Gedymo – En La Última Página De Ayru.

Capítulo. — 40.

Ginnett tenía la mirada agachada; estaba en shock, su cabeza era un alboroto y no pensaba con claridad. La ira era la emoción predominante en su corazón: no podía creer en la situación en la que se encontraba. Dos gotas cayeron de su labio; al tocar el suelo, notó que eran de color rojizo. Con dos dedos se tocó el labio y su teoría, armada en un segundo, resultó verídica: había sido lastimada. Poco a poco se reincorporó a la realidad y logró escuchar las palabras que Valentía le había dedicado.
—¿No hay diferencia? Te mostraré que estoy en otro nivel, maldita inmunda.
Ginnett se envolvió en una aura que le daba pavor a Valentía: era de color negro con tonos rojizos. Esta trató de huir, pero sus piernas no respondían —estaban ancladas al suelo—. Su corazón aceleraba sus pulsaciones mientras un miedo inminente se hacía presente; estaba bajo un estrés agobiante.
Ginnett se lanzó contra ella y comenzó a golpearla una y otra vez sin dar descanso. Valentía lograba esquivar algunos golpes solo por instinto natural, ya que esa sensación de pavor aún no desaparecía del todo.
Ginnett se alejó para recuperar energía, con la vista centrada en Valentía, que yacía en el suelo. Esta trataba de levantarse, pero le costaba enormemente: sus brazos temblaban, sus piernas estaban agotadas y no lograba ponerse de pie a pesar del gran esfuerzo que desplegaba. Ginnett la observaba a lo lejos y, al ver que no conseguía su propósito, sonrió.
—¿Crees que solo con tu voluntad vas a poder enfrentarte a quien sea? Estás equivocada. No tienes que ser tan imbecil para saber cuándo darte por vencida: hay peleas en las que solo hay que rendirse.
Valentía seguía luchando por ponerse de pie, dando todo su esfuerzo para hacerlo posible. Estaba realmente frustrada; odiaba su pequeño cuerpo por no ser lo suficientemente fuerte como su mente y estaba al límite. Ginnett se enfureció al ver que no la había escuchado, no comprendía cómo aún quería ponerse de pie a pesar de todo el daño que llevaba encima.
—No tiene caso que te levantes: te volveré a tirar una y otra vez. ¡Ya rindete!
Valentía gritó de dolor mientras aplicaba cada vez más fuerza; sus brazos comenzaron a sangrar debido a la presión y sus piernas no dejaban de temblar. Hasta que al fin logró ponerse de pie nuevamente. Ginnett se quedó con la mirada perdida tratando de entender la situación, escarbando en lo más profundo de sus recuerdos para saciar aquel instinto de curiosidad que le provocaba su contrincante. Hasta que, en un flashback, unas palabras de un hombre a quien tuvo el privilegio de conocer resuenaron en su mente:
—"Las personas más fuertes son las que más veces perdieron en la vida, ya que lograron interponerse ante cualquier adversidad y sacaron lo mejor de aquella derrota".
Esta frase resonaba en la mente de Ginnett, que no quitaba la mirada de Valentía mientras luchaba por mantenerse de pie. En ese instante logró comprender aquellas palabras retenidas en su memoria durante años; pudo entender en primera persona lo que una persona está dispuesta a hacer y lograr gracias a su voluntad.
—¿Por qué? No lo entiendo. ¿Por qué sigues de pie? No tiene caso, estás en desventaja.
Valentía se tomó su tiempo para calmar su cuerpo y su corazón; debía recuperar la energía perdida al ponerse de pie. Estaba raspada, con sangre, cubierta de tierra y su ropa bastante rota: vestigios de la gran lucha que había librado.
—Porque les juré a dos pequeños que moriría con gloria, y eso pretendo hacer. Así que prepárate.
Al terminar de hablar, estiró su brazo izquierdo hacia el costado para atraer su martillo. Al agarrarlo, su brazo cayó al suelo debido a la fatiga, así que lo hizo más pequeño para manejar mejor su peso.
La risa de aquel hombre resonaba en la mente de Ginnett debido a la respuesta tan contundente que le había dado. El hombre se acercaba a ella, le acariciaba la cabeza mostrando su mejor sonrisa mientras trataba de calmar su risa:
—"Espero que lo comprendas antes de enfrentarte a alguien así, rojita".
Volvió a la realidad al ver que el martillo de Valentía se acercaba a ella. Logró amortiguar el golpe con su brazo izquierdo, pero fue a puro reflejo y no logró zafarse de todo el daño. Miró al frente distraída y observó que Valentía tenía el brazo derecho estirado, sin sostener su arma en ninguna mano. Antes de darse cuenta, fue golpeada desde atrás por aquella arma: no solo fue un impacto, sino que el martillo se quedó adherido a su cuerpo, haciéndola acercarse a alta velocidad a Valentía, que la esperaba para darle un golpe. Al llegar, esta hizo lo planeado, pero Ginnett se cubrió el rostro con ambos brazos y su defensa le favoreció. Luego, le dio una patada en el mentón y se alejó nuevamente.
Valentía se limpió la sangre que salía de su labio a causa de aquella patada.
—¿Qué sucede? ¿Estás distraída? ¿Ya estás cansada, sangre pura?
Ginnett estaba de rodillas en el suelo, agarrándose su brazo lastimado. Le dolía horrores y ocultar el dolor le resultaba una tarea tediosa y abrumadora.
Gracias a las palabras de Valentía logró recomponerse nuevamente: había logrado ofenderla.
—Terminemos de una maldita vez, estúpida goblin.
Se rasgó la manga de su remera, se untó el dedo en la sangre que tenía en su cuerpo y hizo el descifrado de signos sobre la prenda.
—Me parece perfecto.
Valentía atrajo el martillo estirando su mano y se puso en guardia. Ya estaban echadas todas las cartas; la finalización de la batalla estaba cada vez más cerca, faltaba poco para saber quién seguiría de pie en la arena. La gente lo sabía y se exaltaba de emoción por haber presenciado semejante espectáculo.




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