Gedymo – En La Última Página De Ayru.

Capítulo. — 41.

Hastel observaba la pelea, pero estaba perdido en sus pensamientos. Aquella frase —"le juré a dos pequeños morir con gloria"— resonaba en su mente; trataba de buscar la procedencia de ese dicho, ya que la había usado cuando estaba con Máron. ¿Por qué ella la conocía? Una de las tantas preguntas que se hacían presentes en su cabeza. Observaba con determinación a Valentía, hasta que de pronto recordó:
—¡Máron! Ya sé quién es ella.
Máron, completamente inmersa en la pelea que se desarrollaba, no le prestó la más mínima atención a lo que su hermano le decía con entusiasmo.
Hastel, al verse ignorado, optó por acercarse y hablarle más cerca para que toda su atención se dirigiera a él:
—Valentía es la niña que rescatamos cuando perdimos a papá.
Máron, al oírlo, se dio cuenta de quién era aquella muchacha: no era una simple desconocida, habían sido compañeros y amigos en un momento oscuro de sus vidas.
—Tienes razón, fue en la ciudad de Carmenn. ¡Maldita sea, eres un idiota! Debiste habérmelo dicho antes.
—Sí, yo también me acabo de dar cuenta.
Máron se arrimó a las barandas de la arena; en su rostro había un brillo bastante particular, ya que en su corazón se trataba del reencuentro con una vieja conocida. No podía creer que no se hubiera dado cuenta antes, pero no había tiempo para pensar en lo que pudo haber sido: lo que realmente importaba era vivir el presente.
—¡Valentía, tú puedes! Tienes que ganar. Hastel ya se acordó de ti, ¡pateale el maldito trasero!
Valentía se emocionó al saber que ambos se habían acordado de ella; su pequeño corazón estremecía y le daba aún más fuerzas para seguir. Sus ojos brillaban de emoción, y aquella chispa que parpadeaba tenuemente se encendió con fuerza.
—Qué chica tan ruidosa, por favor. Debería estar callada.
—No le hables así a mi amiga.
—¿Amiga? ¿Esa chica tan rara es tu amiga? Te compadezco.
La lucha se reanudó. Valentía estaba aún más dispuesta y segura en sus movimientos; por otro lado, Ginnett evidenciaba el cansancio y el dolor que soportaba. Aun así, la pelea no decepcionó a nadie: la arena estaba casi destrozada por la intensidad del combate. Cada vez que podía, Ginnett miraba a sus padres para ver su reacción, pero estaban igual que siempre —nada los impresionaba. Mientras tanto, el lado de Valentía recibía todo el apoyo de sus amigos, lo que alteraba el corazón de Ginnett. Desde su punto de vista, ella estaba ganando por creces, así que ¿por qué apoyaban a la contrincante? Aun cuando se sentía victoriosa, no recibía ningún elogio de su entorno más cercano, lo que la frustraba bastante, aunque no lo suficiente como para desconcentrarse.
Ambas se mantuvieron a distancia recuperando el aire perdido. Valentía estiraba su cuerpo para aliviar cualquier malestar muscular que pudiera aparecer en un momento inoportuno.
Ginnett se sostenía levemente del brazo derecho; la barrera que había puesto había desaparecido, ya que concentrar su magia en ese punto la había agotado demasiado y no podía retenerla más. Debía dejar el brazo expuesto.
—Lo siento, enana. Ya no soporto tu cara. Te aviso: terminaré esta pelea, ya no sufrirás más.
—Ya dijiste eso y aún sigo de pie, engreída.
Ambas corrieron para enfrentarse casi en el centro de la arena. Valentía se lanzó sin su martillo para que Ginnett no pudiera leer su movimiento; estaba atenta a su mano izquierda, ya que aún no había usado aquel descifrado de signos y este podría ser el momento.
Ginnett estaba concentrada, mirando fijo los ojos de su adversaria: sabía que cualquier movimiento que hiciera se reflejaría en su mirada.
Casi cara a cara, Valentía estiró su mano para atraer su martillo, pero no era más que una finta —su verdadero movimiento era invocarlo en la otra mano.
Ginnett se distrajo y cayó en la trampa, pero antes de ser golpeada desapareció por un segundo. Esto desconcertó a Valentía: se suponía que no le quedaban más pergaminos para usar, no era posible que empleara tal movimiento.
Ginnett apareció detrás de ella; había logrado pegarle un pergamino sin que se diera cuenta y finalmente lo había usado a su favor. Valentía giró con ira por caer en un plan tan simple. Desde la mano izquierda de Ginnett salía un brillo y un sonido característico: aquella gran esfera impactó de lleno en la espalda de Valentía, haciendo que esta se estrellara contra el suelo y creara un pequeño cráter.
Ginnett cayó al suelo con elegancia y se acomodó el pelo, al igual que su ropa.
—Te di la oportunidad de rendirte y no quisiste. Debo decir la verdad: creí que esta estúpida pelea me llevaría menos tiempo.
Al terminar de hablar, levantó la mirada en busca de sus padres, pero aún así no mostraban ningún tipo de sentimiento. Esto la enfureció: ni siquiera esto era suficiente para obtener su aprobación.
—¡Malditos viejos! —se decía a sí misma en voz baja—.
Su atención se dirigió hacia las gradas al oír gritar a un chico el nombre de Valentía.
—Ese es el chico maleducado de esta mañana. Así que se conocían, eso explica por qué era tan salvaje.
—¡¡¡VALENTÍA!!!
Hastel gritaba desde las gradas. Este pequeño gesto hizo que ella recobrara la conciencia al reconocer su voz. Desde el suelo, pronunciaba el nombre de su amigo en un tono apagado y ahogado; estaba boca abajo, así que era difícil verla con claridad y solo podía usar un ojo debido a su postura.
—No puedes darte por vencida, tienes que levantarte. Aún te oigo respirar.
Valentía sonreía casi oculta gracias a las palabras que le dedicaba. Se tomó unos cortos segundos para sentir su cuerpo, pero no había caso: no lo sentía del todo, estaba entumecido.
—¿Qué hace? ¿No se da cuenta que ya no puede más?
Ginnett observaba a Hastel mientras le hablaba a distancia; este debía usar un tono elevado para que sus palabras se comprendieran casi a la perfección.
—¿Vas a dejar que se salga con la suya? No eres así, tú aún puedes luchar.
—No puedo levantarme, maldito cuerpo. Me duele todo, maldición.
Valentía trataba de soportar sus lágrimas, luchaba por retenerlas, pero no había caso: algunas lograron escabullirse por su mejilla, entorpeciendo su vista. Su respiración se aceleraba por la impotencia que sufría.
—Sé que aún puedes pararte. Levántate y demuéstrale que está equivocada. Tú eres mejor que ella.
—¡Eso quiero! Pero no puedo moverme, no siento nada.
Valentía hacía todo el esfuerzo posible para mover cualquier extremidad, la que fuera. No quería que todo terminara así; sentía que aún podía dar pelea, si tan solo su cuerpo estuviera de acuerdo. Maldecía su estado físico, ya que se sentía a punto de darse por vencida.
—No puedes acabar así, debe ser de la misma forma que Gourden.
Al terminar de hablar, Máron, Melcifer, Hannabi y Loren también le dieron su apoyo a su manera; todos alentaban a Valentía, que luchaba por ponerse de pie, pero su cuerpo no respondía: había llegado al límite.
—Qué inmundicias, esta pelea ya se acabó.
Ginnett dio media vuelta para retirarse, dio un paso y se frenó en seco al oír un estruendo en el suelo —al mismo tiempo, el piso de la arena vibrió. Se giró y se encontró con Valentía de pie, aferrada a su martillo: estaba cubierta de sangre, toda su ropa estaba rota y pintada del color de la tierra.
—¡¿QUÉ?!
Ginnett estaba desconcertada; no podía explicarse cómo seguía de pie. Era imposible luego de semejante daño, no podía estar parada frente a ella con esa mirada desafiante. Comenzó a sentir miedo y su seguridad se desvanecía; ya no tenía idea de qué hacer para hacerla caer.
—Tienes razón, Hastel. Aún late… sigue latiendo un poco más.
Valentía se tocó el pecho mientras sonreía con brillo. Una mirada de agradecimiento iba dirigida a las gradas, ya que gracias a ellos había podido salir de aquel pozo y de la oscuridad.




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