Gedymo – En La Última Página De Ayru.

Capítulo. — 43.

Vuelve a la realidad al oír el grupo de amigos de Valentía que la estaban alentando. La envidia la invadió por completo; estaba enfurecida, ya que no comprendía cómo apoyaban a una persona que ella consideraba débil.
—Bien, terminaré con esto.
Valentía pronunció esta corta frase mientras la observaba. Ginnett tenía una mirada de odio y tristeza al mismo tiempo; al dar unos pasos, cayó al suelo rendida: sus piernas se habían desconectado por completo.
—¿Qué… qué pasa? ¡Muévase, estúpidas piernas! No es el momento de hacerme esto, maldita sea.
Ginnett se dedicaba estas palabras mientras se golpeaba las piernas con ambas manos, maldeciendo y gritando, llenando el ambiente de insultos. Pero no había caso: no podía moverse, había llegado a su límite. Se acomodó con las piernas extendidas mientras trataba de respirar con normalidad y calmarse para reiniciar su cuerpo. No debía entrar en pánico, tenía que estar calmada y serena; creía que así lograría retomar el control de sus piernas, pues no se le ocurría ninguna otra solución factible en tal situación.
Ginnett logró calmar su corazón, apartando la tristeza. La emoción que predominaba en todo su ser era la ira: estaba enojada, enfurecida, hasta consigo misma. Quería romper la arena en pedazos para aliviar su estrés.
Se puso de pie mientras esa aura la envolvía por completo. Valentía volvió a sentir ese pavor indescriptible y se golpeaba las piernas con la velocidad que su cuerpo le permitía: debía ponerse de pie y alejarse antes de que la distancia dejara de ser segura. Por un acto de adrenalina, sus piernas lograron sincronizarse con su mente nuevamente, así que se volvió a poner en pie. Pero al tratar de ponerse en guardia, Ginnett ya estaba frente a ella —había sido aún más rápida que sus sentidos. Con un golpe en el estómago, la hizo elevarse por los aires; saltó hasta alcanzarla para darle otro golpe y estamparla contra el suelo. Antes de que Valentía pudiera levantarse, Ginnett cayó encima de ella y la golpeó nuevamente. Esta última le pegó en las costillas para alejarla y tomar distancia para recuperarse.
Ambas permanecieron inmóviles, mirándose a los ojos sin decir una palabra. Lo único que se escuchaba eran los jadeos al respirar; a simple vista se notaba que les costaba mantenerse de pie. Ya no les importaba mostrarse de esa manera tan vulnerable: estaban cansadas hasta de fingir emociones, y por primera vez se mostraban como realmente eran. Las dos estaban expectantes a cualquier movimiento; hasta ese gasto mental debían seguir sometiéndose.
—Debo admitir que me impresionaste, enana. Te felicito por eso.
—Debo decir lo mismo, pelirroja. Eres demasiado fuerte, una digna rival.
—¿Rival? Por favor, aún no estás en ese nivel.
Valentía sonrió con orgullo; al parecer fue la única que lo tomó de manera diferente y vio algo más allá de sus palabras.
—¿Qué te parece, enana, si finalizamos esta pelea en el siguiente ataque? Viendo que tu cuerpo superó sus propios límites.
—Me parece perfecto. Parece que ya no puedes ni siquiera respirar.
Valentía invocó su martillo mientras sonreía; estaba entusiasmada y completamente segura de sí misma.
Ginnett se sostuvo del codo mientras se dedicaba unas palabras de aliento: debía resistir un poco más. Se puso en guardia solo con un brazo, ya que el derecho estaba inutilizable debido a la fractura sufrida.
Ambas corrieron hasta encontrarse. Ginnett colocó ambas manos detrás de su espalda; Valentía observó que una luz tenue comenzaba a brillar en su mano izquierda. Sabía que usaría esa extremidad, ya que la otra estaba inservible, y sonrió al leerla con antelación. Antes de golpear, cambió hacia la mano derecha para hacer un choque: sabía que podría resistirlo, mientras que Ginnett quedaría en completa desventaja. Al lanzar su golpe, Ginnett estiró la mano izquierda y repelió el martillo de Valentía, quien quedó enmudecida: sin tocarla ni usar ningún descifrado de signos, la había desarmado por completo. Inmediatamente la tomó del brazo derecho, dejándola expuesta. Valentía sonrió y estiró su mano para golpearla en el recorrido hacia su arma, pero Ginnett le dio un cabezazo en la frente para desconcentrarla y evitar que concretara el movimiento. Con mucho sufrimiento, apoyó su brazo derecho en el pecho de Valentía.
—¿Creíste que no sería capaz de sacrificar mi brazo? Esta victoria es mía.
Ginnett, con todo el dolor del mundo, apoyó la palma de su mano en el pecho de ella mientras gritaba para aliviar ciegamente el sufrimiento, que era indescriptible: no hay palabras suficientes para plasmar lo que vivía en ese instante.
—¿Estás loca? El retroceso te arrancará el brazo.
—¿Crees que me importa? No seré la única que defraude a su familia. No dejaré en vergüenza al linaje Élipson: debo ganar como es debido.
Su palma brilló mientras el sonido del descifrado de signos se mezclaba con sus quejas en tono elevado —era su forma de manejar la situación y sobrellevar el dolor.
Lanzó el descifrado de signos en modo de chorro; debido a la intensidad, su ropa se iba deshaciendo. Sostenía su codo mientras gritaba y aguantaba el retroceso que la impulsaba en dirección contraria. Los recuerdos de sus padres recriminándole que era un desperdicio venían a su mente: esa era su motivación para soportar semejante daño, quería demostrarle a todos que era aún mejor de lo que creían.
La arena se cubrió de polvo; no se veía nada. Los espectadores estaban desesperados por saber quién seguía de pie. Al dispersarse una parte del polvo, notaron que la figura oculta detrás de la tierra pertenecía a Ginnett: estaba de pie mientras luchaba por mantenerse despierta, sostenía su brazo que sangraba —tenía un color morado y rojo—, su vista estaba borrosa y le costaba oír con claridad. La gente se exaltó al verla de pie; al parecer era la única consciente. Mientras todos gritaban de emoción, Ginnett observaba en silencio las butacas vacías donde hacía unos minutos estaban sus padres. La multitud, que hasta entonces estaba feliz, se calló de golpe; todos quedaron enmudecidos sin entender por qué el rey de Fáttima se ponía de pie mostrando una sonrisa de alegría y orgullo. Era el único capaz de moverse bajo los efectos de un ambiente sombrío y pesado; los demás permanecían inmóviles en sus asientos por el miedo inminente que sentían. Nadie emitía ningún sonido, nadie podía moverse por el temor: jamás habían sentido algo semejante. Algunas personas no lo soportaron y terminaron desmayándose.
Ginnett se dio cuenta de esto en un instante; se impresionó al ver lo que Valentía estaba haciendo, y su temor se encendió. Miró hacia donde la había lanzado, y su hipótesis se confirmó al ver que aún seguía de pie.
—¡¿QUÉ?! ¡Ya cállate de una maldita vez! No puedes seguir peleando después de esto. Di todo de mí, no puedes estar de pie: es imposible.
Ginnett comenzaba a sentirse agobiada, ya que no tenía ideas ni fuerzas para seguir luchando —había llegado a su límite, su cuerpo no tenía más energía.
Valentía permanecía con la mirada hacia abajo; estaba cubierta de sangre y toda su ropa estaba rota. Estiró su mano en busca de su martillo, no producía ningún sonido: ni siquiera se oía su respiración.
Al ver esta acción, Ginnett cayó de rodillas perdida en sus pensamientos. Se agarró de su brazo mientras gritaba «Maldición» una y otra vez; no podía creer que, a pesar de su último ataque, Valentía siguiera de pie y dispuesta a luchar. Apoyó su frente en el suelo tratando de comprender la realidad en la que se encontraba: todo le parecía surrealista, sentía que estaba en una dimensión alternativa. No podía estar sucediendo, no podía estar viviendo esto; era impensable que se encontrara en una situación tan desfavorable.
—¡Ganadora de la batalla es Ginnett Élipson!
Al oír esa voz acompañada del estruendo de la multitud, volvió en sí: su corazón comenzó a calmarse y su respiración se normalizó. Al levantar la mirada, vio a Valentía aún de pie con la mano estirada en busca de su martillo —al parecer ya estaba desmayada, solo que no había caído. Su corazón y su mente estaban dispuestos a seguir dando pelea, pero su cuerpo ya no respondía: se había desmayado de pie.
—¿Gané? ¿Así gané?
Todos comenzaron a felicitarla a los gritos por la gran pelea que le habían regalado. Aunque había salido victoriosa, no se sentía así: tenía una cara de tristeza mientras la anunciaban como la vencedora. Mientras la presentaban, miraba cómo sacaban a Valentía en camilla de la arena. Trataba de sonreír y verse normal, pero por dentro era un completo caos de emociones. Vuelve a observar las butacas vacías donde estaban sus padres, y una sonrisa más natural sale a la luz.
La gente aún se preguntaba qué había sucedido, qué era esa aura tan siniestra, ese miedo inminente que acababan de vivir. Debían obviarlo y seguir adelante: aquella sensación tan extraña había desaparecido, ya no se sentía ese ambiente pesado.
Luego de una ardua y espectacular batalla, tenemos a la vencedora Ginnett Élipson. Las pruebas aún continúan, y nuevos desafíos nos esperan.




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