Gedymo – En La Última Página De Ayru.

Capítulo. — 42.

Ginnett estaba enojada; no tenía ninguna pena en mostrar aquella emoción que la desbordaba. Ya era suficiente: ¿hasta cuándo seguiría esta pelea? Su cuerpo se había relajado al dar por finalizada la batalla, y en su mirada empezaba a reflejarse el cansancio.
—¿Por qué sigues de pie? Es absurdo que sigas haciendo esto, no tiene ningún sentido. Te superé en todos los malditos aspectos, soy mejor que tú.
—Porque tengo amigos que confían en mí.
—¿Amigos? ¿ACASO ES UN CHISTE? No seas tan infantil, enana.
Valentía lanzó su martillo: era del tamaño de una silla, más pequeño de lo normal, ya que su débil cuerpo no podía soportar tanto peso en las condiciones en que se encontraba.
—Ni siquiera puedes lanzar tu estúpida arma bien.
Antes de terminar de hablar, vio que Valentía se acercaba como si estuviera volando. Al llegar, le dio un golpe en la cara que la hizo retroceder, lo que aumentó la ira de Ginnett.
Comenzaron a luchar cuerpo a cuerpo sin tomarse distancia alguna; estaban cara a cara, dando todo de sí.
Luego de una seguidilla de golpes, Ginnett se detuvo en seco y la tomó de los brazos. Con un movimiento admirable, la tiró al suelo y se colocó encima de ella.
—Aprenderás que no todo se gana a base de esfuerzo. El talento natural está por encima de todo; no importa lo que hagas, jamás me superarás.
Con ambos pies apretó sus brazos para inmovilizarla por completo. Con su mano derecha la tomó de ambas mejillas y la hizo girar para que mirara hacia las gradas.
—Dile adiós a tus amigos.
Valentía sentía impotencia; estaba enojada y luchaba por zafarse, pero no había caso debido al cansancio acumulado que cargaba. Cada movimiento que hacía en su intento de escapar le dolía demasiado. Ginnett se burlaba de sus esfuerzos: sabía que la tenía acorralada, no había forma de que saliera, y podía saborear por fin la victoria.
Ginnett posó su mano izquierda en el rostro de Valentía mientras se reía; su palma comenzó a brillar y a emitir ese sonido tan particular al descifrar un signo.
—Tranquila, no te mataré. Tienes los ojos del mismo color.
Valentía se sentía indefensa, bajo los efectos de la ira, tratando de pensar a toda velocidad en alguna idea que la ayudara a salir de la situación. Hasta que su mente brilló con el plan que había preparado: por unos segundos se había olvidado de la trampa que tenía para Ginnett. Al ser atrapada y llevada a esta situación, creyó que ya no sería efectiva, pero había una salida.
Valentía se rió en el rostro de Ginnett mientras silbaba y, con un movimiento de cabeza, le indicó una dirección. Ginnett giró la vista hacia el lado apuntado, pero antes de siquiera ver qué era, fue golpeada en el brazo derecho. No le dio ninguna posibilidad: sus reflejos fueron insuficientes, nunca escuchó nada ni logró ver algo. El impacto fue directo y la sacó despedida del lugar.
Ginnett comenzó a gritar de dolor mientras se agarraba del codo. Al sentirlo al tacto, supo que estaba quebrado. Al pensar que su brazo quedaría inutilizable, se desesperó, ya que estaría en desventaja. Las lágrimas iban saliendo poco a poco, evidenciando el sufrimiento que vivía: no había manera de ocultar su dolor, pues había sobrepasado su límite. Lloraba en silencio y a escondidas de todas las miradas curiosas que se posaban sobre ella —era el único consuelo que tenía para afrontar la realidad que le tocó vivir.
Poco a poco se obligaba a mantener la compostura; respiraba con mucha dificultad, ya que luchaba internamente por soportar el dolor y no mostrar evidencia alguna, pero le costaba horrores camuflarlo. Cuando logró calmarse, miró hacia las gradas: su mirada se agrandó y en ella floreció la tristeza. Sus padres se estaban yendo del estadio sin mirarla. La observaba a lo lejos mientras aumentaba la distancia entre ellos, y sentía cómo su corazón se desprendía, como si fuera de lana y ellos tiraran de esa pequeña hebra hasta que su forma desapareciera por completo.
Ginnett los observaba con culpa y tristeza; ya no podía ocultar sus emociones, que la habían superado por completo. Nunca pensó en privar a su corazón de sentirlas. Sus ojos se cristalizaron de nuevo, y sin pedir permiso las lágrimas comenzaron a recorrer sus mejillas. Ni siquiera el picor la hacía volver a la realidad: los miraba con la tenue esperanza de conmover al menos el corazón de ambos al ver a su hija en ese estado tan deplorable. No podía creer lo que veían sus ojos y se odiaba a sí misma por no ser lo suficientemente fuerte como sus padres esperaban. La sensación de haberlos decepcionado la mataba por dentro; no podía creer que otra vez les había fallado.
Se quedó de rodillas en el suelo mirando las gradas, estúpidamente esperanzada de que no fuera lo que creía, que fuera una ilusión. Trataba de engañarse a sí misma con ideas irreales para no aceptar la realidad que le tocaba vivir: que se dieran cuenta del daño que provocaban al dejarla sola a la deriva. El estadio se silenció, y solo quedó el sonido de su corazón, que disminuía sus pulsaciones con cada paso que daba su familia. Su respiración se hizo más lenta, y una presión en el pecho le recordaba que aún estaba viva. Sentía como si su corazón fuera de vidrio y se hubiera roto dentro de su pecho. El dolor en el brazo había desaparecido; ni siquiera todos los golpes que Valentía le había dado en esta batalla se comparaban con el daño que ahora llevaba. Mientras la herida en su corazón crecía a gran velocidad, podía sentir cómo se desangraba por dentro y salía en forma de lágrimas.
Al ver que sus padres abandonaban el estadio, sintió un vacío. No lograba escuchar nada, comenzaba a sudar en frío y sus manos temblaban sin poder dejar de llorar. Quería desaparecer, dejar de sentir y de pensar.
Comenzó a golpear el suelo con su mano izquierda, ya que no comprendía cómo había podido decepcionarlos después de prometerles que saldría victoriosa. No le importaba si no la elogiaban, aprobaban sus movimientos o aplaudían cada golpe acertado: solo necesitaba que estuvieran ahí. Eran su cable a tierra; el simple hecho de tenerlos presentes recargaba su corazón y era su razón para no darse por vencida. Porque a pesar de todo, seguían siendo sus padres, y quería con toda su alma ser el orgullo de ambos —digna de elogios y de ser un ejemplo—, pero en ese momento no lo era y sentía que jamás llegaría a estar en semejante pedestal.
Logró recomponerse después de unos cortos minutos que, para ella, fueron horas: nunca había vivido un momento con tanta lentitud. Se secó las lágrimas y las mejillas, aunque se ensuciaba al tener la mano llena de tierra. Con su ropa terminó de limpiar la cara y borrar cualquier evidencia de la tristeza y el dolor que había sufrido.




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