón, la falta de aire se hizo presente y su cuerpo no paraba de temblar.
—¿Qué pasa? Quita tu estúpido martillo, goblin.
Valentía intentaba sacar su arma, pero no había caso: era imposible, más por la presión del ambiente y la presencia de Ginnett que por falta de fuerza. No podía concentrarse por completo; cada vez se sentía más inundada bajo el efecto desconocido que desprendía su contrincante. Al no soportarlo más, saltó hacia atrás. Una vez a distancia segura, se tomó del pecho tratando de aliviar su malestar lo más rápido posible, por si Ginnett tenía intención de atacarla.
—¿Ves la clara diferencia que hay entre nosotras, enana? No tienes ni la más remota idea de lo que acaba de suceder. Ahí está la brecha gigante que nos separa como personas: eres solo una niña básica sin ningún tipo de destino en esta vida, solo gastas oxígeno.
Valentía trataba de prestar toda la atención posible, pero estaba sumergida por completo en su mundo tratando de encontrar respuestas a lo que acababa de vivir. Pero antes de siquiera concentrarse en una idea, vio que Ginnett estaba frente a ella. Lo único que logró distinguir fue la sonrisa confiada que llevaba puesta: no le dio tiempo para nada más, había sido demasiada rápida.
Ginnett abrió su mano izquierda por completo frente al rostro de su adversaria, recitó el descifrado de signos y lo lanzó directamente sobre ella. Valentía salió despedida hacia atrás unos metros de distancia.
Máron se arrimó al barandal que separaba las gradas de la arena; estaba impresionada con lo que acababa de ver y no podía creer que, a pesar del semejante daño sufrido, Ginnett aún tuviera la templanza de frenar un golpe así.
—¿Cómo pudo frenar ese golpe teniendo el brazo quebrado? ¡Qué impresionante!
Melcifer, al oír la inquietud de Máron, centró toda su concentración en Ginnett para saciar la duda planteada.
—¿Máron, ves que tiene vendado el brazo? Eso significa que acaba de ocultar un pergamino debajo para fortalecerlo. El dolor no desaparece ni se cura, pero hace que al menos pueda usar su brazo casi como si estuviera bien. Como no veo moretón o hinchazón, significa que no fue quebrado; tal vez lo tenga fracturado. Aun así, me impresiona que tenga semejante fuerza mental para ocultar el dolor que debe estar viviendo.
—No sabía que había descifrados de fortalecimiento. No se vale, ya que Valentía no puede curarse ni fortalecerse así.
—No, pero los Cryders se caracterizan por tener un cuerpo formidable, al igual que una gran resistencia física, ya que deben manipular sus armas ancestrales. Por eso deben superar ese desafío físico. Parece que la naturaleza benefició a los Nor en esta desventaja.
—Aferrate al suelo, Valentía. Es un desperdicio que sigas con esta pelea, así que sé sensata y date por vencida. Estás siendo superada por creces por mí.
Ginnett observaba cómo una nube de polvo cubría la escena; desde su posición no lograba ver nada, así que no sabía en qué estado se encontraba Valentía, solo asumía que estaría desmayada en el suelo.
De repente, sus sentidos se pusieron en alerta al sentir un movimiento proveniente de atrás. Esquivó con facilidad, abriendo paso al martillo de Valentía que se dirigía a ella. Al llegar, lo tomó con firmeza. La nube de polvo se despejó y vio a su contrincante de rodillas en el suelo, la mirada agachada. A pesar de la distancia que las separaba, se notaba que le costaba respirar: estaba muy agitada, ya que su cuerpo estaba siendo llevado al límite.
—¿Darme por vencida? No me hagas reír. Si aún puedo respirar, significa que todavía tengo fuerzas para seguir.
Valentía se tomó del pecho mientras mostraba una enorme sonrisa frente a ella. Ese brillo volvió a aparecer en sus ojos; estaba más que segura de sus propias palabras.
—Sí, aún sigue latiendo.
—Bien, como quieras. Traté de ser benevolente contigo, pero si mueres, no me culpes.
—¡Inténtalo si puedes, estúpida engreída!
Ginnett se tomó su tiempo para volver a limpiar su ropa. Aunque esta vez tenía algunas partes rotas —evidencias de la lucha—, algo había cambiado en ella: se tomó el debido tiempo para recogerse el pelo y atarlo para mayor comodidad, no quería que nada la estorbara.
Valentía, por otro lado, se puso de pie mientras mantenía su mano en el pecho. Poco a poco fue recuperando su compostura, y su respiración tan agitada fue disminuyendo con el correr de los segundos. Logró calmarse y tener ideas claras.
—No me falles, corazón.
Se dio dos golpes en el pecho y la miró con toda su confianza. Ginnett sabía a estas alturas que no sería tan fácil como se lo había imaginado, pero aún así su confianza y su soberbia estaban presentes. Sabía que al final ganaría; el problema ahora sería cuánto tiempo debía invertir para lograr su cometido.




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